Capítulo dieciocho #2
Sí, se te acabó lo de tocar a nadie más.
En las cortes tiene que ser así. Hasta cuando le hablaba en su mente susurraba.
Tarian desenvainó su cuchillo. Daisy sacó el suyo, forzando la vista ante la creciente penumbra.
Pero, si me vas a matar, como dices, la tuya también va a ser una noche memorable.
Nos lo tenemos muy creído, ¿no?
Mucho. Y con toda la razón.
Se acentuó la pendiente del descenso. La oscuridad lo invadió todo hasta que casi no pudo ver el suelo que pisaba. Las paredes se convirtieron en borrones negros. Tarian se detuvo y se la acercó de un tirón. Se golpearon los costados.
Lo más callada que puedas. Su voz mental era apenas un susurro.
Si tienes razón, los Celestiales se inspiraron en otras cuevas del interior de las catacumbas de los márgenes.
Si es así, y si nos quedamos completamente a oscuras en unos cuantos pasos más, es de esperar que una serpiente muy larga aceche todos nuestros movimientos.
Pueden sentir la vibración de nuestros pies al caminar.
Por más cuidado que pongamos al pisar, no servirá de nada.
Sin embargo, el ruido hace que vayan más deprisa, por eso, si estamos muy calladitos, no tendremos que preocuparnos de ella durante mucho tiempo.
¿Cómo la matamos?
No la matamos. Usaré luz para cegarla y echaremos a correr. Eso la destrozará. Evita que te golpee con la cola. Los pinchos de la punta te atravesarían. Haz lo que puedas por llegar al otro extremo. En cuanto uno de los dos cruce un límite determinado, ya no nos podrá oír. Ahí estaremos a salvo.
Evitar. Eso podía hacerlo.
¿Lista?
Esperó su confirmación y luego avanzó.
¿Tenemos que cogernos de las manos?
La de Tarian empezaba a estar empapada en sudor. Sabía lo que se avecinaba.
Sí, hasta que… ya no podamos.
Pues vale.
Daban pasos cortos y lentos. La luz se desvaneció a su alrededor hasta quedar completamente a oscuras.
Daisy cerró los ojos. De todos modos, tenerlos abiertos no le servía de nada.
Cerrarlos en vez de forzarlos para intentar ver algo en la oscuridad permitiría que se impusieran el resto de los sentidos.
Otro paso. Dos. Poquito a poco. Tarian aguardaba lo que sabía que se avecinaba.
Daisy captó el sonido de algo deslizándose contra la piedra. Aminoró el ritmo poco después de que lo hiciera Tarian. La agarró con más fuerza. No le dijo ni pío. Otro sonido. ¿Era algo que serpenteaba? No. Era casi como un clic.
Clic… clic… clic…
Garras. Garras sobre la piedra.
La textura bajo su pie cambió al dar el siguiente paso. Se volvió más dura, cedió menos.
Clic, clic, clic.
Daisy dudó, y Tarian también. El sonido también se detuvo. Podía verlos. Los estaba esperando.
¿La serpiente esa tan larga tiene patas de lagarto acabadas en garras?, preguntó ella.
No. Y tampoco las tiene la espantosa criatura que nos mira fijamente.
Daisy abrió los ojos de par en par. Una débil y pálida luz dorada, que se filtraba desde vete a saber dónde, cubría con suavidad las paredes y caía ligeramente sobre el suelo.
No hacía mucho más que definir el espacio, dejando el centro de la espaciosa zona llena de viscosas sombras negras.
Avistó lo que aguardaba en la oscuridad y les impedía el paso.
Una enorme criatura con un solo ojo y un pálido brillo amarillento que circundaba la nada, seguramente una pupila negra.
De una boca demasiado grande salían largos colmillos, y esas dos cosas conformaban todo su rostro.
Tenía dos brazos gruesos y manos con tres dedos más un pulgar, y todos terminaban en garras de unos cinco centímetros.
A decir verdad, nada demasiado siniestro.
Seguramente se movía rápido porque no tenía mucho alcance.
Las patas parecían ancas de rana, y las garras de los tres dedos de los pies eran el doble de grandes.
Podrían destripar a alguien con bastante facilidad.
Se encorvaba pacientemente, observando a Daisy y Tarian, y del lomo le salían púas de distinta longitud.
Medía alrededor de uno ochenta, no demasiado para un monstruo estándar, y, por lo tanto, sin duda debía de ser rápido.
Su intención era obvia; tenías que ganarte el derecho a pasar.
La cueva se había abierto en una especie de esfera, con paredes redondeadas y un techo en forma de cúpula. La superficie era rugosa, pero no parecía que se hubiera esculpido desde lo más profundo de una cueva. Lo habían hecho los Celestiales y, obviamente, se trataba de un foso de lucha.
De acuerdo. Podía con ello.
Estaba a apenas dos centímetros de la piedra del «foso» de lucha. Miró a Tarian. Él la observó a ella. No les hacía falta comunicarse. Tarian le soltó la mano y, casi a la vez, saltaron sobre la piedra.
La criatura pasó a la acción; los clics eran un coro mientras corría hacia ellos.
Daisy se cruzó por delante de Tarian y tomó la iniciativa, lista para el zarpazo de su mano.
No decepcionó; las garras surcaron el aire a la velocidad de la luz hacia la cara de Daisy.
Esta se resbaló, lo esquivó y, al hacerlo, se giró.
La criatura le lanzó una patada que casi la alcanzó.
Si no se hubiera girado como había hecho, le habría dado.
Una criatura inteligente y, sí, muy rápida.
Estuvo a punto de girarse para perseguirla, y eso fue su perdición.
Tarian se plantó allí en un instante, haciendo girar su báculo: todo un espectáculo de luces.
Le cortó una extremidad mientras el monstruo lanzaba un golpe con la otra.
Daisy se le subió por detrás y le clavó su espada en mitad de la espalda.
La verdad es que necesito dos armas , pensó, sombría, mientras se veía obligada a volver a sacarla y alejarse de un salto.
¿Por qué ibas a dejar un arma dentro… de un… enemigo? , preguntó Tarian mientras también él se ponía fuera del alcance de la criatura.
Ah…, no sé…
Ella echó a correr a toda velocidad, llamó la atención de la criatura y dudó. Tarian hizo lo mismo, pero la criatura sabía que él era el más peligroso de los dos. Eso le hirió los sentimientos.
Tarian soltó una risita al oírlo.
Por esto.
Daisy esprintó hacia la criatura y le introdujo lo que ahora era una daga en la parte baja de la espalda, en la base de la médula espinal.
El monstruo aulló de dolor; era la primera vez que lo hacía.
Aquello dificultaría sus movimientos. Visualizó lo que quería hacer, luego trepó como un mono araña por el cuerpo de la criatura, utilizando la espada como punto de apoyo para el pie, agarró el cuello de la criatura con un brazo y extendió el otro.
Tarian le lanzó su espada. En cuanto la tuvo en la mano, se redujo de tamaño hasta convertirse en el cuchillo perfecto para la tarea.
Se la clavó en el ojo a la criatura, esquivó su agónico zarpazo y se cayó cuando el animal se giró.
Daisy aterrizó en el suelo con un golpe seco, la cadera le ardió de dolor y luego rodó para presentarse como un blanco en movimiento.
Tarian extrajo la daga de Daisy de la espalda de la criatura, dejó la suya donde estaba y la blandió. Los músculos se le tensaron mientras le cortaba la cabeza a la criatura de un tajo.
Daisy pegó un chillido, esperó que él no lo hubiera oído y se apartó de la cabeza alargada que pasó a su lado cuando cayó rodando y manchando la piedra. El cuchillo emitió un satisfactorio clonc, clonc, clonc contra el suelo.
—Ajá —dijo Tarian, buscando alrededor con la mirada algo con que limpiar la hoja de su espada—. Veo a qué te refieres.
Daisy se puso en pie y cogió el cuchillo de Tarian.
Se miró la ropa andrajosa y pensó: «Me la suda».
Se arrancó una manga, que, de todos modos, le colgaba de un hilo, y limpió la hoja.
Tarian se le acercó y, antes de coger su propia espada, limpió el cuchillo ahora-del-tamaño-de-una-espada de Daisy en la zona de la camisa de esta que aún llevaba pegada al cuerpo.
—¿Estás de coña? —le preguntó en voz baja, sin saber a qué volumen podían hablar—. ¿No podías haber usado la parte que me acabo de arrancar?