Capítulo diecinueve #2
Apartó la vista de su brazo fuerte y bien definido e intentó centrar la vista a la serie de heridas que tenía por toda la parte derecha de la amplia espalda, en la gruesa masa muscular.
Sin embargo, no pudo evitar fijarse en la enorme zona artística: tenía la mayor parte de la piel cubierta de tinta negra azabache con un interesante dibujo fascinantemente atrevido.
Una espada atravesaba el centro, la empuñadura empezaba en el cuello y la punta se perdía en los pantalones.
De allí salían gruesos y oscuros remolinos, que daban vueltas sobre sí mismos y volvían a la espada o se enroscaban alrededor de los hombros.
Entre estos dibujos había unas pequeñas líneas más finas, como de encaje, que les conferían a las líneas gruesas y sencillas una agradable complejidad.
Le recorría el hombro, pero se detenía y se convertía en una línea gruesa que le bajaba por un lado del brazo.
Pegados a esta línea, a cada lado, había diez anillos en círculo, todos a la misma distancia, que descendían hasta el codo.
Tú a tu ritmo, ¿eh? , se rio Tarian, sarcástico, incapaz de ocultar el dolor en la voz.
Daisy apartó la mirada de su dorsal, luego del oblicuo posterior y, por último, de su culo perfecto y redondo. Le encantaba un buen culazo, pero le gustaba más una espalda ancha y musculosa.
Pues eso es fantástico , dijo arrastrando las palabras. Me encanta oírlo. Pero ¿podrías dejar de follarme con los ojos y echar un ojo a las heridas para que pueda hacerme una idea?
El dorsal intentó volver a atraer su atención, pero Daisy resistió y finalmente se centró en unas cuantas llagas de un rojo intenso sobre su piel que supuraban pus.
¡Qué asco! , exclamó, haciendo una mueca. Eso tiene que doler , dijo, volviendo a apartar la mirada.
Sí. Joder, duele muchísimo. Tarian se miró la camisa. No sé si es mejor volvérmela a poner para que se empape de las secreciones, o no ponerme una camisa sucia y sudorosa encima de la herida para que se pueda formar costra y se cure al aire.
Yo voto por el aire. Siempre.
Él se giró y la miró molesto, con una ceja enarcada, pero no pudo ocultar una expresión sarcástica. Hizo una pelota con la camisa y se apartó, con el arma como lanza mientras observaba las aberturas oscuras y sombrías a sus pies.
Daisy se puso de lado y se deslizó rápidamente, atenta a sus pies y a la inclinación de la parte superior del cuerpo. En cuanto superó la zona problemática, Tarian le entregó su camisa.
Yo no te la voy a llevar , aseguró, confusa.
No me digas. Le dio un golpecito con la camisa. Limpia las secreciones.
Puaj. No quiero.
Tarian resopló, molesto, pero esbozaba una sonrisa.
De todos modos, lo vas a tener que mirar. ¿Prefieres mirar un montón de pus o limpiármelo un poco? Estoy seguro de que las heridas se cerrarán bastante rápido, aunque el calor que irradian es cada vez más fuerte. No es lo ideal.
Quería mirar aquella espalda inmensa con ese dibujo tan guay, pero no, lo otro no.
Vale . Se rindió y cogió la camisa.
Él se puso de espaldas y ella volvió a esbozar una mueca. Su expresión se transformó, por supuesto, en una mirada de asco mientras realizaba la tarea, y luego le devolvió la camisa.
Tírala al suelo. Tarian avanzó. No puedo llevarla puesta, y no quiero que algo me agarre de ella si la llevo atada a la cintura.
Las plantas que tenían delante volvieron a asomar un poco, dejando varios agujeros de distintos tamaños llenos de sombras negras artificiales.
Los ojos de Daisy no conseguían atravesar la espesa oscuridad, así que dejó de intentarlo y en su lugar sondeó el terreno en busca de presencias o peligros.
En busca de patas o garras que asomaran de aquellos escondrijos peligrosos.
Tarian parecía estar haciendo lo mismo. Las heridas de la espalda le supuraban, aunque ya no pus, sino sangre; los orificios no se cerraban, ni siquiera los más pequeños.
Y eso que debería haber sanado del mismo modo rápido y eficaz que ella.
La piel le había empezado a burbujear y a pelársele; la propiedad ácida lo había quemado todo a su paso.
El veneno no lo mataría, pero estaba causando una gran destrucción y mucho dolor.
Lo bueno era que solo le afectaba a una pequeña parte de la espalda.
Me duele como si abarcara mucho más espacio , musitó Tarian.
El único aviso que recibieron fue un ligero crujido. Algo grande sacudió las plantas un instante antes de que un rugido ensordecedor resonara en la cabeza de Daisy. El pánico se apoderó de ella; el miedo se manifestó en una necesidad imperiosa de huir.
Tarian la agarró del brazo en un visto y no visto, y la retuvo. Ella se zafó de él. Conocía esa magia. Reconoció las señales de cuando habían llegado a la Portalhada. Esto era muy parecido, aunque no tan potente.
Una boca de proporciones sobrenaturales emergió de entre las plantas.
Todo lo que había en su camino se desvaneció mágicamente, franqueándole el paso.
Parecido a un tigre, pero sin serlo en absoluto, surgió entonces el cuerpo robusto.
Su trayectoria indicaba que embestiría a Tarian, obligándolo a retroceder hacia las plantas que tenía detrás.
Daisy arremetió y le golpeó con el hombro con toda la fuerza de la que fue capaz.
Era del mismo tamaño que ella, y quizá no se habría movido si hubiera tenido sus cuatro patas en el suelo, pero en el aire no tenía dónde agarrarse.
Su cuerpo se desvió lo suficiente para que Tarian pudiera pasar al otro lado y clavarle el cuchillo a la criatura.
Esta vez no lo dejó dentro ni le pidió el suyo a Daisy.
Lo extrajo y volvió a atacarlo con él mientras sujetaba a la criatura con la otra mano, cerrando el puño sobre su pelaje fibroso.
Tarian flexionó la parte superior del cuerpo cuando giró a la criatura hacia la otra pared.
Si estaba intentando empalarla contra las plantas, no tuvo esa suerte.
Las plantas desaparecieron por completo cuando su cuerpo las atravesó.
Tarian retiró la mano cuando reaparecieron al acercar el brazo.
Se detuvo, y Daisy clavó su ahora espada en el espacio entre el brazo y el cuerpo de Tarian. La hoja perforó a la criatura. La sacó y la volvió a clavar una y otra vez, hasta que dejó de forcejear.
Muy útil todo ese músculo , pensó, jadeando por el esfuerzo y la adrenalina.
Si no me doliera tanto la espalda, haría una broma lasciva sobre lo que esos músculos pueden hacer en una cama.
Quizá sea lo mejor. Retrocedió para dejarle espacio. Porque entonces yo haría un chiste sobre lo pequeña que la tienes. Así al menos conservas un poco de dignidad.
Estoy fascinado. Se secó el sudor de la frente con el antebrazo, recuperando el aliento.
Ella se fijó en su pecho. Tenía un dibujo mucho más sencillo y pequeño, pero no menos hermoso o interesante.
Le envolvía el cuello y caía como un collar metálico negro.
Llegado a un punto, se cerraba cerca del cuello, luego bajaba en círculos hasta donde acababan sus pectorales, como una coraza.
La parte central estaba vacía, lo que le confería una especie de escote masculino.
Dentro de la tira ancha que formaría la cadena del collar se enroscaba un intrincado dibujo con espirales y remolinos.
Su puto pecho era igual de hermoso… o quizá más.
«¡Madre mía!». Pensaba que lo que más le gustaba eran las espaldas.
Puede que los culos si se cruzaba con el adecuado.
No, lo que más le ponía era un buen pecho.
Unos pectorales perfectamente esculpidos se curvaban sobre sus abdominales definidos, bajando hacia unos oblicuos deliciosos que sobresalían y después se zambullían en sus pantalones.
Un ligero rastro de vello negro descendía desde su ombligo hasta la parte más baja —y lisa— del estómago.
Tenía un físico impresionante. Ya no le importaba que él oyera esos pensamientos; con todo aquello, se merecía el ego que tenía.
Se merecía los halagos. Se los había ganado a pulso.
Es de mala educación quedarse mirando fijamente. Lo dijo con un tono muy divertido, y se le hincharon los pectorales.
Lo observaba como una mujer hambrienta de sexo. Se le escapó un hilillo de babas por la comisura de los labios y se las limpió, avergonzada.
Hablando de perder la dignidad…
No solo desvió la mirada, sabiendo que volvería a mirar…
No, giró la cabeza por completo. Miró hacia el otro lado del túnel y luego justo delante, ignorando desesperadamente el nuevo tipo de adrenalina que le fluía a raudales por todo el cuerpo.
La intensa excitación. La necesidad de tocar.
Su deseo por él aumentaba a medida que lo conocía mejor.
Sus dificultades y la compasión que sentía por su situación resquebrajaban su determinación. Lo notaba. No sabía cómo pararlo.
Acabemos con esto y después podrás tocar todo lo que quieras , dijo él, poniéndose de nuevo en marcha.
Ella, evidentemente, no lo iba a hacer, pero… podría soñar con hacerlo. Ojalá soñara con ello.
Se encontraron con otra criatura pequeña.
Esta vez dejó pasar a Tarian y luego a Daisy y atacó por la espalda.
Ella atajó el golpe sin moverse del sitio y a continuación se giró y la apuñaló.
Igual que Tarian, extrajo la daga y se aseguró de rematarla.
No necesitaba que la cosa esa se le acercara sigilosamente por detrás.
Si los Celestiales no quieren acabar con vidas inocentes, ¿por qué obligan a estas criaturas a entrar aquí a que las maten?, preguntó Daisy mientras avanzaban. Además, ¿por qué dejan esas aberturas? ¿Por qué le dan a la gente o a los fae, o a lo que sea, la opción de cruzar?