Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

P or lo general, un atacante contaría con que su presa dudara, paralizada por la sorpresa.

Daisy, no. Supuso que Tarian se encargaría del cielo, así que se lanzó a la carrera hacia ese nuevo enemigo.

Su arma se ocultó rápidamente en forma de navaja retráctil; solo su sonrisa desquiciada habría bastado para poner nervioso a cualquiera.

Alcanzó al Celestial cuando este desenvainaba su espada.

Se giró mientras fruncía el ceño, confuso.

Lo apuñaló en la parte superior del muslo mientras él blandía la espada.

Daisy la esquivó y volvió a apuñalarlo, esta vez en las costillas.

Anticipando la reacción, se dejó caer al suelo y rodó, rajándole un ala con la navaja mientras evitaba otro mandoble torpe.

La verdad era que él debería haberlas escondido.

Daisy se puso manos a la obra y, por la espalda, le provocaba cortes con una mano y le desgarraba con la otra; era una lástima herir esas hermosas alas, pero sobrevivir no era una tarea bonita.

Él gritó, presa del pánico, cuando las alas se le pegaron al cuerpo. Tarian redujo el ritmo cuando se encontró al Celestial, con la mirada dura, pero con el arma ya guardada. Mantenía a los demás alejados con su magia. Necesitaba las dos manos.

Daisy despejó la mente de tal modo que el Celestial no supiera qué iba a hacer y le propinó una patada.

El pie le impactó por detrás y le machacó los testículos.

Era una chéster humana; tenía derecho a jugar sucio.

Luego le apuñaló en la espalda después de convertir la navaja en una daga.

Joder, le encantaba esa arma, era la hostia.

Tarian se lanzó al suelo y rodó mientras el Celestial volvía a gritar, encorvándose, y se tambaleaba.

Daisy levantó el arma para asestarle el golpe mortal mientras Tarian daba un salto.

Ella bajó la daga, pero él la agarró de la muñeca.

La alejó hacia atrás, adentrándose en una oscuridad cavernosa.

Un velo brillante, como el de la superficie de una burbuja, cubría la abertura, mostrando al debilitado Celestial, que sangraba y caía de rodillas al suelo justo en el exterior.

Tarian jadeaba, con toda la parte delantera de la camisa empapada en sudor. Había dedicado muchísimo esfuerzo a esa magia. Mientras se empleaba a fondo, había tenido la boca abierta pero los ojos cerrados. La miró durante un buen rato.

—¿Qué? —preguntó ella, con la adrenalina aún recorriéndole el cuerpo.

—Nunca había visto a una criatura atacar de manera tan agresiva a un Celestial —dijo por fin—. Tan minuciosamente. Tan… magistralmente.

Daisy se sintió rebosante de orgullo e intentó calmar un poco la sensación.

—¿Por qué no agresivamente? ¿Qué hacen los fae? ¿Esperáis a que la palmen?

—En algunas ocasiones, sí.

—¿Qué sentido tiene?

—Por lo general, para que los Celestiales no les guarden rencor a los de su propia raza.

En cuanto un fae está en el lado correcto de los márgenes, se le perdonan las faltas pasadas cometidas en ese lugar.

Herir o matar a un Celestial, normalmente, no.

Al menos, no socialmente. Es legítimo, pero…

no está bien visto. Como te decía, te guardan rencor.

—Ah. —Se encogió de hombros—. Bueno, tampoco me pueden echar la culpa a mí. Yo no elegí cruzar por aquí. Solo me defendía. Y, además, soy humana. Seguro que están más avergonzados que cabreados de que haya vencido a ese.

Tarian la observó de nuevo durante un instante.

—Lo más seguro.

Miró hacia atrás, en dirección a la boca de la abertura, y Daisy se dio cuenta, tarde, de que las enredaderas y las espinas se habían apartado, dejando la mayor parte del espacio desnudo.

Lo comentó justo cuando el Celestial al otro lado del velo se incorporaba lentamente y, junto con otros dos que cayeron a su lado, se giraba para mirarlos.

Pero… era como si no los pudiera ver. Miró hacia la derecha de donde estaba Daisy.

—Contrarresté el efecto disuasorio de la abertura.

Volverán en cuanto retire mi magia. —Tarian se miró el lado del brazo donde le había rebotado la lanza.

De la herida surgían venas negras, como si su sangre se hubiera envenenado.

Luego miró a Daisy y se irguió—. No se ha envenenado.

Es mi magia, que combate la magia que recubre su lanza.

No será nada. No es la primera vez que me alcanza una de sus armas.

Tengo el poder necesario para contrarrestarla.

Se pasó los dedos por el cabello rebelde, más salvaje con los rizos sueltos que cualquiera de los Celestiales y de unos tonos más oscuros. Tampoco lo llevaba por los hombros como ellos. Le daba un aspecto más curtido, más fiero.

Miró a los tres Celestiales que aún se congregaban en la abertura de la barrera. Hablaban, apoyados los unos en los otros, pero las palabras no traspasaban el velo.

—¿Cómo sueles pasar junto a ellos sin ayuda? —preguntó Daisy.

Tarian se volvió y miró hacia el fondo de la cueva.

—Nunca he visto descender a tantos desde que empecé a cruzar.

Ni siquiera cuando poblaban casi por completo los márgenes.

Si en el pasado hubieran venido así a por mí, no lo habría conseguido.

Ni de coña. —Negó con la cabeza y volvió a mirar hacia atrás—.

Tampoco suelen vigilar estas entradas. No aterrizan.

—Se pasó el labio inferior por los dientes y después la miró con una expresión sombría, grave.

—¿Qué? —volvió a preguntar ella.

—Nada —respondió al fin—. Menos mal que ya tengo lo que necesitaba, porque no estoy seguro de poder regresar. Esta vez los hemos sorprendido. No suelen tardar en reaccionar. Diseñarán una nueva estrategia y, la próxima vez, no fallarán.

A Daisy se le cayó el alma a los pies. Aquello no presagiaba nada bueno para su futuro intento de huir de allí. Aunque, por otro lado, quizá no fueran tan hostiles si se trataba solo de una humana que intentaba volver a casa.

Tarian se quitó la mochila y cogió la que llevaba ella. Las dejó las dos en el suelo, retrocedió y le ofreció la mano para que ella hiciera lo mismo. El aire estaba impregnado de un terroso aroma a musgo, y las mochilas se desvanecieron.

—¿Adónde han ido? —quiso saber Daisy, pasmada.

—A un lugar seguro…, donde no puedas intentar deshacerte de ellas y dejar que los Celestiales se las lleven.

Lo observó pasar.

—Mierda. Debería haber dejado mi mochila allí atrás.

—No habría servido de nada. El principal objeto de interés estaba en mi mochila. Ahora no tenemos por qué preocuparnos de eso. Acércate.

—¿Por qué las hemos llevado? Las podías haber enviado a «un lugar seguro» antes de que tuviéramos que correr para salvar el pellejo cargados con ellas.

—Puedo usar mi magia en el reino humano y también en el reino feérico, pero no puedo utilizarla en los dos al mismo tiempo. No puedo enviar objetos del reino humano a Faerie ni al revés. Y no, no sé por qué. Ni siquiera sé si fue designio de los dioses o si fue un golpe de suerte.

—Pero ¿cómo…? —Estaba aturdida—. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces que desaparezcan cosas? Solo existen un par de tipos de magia parecidas en el mundo humano y, básicamente, funcionan en el inframundo. Alguien tiene que transportar los objetos.

—Parece complicado. —No quiso entrar en más detalles. Estaba claro que no iba a explicar los entresijos de la magia feérica.

Lo siguió hacia el interior de la cueva, dejando a un lado su curiosidad sobre la magia. En ese momento no era lo más importante.

—¿Por qué de repente hay tantos Celestiales ahí fuera? —inquirió.

—Han sentido la magia. La mía solo suele atraer a uno o dos.

Parece que la magia del cáliz de cristal los ha atraído hacia ti en mayor número.

No sabía que ocurriría eso. Ahora ya sí.

En la corte serás una mascotita fascinante.

Las oleadas de curiosidad, celos y deseo se ajustarán divinamente a mis planes.

Eso sí, el aumento del peligro… —Dejó la frase a medias—.

Eso requerirá una planificación extra. No queremos que te maten al poco de llegar, ¿verdad?

Bien, vamos a prepararnos para la siguiente fase de los márgenes.

Se hizo el silencio entre los dos, y sus pasos resonaron en los toscos muros de piedra desnudos.

En la parte superior crecían extraños hongos bioluminiscentes y plantas de hojas pequeñas que iluminaban los salientes de roca o los huecos en el techo.

Por algún sitio goteaba agua que salpicaba el suelo de tierra compactada.

El aire, frío y húmedo, traía efluvios a tierra antigua y musgo.

No hables , le dijo, tocándole la mente como en un susurro. El corazón de los márgenes es un lugar traicionero. Siempre has de suponer que acecha el peligro…

Un sonido profundo y lastimero hizo vibrar el suelo que pisaban. Tarian se detuvo con una mano levantada, y primero miró al techo y luego a los muros. El sonido no paró y fue subiendo de intensidad hasta que les empezó a llover polvo del techo.

Tarian se giró de repente. Corrió a toda prisa hacia donde habían venido y se abalanzó sobre ella. Con un brazo la rodeó por la espalda, la levantó y la agarró con fuerza. Ella no se resistió y se aferró a sus hombros con los pies colgando.

Todo tembló, y se oyó una especie de chirrido metálico contra el metal que resonó contra los muros y les retumbó en los pies.

Se detuvieron en la boca de la cueva, y Tarian la bajó al suelo.

Los Celestiales seguían haciendo guardia.

Tarian no cruzó el velo de burbuja. La empujó contra el muro más cercano y se echó sobre ella mientras las enredaderas y las plantas volvían a trepar por el muro, alejándose de él.

¿Qué está pasando? , pensó Daisy, con la cara aplastada contra su duro pecho y la espalda presionada contra el muro.