Capítulo diecinueve
E l túnel era del mismo tamaño y forma, y las sombras se extendían por el espacio abierto, pero el paso ya no estaba despejado. Inmensas plantas parecidas a las zarzas dominaban el pasaje, estrechando el camino hasta dejar apenas espacio suficiente para que Tarian pudiera pasar de lado.
Esas plantas son letales para los humanos , le advirtió con tono sombrío. Las cultivaron hace mucho tiempo, cuando los humanos acudían en tropel a Faerie.
¿Por qué demonios acudían en tropel a Faerie los humanos?
Tarian movió ligeramente la cabeza de un lado a otro.
No lo sé. Fue mucho antes de mi época. Y de la tuya. En años humanos, en la antigüedad. Los fae crearon estas plantas como línea pasiva de defensa. Las plantas necesitaban un mantenimiento mínimo y se las arreglaron muy bien hasta que los humanos se dieron cuenta de qué mataba la planta.
¿Qué mata la planta?
No tengo ni idea. En las tierras salvajes están prácticamente erradicadas.
Hay unas pocas clases de criaturas que se alimentan de ellas y no vuelven a crecer muy rápido.
Cuando los fae las tocamos, pica y escuece lo suyo, pero no nos matan.
Para ti sería como un cardo. O… como un cardo mezclado con un cactus.
Daisy era sin duda más bajita que él y de complexión más delgada, pero no tenía espacio para maniobrar. No había sitio para esquivar un ataque y ni siquiera para tropezar e intentar mantener el equilibrio.
Las espinas parecían agujas gruesas, repartidas cada pocos centímetros y sobresalían unos centímetros.
De cada punta brotaba un líquido marrón rojizo que se acumulaba hasta hacerse demasiado pesado para mantenerse adherido y acababa goteando.
Allá donde caía el líquido en el suelo de tierra compacta, se alzaba una columna de humo y se empezaba a abrir un agujero, como si fuera ácido.
Tarian observó aquello con expresión pétrea, completamente desprovista de sus habituales bromas y provocaciones. Ni siquiera intentó aliviar la tensión.
Dime, por favor, que te voy a sorprender e impresionar, dijo Daisy, advirtiendo el ocasional brillo metálico de esas «espinas». Como si fueran agujas de verdad.
Para eso tendrías que ser fae. Respiró hondo y se acercó al lugar donde empezaban las plantas.
Sus ojos iban de un lado al otro mientras introducía el brazo en la abertura.
No ocurrió nada. Luego lo movió un poco hacia la derecha, después hacia la izquierda y lo sacó.
Parece que están inmóviles. Al menos eso son buenas noticias.
No han crecido lo suficiente para madurar. No atacan a su víctima. O…
Daisy esperó a que continuara.
O puede que hayan ideado otra manera de empujarte hacia las espinas venenosas.
Entonces fue ella quien respiró hondo.
¿Cuánto tarda en hacer efecto el veneno?
Tengo entendido que es instantáneo, pero no sé si es cierto. Supongo que muy rápido. Los antiguos humanos descubrieron cómo matarlas antes de encontrar un antídoto eficaz…
Daisy le daba vueltas a este nuevo problema en la cabeza.
¿Y si volvemos? Las criaturas que encontramos por el camino seguirán muertas, ¿no?
La mayoría sí. Pero los Celestiales pueden notar las presencias dentro de los márgenes. Si volvemos, nos esperarán en la entrada, y, si nos entretenemos demasiado, reharán el interior y nos aplastarán dentro.
Ella abrió los ojos como platos. Eso no lo sabía.
¿Por qué no lo han hecho ya?
Los cambios en el núcleo de los márgenes tienen un efecto dominó en otras zonas, incluido el pasaje autorizado entre los arcos.
Eso podría conllevar la muerte de otras criaturas o de vidas inocentes, algo que siempre han intentado evitar.
Por eso, como dicta el equilibrio natural, solo pueden hacer un gran cambio cada amanecer.
Aún les quedaba tiempo para cruzar. No les debería haber llevado la mitad del día y toda una noche llegar hasta ahí.
Sin embargo, habían elegido el camino más largo y habían descansado entre obstáculos.
Teniendo en cuenta la intensidad de su cansancio y la poca energía que le quedaba, no solo estaba exhausta, sino que también se sentía falta de sueño.
Por lo tanto, debía de ser bien entrada la noche.
No podían quedarse ahí sentados sin hacer nada hasta estar listos para enfrentarse a la siguiente situación.
De todos modos, tampoco iban a hacer algo así.
Si no podían retroceder, más les valía continuar.
No tenía sentido retrasar lo inevitable.
Qué mala suerte tuve al conocerte , pensó Daisy, lúgubre.
Es una apreciación justa.
Tú primero, pensó ella. Preferiría que me agarrara algo por detrás antes que tener que vérmelas con lo que sea que vaya a salir disparado de esas zarzas y me empuje hacia las agujas envenenadas.
Es lo más probable , aseguró con un tono de voz sombrío.
Blandía el cuchillo por delante, con la hoja más pequeña de lo habitual. Se preparaba para un combate cuerpo a cuerpo y de golpes rápidos. Ella redujo su cuchillo a la misma medida. Era una buena idea.
Una cosa te voy a decir… Daisy susurraba hasta sus pensamientos a medida que se adentraban en silencio en la trampa de una fatalidad inminente. Este cuchillo es el mejor regalo del mundo mundial.
Notó la sonrisa de Tarian a través del contacto mental.
A mí también me sirvió. Es más manejable que el que llevo ahora.
Creo que es más útil. Pretende agradar. El mío es más astuto, más complejo.
No me fallará y hará lo posible para que salga victorioso, pero, si se le presenta la ocasión, permitirá encantado que una ninfa bonita me clave la punta en el costado.
En eso que acabas de decir hay un doble sentido guarro, fijo…
Avísame cuando lo encuentres.
Una de las espinas en forma de aguja goteó junto a su brazo desnudo.
El líquido se bamboleó, sucumbió a la gravedad y atravesó el espacio vacío.
Se estrelló contra un hoyo en el suelo. Basándose en el tamaño del hoyo, estas plantas eran, sin duda alguna, nuevas en este espacio.
No habían arraigado demasiado en el terreno.
Malas noticias, me temo , dijo frustrado. Mi magia se ha reducido casi a la nada. Aquí no nos ayudará.
¿Cómo me matará exactamente este veneno? , pensó Daisy, con cuidado de no pisar cerca de un grupo de enredaderas.
No lo sé. Lo más probable es que de una manera espantosa y dolorosa, pero el cómo exactamente no lo sé.
Frustrada, negó con la cabeza.
No, me refiero a si… ¿me envenenará si me toca la piel o tiene que llegar a mi torrente sanguíneo?
Ah, eso, pues no lo sé.
Hizo una pausa en su comunicación mental durante un instante al tiempo que aminoró el paso. Las zarzas sobresalían justo delante de él, bloqueando el espacio. No tenía suficiente sitio para pasar andando.
Se giró y la miró, moviendo los ojos de lado a lado…, evaluándola, sin duda, para ver si ella cabría. Si pasaba de lado, no habría ningún problema.
Cuando se dio cuenta, o quizá porque la oyó pensarlo, Tarian asintió levemente y se giró para intentar deslizarse. Observaba las espinas delanteras mientras pasaba esquivándolas.
Cuidado por detrás , le advirtió Daisy, acercándose y tocándole el antebrazo. El músculo se tensó contra su mano, el bíceps sobresalía más de lo que podía abarcar su mano. Tarian se detuvo y dejó que lo dirigiera, centrándolo por el pasillo.
Un crujido hizo que ella se quedara inmóvil y que él diera un respingo.
Algo salió en tromba de un espacio oscuro a los pies de él.
Una pata de un intenso color violeta lanzó un zarpazo con cinco largas garras plateadas.
Tarian saltó hacia atrás. Las agujas evitaron que fuera más lejos, lacerándole la piel de manera superficial.
Las garras le arañaron los tobillos y le provocaron cortes de los que empezó a brotar sangre al instante.
Ahogó un suspiro de dolor mientras su cuchillo se alargaba en forma de lanza.
Lo clavó en el agujero oscuro, introduciendo la punta a fondo.
Un chillido le hizo saber que le había acertado a algo.
En vez de sacar el arma de golpe, lo que hizo fue deslizarla por el suelo, arrastrando con ella una extraña cosa peluda sin una forma apreciable.
No pudo dar con la cabeza ni con la pata que había aparecido.
Fue como si se hubiera enroscado sobre sí misma para hacerse lo más pequeña posible.
En cuanto la criatura fue visible, tendió una mano hacia Daisy.
Ella le pasó su arma mientras se giraba y examinaba el camino por detrás y después sus pies.
Su arma adquirió el mismo tamaño que la de él, y Tarian se la clavó con saña a la criatura un montón de veces.
Sus sonidos agónicos se interrumpieron y Tarian volvió a clavar la espada en el agujero de donde había salido.
La plaga de la cosecha , murmuró Tarian con los dientes apretados. Le devolvió el arma a Daisy mientras se retiraba con cuidado las espinas clavadas por detrás. Ya no tenían el líquido venenoso, pues se lo habían inyectado en la espalda. Duele como una verruga de alquitrero.
No estaba segura de qué era una verruga de alquitrero, pero debía de ser algo malo, porque Tarian se había puesto rígido, tenía los músculos tensos y apretaba la mandíbula con fuerza.
Tarian giró la cabeza y se crujió el cuello.
Agarró su arma con los nudillos lívidos.
El cuerpo le empezó a temblar mientras seguía avanzando de lado con mucho esfuerzo para esquivar al resto de las plantas.
No cojeaba; eso quería decir que los rasguños de los tobillos no eran nada comparado con el veneno de la espalda.
Pedos de hada y zumo de pantano, eso… Hizo un gesto de dolor y se llevó una mano al hombro, retorciéndose aún más. Al hacerlo, ella pudo verle la espalda.