Capítulo dieciséis
—S ssh —dijo él con un tono de voz sombrío.
La envolvió con el brazo libre, como si su abrazo la protegiera del miedo repentino que le helaba la sangre—.
Estás sintiendo su magia. Se dice que ver los márgenes genera terror en aquellos que no tienen permitido el paso.
Si te esfuerzas, podrás revertir el efecto.
—¿Los márgenes? Pero si es un puto muro del fin del mundo. —Aunque la palabra «muro» no bastaba para describirla. Y «Portalhada» era un chiste.
Inspiró hondo mientras la contemplaba.
Una barrera colosal se alzaba sobre el territorio desolado que tenían delante, casi hasta la misma altura a la que alcanzaba la vista.
Se extendía en ambas direcciones y formaba una barrera impenetrable entre ese reino y las míticas tierras feéricas del otro lado.
A medida que se acercaban, pudo ver que estaba construido con enormes piedras antiguas, toscamente talladas y todas ellas más altas que la propia Daisy.
Zarzas, espinos y oscuras y espinosas enredaderas se enroscaban, retorcían y serpenteaban hacia arriba y hacia los lados.
A intervalos irregulares, sobresalían púas afiladas que volvían a ocultarse dentro del muro, todas ellas más largas que una de sus piernas y cuyas estocadas mortales eran difíciles de prever.
En la base, en mitad de un suelo rocoso e irregular, había una gran entrada en forma de arco.
A los lados había agujeros que la atravesaban, cubiertos de zarzas que acababan en largas y peligrosas espinas.
El ambiente seguía cargado por un hechizo que provocaba miedo, y su efecto la atacaba con más saña que cualquier mago de nivel cinco del mundo humano.
La sensación era asfixiante, como si estuviera sentada sobre su pecho y le oprimiera la garganta.
El cielo sombrío y amenazador que se cernía sobre ellos estaba cubierto por unas nubes que anunciaban que se avecinaba una tormenta que, probablemente, nunca llegaría.
En su interior, los Celestiales surcaban con pereza el cielo, con una envergadura de alas mayor que la de cualquier ave, una visión de una majestuosidad increíble.
Los colores dorados y anaranjados de la base se transformaban en fucsia, y luego en añil y violeta, una hermosa combinación de colores sobre una superficie reluciente.
Casi parecían iluminados al recortarse contra ese cielo sombrío y furioso.
Etéreos por la grácil manera en que surcaban el cielo.
Daisy los observaba boquiabierta, fascinada ante tal belleza.
—Esos son los guardianes de los márgenes —murmuró Tarian al advertir dónde miraba. Ensombreció el tono al añadir—: Son solo una parte de los que deberían ser. Alguien del Trono del Diamante les ha ordenado que vayan a otro sitio.
—¿Eso no es bueno para ti? —preguntó ella mientras se acercaban a una extraña zona nebulosa con un aire brumoso de un púrpura oscuro que se arremolinaba como niebla.
El sonido de las pezuñas de los caballos se atenuó, y sus voces se amortiguaron, como si hubieran entrado en una cámara de vacío.
—Mucho.
Su voz sonó tensa, como si él también estuviera luchando por controlar sus emociones en ese lugar. O quizá era la visión de los Celestiales, sus némesis cuando estaba en tierras humanas y un obstáculo en su empeño de llevarla de vuelta a su mundo.
Ninguno de los Celestiales pareció advertir su presencia, pese a que eran las únicas criaturas que poblaban aquella vasta extensión de territorio desolado y polvoriento.
Ni siquiera descendieron hacia el muro para echar un vistazo más de cerca.
No parecía importarles que alguien utilizara la gigantesca entrada con arco o se escabullera por los diferentes agujeros y grietas corroídos.
—Vaya, parece que miras muy fijamente, ¿algún problema? —preguntó Tarian con un tono de voz extraño que Daisy no supo identificar. ¿Celos? ¿Frustración?
—Conocí a uno de ellos después de que tú y yo nos encontráramos en el alféizar de aquel apartamento. Son… —No era capaz de describir la impresión que le había causado aquel ser. La que le estaban causando estos—. Los de su clase y lo que pueden hacer da miedo, pero son muy…
El caballo se detuvo, y Tarian desmontó. La agarró de la cintura y la levantó. Ella se giró y apoyó los brazos en sus hombros, sin dejar de mirar al cielo.
—¿Por qué no descienden para ver quiénes somos? —preguntó.
—¿Para que les puedas hacer señas para que se detengan?
—Para eso… o quizá para babear mientras me los quedo mirando, sí.
Cuando la apartó con suavidad para pasar, tenía una expresión inescrutable.
—Técnicamente, los márgenes están en el reino feérico.
Se encuentran en el mismo borde, de ahí el nombre.
En realidad, nosotros estamos en territorio humano, como ya te expliqué.
—Empezó a quitarle la brida al caballo—.
No nos haremos visibles hasta que nos adentremos en la magia envolvente de los territorios salvajes.
Entonces tendremos que correr porque nos…
En teoría, se abatirán sobre nosotros con su ira.
Cuando estén lo bastante cerca para leerte la mente, date por muerta.
—¿Y qué pasa con los humanos que solicitan la entrada?
—No están marcados con la magia de los territorios salvajes.
No como tú con el cáliz de cristal —volvió la vista hacia atrás y la miró con ojos centelleantes— y mi magia.
No te mentía cuando te dije que te matarían.
De hecho, no puedo mentirte. Ya no. No tras haber reclamado tu beso.
Tú renuncias a algunas de tus libertades y yo también.
Por suerte, tengo mucha labia —dijo, y le guiñó un ojo.
—¿Por qué somos los únicos que estamos aquí? Creí que habías dicho que ahora cruzaba más gente la Portalhada.
Le lanzó un beso sonoro a su caballo y se encaminó hacia un punto en el que el aire brumoso púrpura se ensombrecía, como si se preparara para solidificarse por completo.
—Esta es la parada, el lugar donde devuelves los objetos de tu portal.
Caballos, fardos, tú misma; todo lo que no te hará falta para seguir o que no pueda sobrevivir en los territorios salvajes.
Por eso mismo, está diseñado mágicamente para garantizar la intimidad.
Podría haber alguien a nuestro lado y no lo sabríamos.
En cuanto salgamos de la bruma, todo volverá a ser visible.
Será entonces cuando sepamos si estamos solos.
Una súbita sorpresa la hizo fijarse mejor en ese aire brumoso y resplandeciente. Podía entrar ahí corriendo, y eso le permitiría salir de allí. Podía buscar un teléfono y llamar a su familia para que fuera a recogerla.
Pero entonces ¿qué?
Pondría en peligro a su familia, porque, casi con toda seguridad, Tarian volvería para recuperarla y probablemente le haría daño a quien se interpusiera. Por no hablar de que podría seguirla sin más y atraparla en el otro lado.
Se llevó las manos a las caderas mientras Tarian se apartaba a un lado y dejaba que el caballo siguiera avanzando. Se desvaneció, como si atravesara una puerta. Él se volvió y la miró, con una sonrisita.
—¿No? —le preguntó cuando pasó a su lado—. ¿No vas a darte a la fuga? ¿Te has vuelto a echar atrás?
Ella no contestó mientras él iba a por el siguiente caballo.
Este pasó primero junto a Daisy y luego fue hacia la brumosa zona púrpura.
Cerca de la masa casi sólida, Tarian dio un paso a la derecha y una especie de rodeo, sin dejar de tirar de la cuerda.
Mientras el caballo cruzaba, lanzó la cuerda hacia arriba por encima de una línea invisible, y esta siguió deslizándose tras el animal, arrastrada a través del portal.
—Si no —continuó mientras iba hacia el siguiente animal—, siempre podrías ayudarme. Iríamos mucho más rápido con esto y tendríamos más tiempo para relajarnos en el primer lugar de descanso que encontráramos en las tierras salvajes. Suponiendo que logre llevarte al otro lado de los márgenes.
Daisy suspiró y se volvió para ayudarlo. No había nada que hacer. Por el momento, estaba atrapada en esa empresa.
—Cierto —dijo él, y, joder, seguía siendo igual de insufrible que le pudiera leer la mente—.
Porque sí, te seguiría sin más. Y te reclamaría.
Y si llegaras tan lejos, cosa que dudo, pondrías a tu familia en peligro.
Llevaré a cabo mis planes. Quieras o no, me ayudarás con ellos. Huir solo retrasaría lo inevitable.
—Sí, soy consciente de todo eso, gracias. Cosa que sabes porque escuchas a escondidas en mi mente. —Se encaminó con paso pesado hacia el siguiente caballo.
—¿No te gusta que te diga que tienes razón?
Lo ignoró, echó un vistazo al cuchillo que llevaba Tarian a un costado y luego también lo ignoró. Era una verdadera lástima que no funcionara con él. En vez de eso, preguntó:
—¿Qué pasa si no estamos solos cuando salgamos de la bruma?
—Hay quien diría que depende.
—¿De qué?
—De si la persona con la que te encuentras es más peligrosa que tú. Si lo es, lo normal sería echar a correr. Si no, sueles intentar matarla.
—Así pues, ¿evaluamos la situación y nos preparamos para atacar o huir?
—Yo siempre ataco —afirmó él con una sonrisa arrogante.
En otras palabras, él siempre era el más peligroso.
Se dirigieron a la Portalhada sin nada más que una mochila cada uno, bien ceñida a la espalda.
Si por algún motivo tuvieran que echar a correr, no rebotarían mucho.
Aunque él fuera siempre el fae más peligroso de cuantos se colaban por la Portalhada, no lo era más que los Celestiales que se abalanzaban sobre ti, algo que Daisy recalcó, para su disgusto.
—Toma. —Le entregó el cuchillo que le había regalado en tierras humanas, el que le había cogido de su casa.
—Si esto no me permite matarte —ella se lo quitó de las manos y se lo introdujo en la camisa, por dentro del sujetador—, ¿por qué esperar hasta ahora para dármelo?