Capítulo dieciséis #2
—No te quería fastidiar la sorpresa de tu intento chapucero de matarme con él. También quería ver cómo reaccionabas a estar totalmente a mi merced. Por si te lo estás preguntando…
—No.
—… mejor de lo que esperaba. Tu arrojo y seguridad, por no hablar de lo que debieron de ser horas y más horas de entrenamiento, son excepcionales.
—La mayor parte de ellas me sedaron para dormir.
—Chorradas. Te convenciste a ti misma para no tratar de escapar, intentaste romper el cáliz de cristal por tu cuenta y riesgo y disfrutamos juntos de un bonito paseo a caballo; han sido unas cuantas horas apasionantes.
Lo único que me habría faltado es poder probar el sabor de tus labios mientras mis dedos buscaban tus rincones más profundos, sintiendo cómo te tensabas y te estremecías alrededor de ellos mientras te llevaba hasta el clímax.
Aunque ya llegará. Quiero contemplar cómo te derrites en la comodidad de mis aposentos.
—Qué pesadito te pones —dijo ella, notando de pronto el calor subiéndole a las mejillas.
Daisy sabía perfectamente que se derretiría; por eso mismo no iba a pasar. A menos que fuera una forma de matarlo…
Giró el rostro hacia él, frustrada, interrumpiendo demasiado tarde ese pensamiento.
Él se echó a reír encantado mientras el púrpura reluciente del aire se iluminaba.
—Con qué juguetito más divertido he dado.
—Aminoró el paso, revisó las tiras de su mochila y sacó el cuchillo de la funda—.
Resignada, pero malhumorada y, aun así, muy ilusa.
Veré cómo te derrites. No lo podrás evitar.
Qué ganas tengo. Ahora… —Extendió la mano para que aminorara el paso mientras miraba hacia el cielo—.
Ha llegado la hora. En el momento en que crucemos este plano, nos encontraremos con los márgenes.
Recuerda que no es más que una ilusión. No es ningún muro alto ni nada parecido.
Los agujeros que advertiste no lo son en realidad.
La arcada no es lo que parece. Es una ilusión para ocultar los márgenes, para identificar la barrera y para que dé mucho miedo.
—Y, entonces, cuando dices que vas a pasar por encima de los márgenes…
Tarian entornó los ojos mientras ladeaba la cabeza a un lado y a otro, pensando cómo explicárselo.
—Es complicado. Correremos hacia lo que parece un agujero cubierto de zarzas, la segunda abertura a la derecha de la gran arcada. Es decir, según miras a la arcada, iremos por la segunda abertura a la derecha. No te confundas.
Hizo una pausa y esperó a que ella asintiera.
—He probado todas y cada una de esas supuestas entradas. La primera a la derecha es demoledora. Casi no lo cuento. Tengo cicatrices permanentes que lo demuestran. ¿De acuerdo?
—La segunda a la derecha.
—Sí. Ahora. —Levantó un dedo, sin rastro alguno ya de las bromas y burlas previas—.
En el momento en el que traspasemos el umbral, que está, de hecho, dentro de los márgenes, nos detendremos y nos recompondremos.
Esta es la parte importante. A partir de ahora, harás exactamente lo que yo te diga y cuando yo lo diga.
No te pares a pensar. Ni a aceptar a regañadientes ni a hacerte la remolona.
Que sobrevivas depende de que obedezcas mis órdenes a pies juntillas y de manera inmediata.
Mientras confíes en mí, te mantendré con vida.
Ella enarcó una ceja ante la última frase.
Que confiara en él en cualquier aspecto era una petición muy ambiciosa.
Era su captor, su segundo secuestrador, y la llevaba a su perdición.
Confiar en un tipo así parecía un suicidio.
Sin embargo, estaba claro que tenía planes para ella, y no eran solo los que había concebido para sus aposentos.
Además, ¿qué otra opción tenía? En resumidas cuentas, estaba a su merced.
Por completo. Ni el arma de él ni la suya funcionaban con Tarian.
Pensar en un mano a mano era ridículo: su magia la detendría antes que pudiera hacer nada.
Y sí, la magia. Tenía las de ganar. De todos modos, podía matarla en cualquier momento.
Él esperó pacientemente, con la mirada yendo y viniendo entre sus ojos. Dejó que ella les diera una vuelta a sus palabras; quería que aceptara de buen grado.
Fue eso, sobre todo, lo que hizo que Daisy asintiera con un gesto seco.
—De acuerdo —dijo Tarian, imitando su ademán—.
Coge tu cuchillo. Lo necesitarás. Te salvará la vida y, si es preciso, la mía, porque, si muero, no conseguirás salir de este reino.
¿Lo entiendes? Yo soy tu salvavidas y tú eres mi responsabilidad.
Trabajamos en equipo para mantenernos mutuamente con vida.
Daisy repitió el gesto de asentimiento e hizo lo que le había dicho. Al cogerlo, el cuchillito creció hasta el tamaño de una daga, su arma preferida. La conocía bien.
—Vale. —La palabra fue acompañada de un suspiro—.
Esta es la parte más peligrosa. Ese cuchillo atravesará la magia feérica.
¿Recuerdas lo que pasó en el exterior del hotel de la cena benéfica?
Los Celestiales no son distintos. Solo que tienen más poder y astucia.
Defiéndete como puedas, y hazlo mientras huyes.
No pueden seguirnos al interior de los márgenes.
Allí es donde estaremos a salvo de ellos.
No lo dijo, pero era evidente en su tono. A salvo de ellos…, pero no a salvo del todo.
—Trata de no emitir ningún sonido hasta que estés dentro de los márgenes —continuó—. Te hablaré mentalmente. Piensa en las respuestas y te oiré. No me molesto en explicarte por qué es necesario. A partir de aquí, correremos sin parar hacia la puerta. ¿Estás lista?
La adrenalina le revolvía el estómago. Sentía el cuerpo a tope y estaba un poco nerviosa. Muy cautelosa. Por un momento se entregó a ella, dejó que la recorriera por completo. Entonces se concentró. Aflojó las extremidades y se preparó para la batalla.
Sí , pensó.
—Dioses —dijo él en voz baja, escrutándola—. Eres soberbia.
No tuvo tiempo de preguntarse qué era lo que lo había emocionado porque él pensó:
Tres, dos, ¡ya!
Avanzaron a una, con las armas en ristre.
La bruma se disipó, y entonces justo allí apareció la puerta, a casi cincuenta metros, erigiéndose como una barrera enorme y terrorífica.
El golpetazo de miedo mágico fue tan fuerte que casi la hizo soltar un chillido, pero lo reprimió mientras sus pies golpeaban el suelo con fuerza.
Desde aquella perspectiva, los guardianes alados estaban mucho más cerca del suelo, y cayó en la cuenta de que lo que habían visto antes era un truco, magia con la que intentaban hacerles creer que no había nadie. ¡Nada más lejos de la realidad!
El batir de aquellas imponentes alas hacía vibrar el cielo. Antes de que pudiera mirar hacia arriba, otro grupo casi se estrelló contra ellos. Eran cuatro en total y parecían árboles humanoides con ramas que les crecían de lugares inverosímiles y con corteza en vez de piel.
Mátalos , pensó Tarian, desviándose de inmediato en esa dirección. Su cuchillo surgió en el báculo de punta afilada con un remolino de luz. Rápido. Sin adornos. Hazlo y punto.
Ella no entendía otra manera de hacerlo.
Daisy se giró y lanzó una cuchillada, segando una extremidad y atravesándole el pecho. Sin embargo, la hoja no entró lo suficiente, pues la piel de corteza gris era mucho más gruesa de lo normal.
Necesito un hacha , pensó ella, y, tan pronto como pronunció las palabras, su daga se convirtió en un hacha. Fantástico.
Esquivó un golpe torpe con una lanza de madera sujeta al brazo de la criatura y le asestó un hachazo en el pliegue entre el hombro y el cuello.
El ser soltó un chillido agudo. Ella volvió a asestarle un hachazo, saltó y le propinó una patada en el pecho.
La cabeza se le dobló en un ángulo antinatural, y la criatura se desplomó.
El siguiente más cercano se había girado, dispuesto a huir.
Daisy dio dos pasos rápidos y le clavó el hacha en la espalda.
Se la dejó allí incrustada, saltó y la utilizó para subírsele al cuello y ahogarlo con las piernas.
Antes de conocer a Tarian había matado accidentalmente a un tipo con este movimiento y, por alguna razón, le parecía apropiado utilizarlo ahora.
Inclinó la parte superior del cuerpo, se echó hacia atrás y giró. El cuello se rompió como un árbol recién talado. Se volvió a agachar, y el cuerpo que tenía debajo cayó rodando al suelo. Finiquitado.
Saltó antes de caer al suelo y recuperó el hacha del centro de la espalda de la criatura.
Vamos, vamos, vamos , la urgía Tarian en su mente.
Él se había cargado a los otros dos y dirigía la mirada al cielo. Daisy no se molestó en levantar la vista. Le asustaba lo que pudiera ver. En cambio, aceleró el paso. Él la siguió con paso ágil, pero se contuvo para ir a la par.
Gracias por no intentar cogerme de la mano mientras huimos, como en las pelis de acción , pensó ella, con la mirada fija en la abertura del muro.
Las zarzas invadían el espacio abierto, con sus largas espinas con forma de púas. La oscuridad se acumulaba y era más densa en el interior de los ladrillos irregulares que rodeaban el agujero.
Qué idea más estúpida.
A pesar de la situación, Daisy no pudo evitar esbozar una sonrisa.
¡Agáchate! , le gritó mentalmente Tarian.