Capítulo quince #3
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Tarian con una intensa sonrisa pícara.
Su erección palpitaba contra ella. Su pecho le rozaba la espalda.
La electricidad crepitaba entre los dos, y la mente de Daisy empezó a bullir de un modo que indicaba que él no la podía leer.
Tampoco es que ella pudiera pensar en nada.
Solo había una cosa que le rondaba por la cabeza.
Algo primitivo a lo que podía aferrarse mientras el deseo carnal la sacudía por dentro.
Se echó hacia atrás con fuerza contra él, apoyando la cabeza en su clavícula, deslizó las manos por sus muslos y él le puso rápidamente las manos en las caderas.
—Quiero recorrer cada centímetro de tu piel con mis labios —murmuró con voz ronca, sin dejar de rozarle la oreja con los labios.
—No me importa —susurró ella, perdida en el paraíso de su tacto, y contuvo el aliento cuando Tarian deslizó la mano hacia el punto más alto entre sus muslos.
—Quiero arrancarte esta ropa del cuerpo y lamerte el clítoris hasta que jadees y me supliques sentirme más adentro.
Ella siguió deslizando las manos por sus piernas, por la parte exterior de los muslos, llegando hasta las caderas. Hasta su culo.
Los dedos de él recorrían la cintura de sus pantalones. Se detuvieron en el sitio justo, aplicaron presión y todo se volvió borroso.
—Quiero penetrarte, poco a poco, tan hasta el fondo que solo puedas sentirme a mí. —Su voz sonaba ronca y grave. Una textura que prometía delicias secretas que ella no conocía.
Ella lo cogió de las caderas y continuó apretándose contra él, ansiosa por tenerlo aún más cerca. Deseando que hubiera menos tela entre los dos. Daisy ladeó la cabeza, y él buscó de inmediato la ardiente piel de su cuello con los labios.
—Quiero tomármelo con calma contigo, palomita. Quiero oírte gemir de manera deliciosa cuando nuestros cuerpos se entrelacen. Cuando te embista una y otra vez…
Ella empezó a respirar más rápido. Su determinación flaqueó.
Antes de perder por completo el control, agarró la empuñadura de la daga de Tarian de su cinto, la sacó de la vaina, giró el torso y el brazo y se la clavó en el riñón.
Era una maniobra muy difícil sentada en esa postura y, aunque nunca la había practicado a lomos de un caballo, se había convertido en toda una experta en situaciones parecidas.
Ahora agradecía eternamente el tiempo dedicado a un entrenamiento que le había parecido tan extraño.
La punta de la daga se hundió apenas un poco en su carne… y entonces se le paralizó el brazo. Perdió la sensibilidad en los dedos.
Él gimió y continuó a lo suyo, frotándola a la perfección, llevándola rápidamente hacia el clímax.
Ella forcejeó con la magia que le paralizaba la mano e intentó clavarle el cuchillo aún más…
Su cuerpo estalló de placer. Se estremeció con la descarga.
—Me he dado cuenta de que no has detenido mis dedos mientras intentabas matarme —dijo él, con una voz que evocaba sábanas de satén y cuerpos sudorosos.
Daisy se preguntó si sus ojos tenían ese río dorado que indicaba su deseo palpitante. Se preguntó si estar con él sería tan jodidamente increíble como este preliminar le había dado a entender.
—Dicen que un orgasmo mientras te mueres es la guinda del pastel —afirmó ella con toda la indiferencia que le permitía su entrecortada respiración.
La risa de Tarian le hizo estremecer el pecho, y sus labios siguieron fluyendo por el cuello de Daisy. Tampoco le impidió hacer eso. No quería que parara. Pero en realidad era lo que debía hacer.
Le dejó un chupetón, pero se echó hacia atrás para sacarse la daga.
—¿Qué tienes contra mis camisas? No paras de destrozármelas. —Le quitó el arma de los dedos dormidos—. Y mira ahora. Tiene sangre. Esa mancha no va a desaparecer nunca.
—Tu camisa es un daño colateral —dijo ella, secándose la frente.
—Evidentemente. —Limpió la daga y la volvió a envainar—.
Me preguntaba cuándo intentarías coger ese cuchillo.
Ha estado ahí todo este tiempo, sonriéndote.
Tengo que decir que ha sido en un momento muy oportuno.
Yo no lo habría planeado mejor. Si se hubiera tratado de cualquier viejo cuchillo feérico, estaría muerto.
—Qué lástima que sea distinto.
—Eso parece. —Hizo una pausa—. ¿No me vas a preguntar por qué no ha dejado que me apuñalaras?
—¿Por qué no me ha dejado?
—Sí. Yo no habría reaccionado lo bastante rápido para detenerte.
De verdad, un momento muy oportuno. La violencia durante el orgasmo es algo excepcional.
Me estoy volviendo a excitar. Si no hubiera comprobado yo mismo tu magia, habría dado por sentado que en algún lugar de tu interior tenías magia feérica.
Eres maravillosamente despiadada. Eso me vuelve loco.
Ella se inclinó hacia delante para alejarse un poco de la constante tensión de su presencia. De su contacto.
—Tú no estás bien de la cabeza.
—Eres tú la que se ha corrido mientras me apuñalaba.
Yo soy solo un espectador inocente de todo esto.
Pero sí, la daga es mágica. No permite que nadie apuñale a su dueño.
Bueno… —Se giró para volver a examinar la camisa—.
O, al menos, no debería. Has introducido un poco el filo.
No pensaba que fuera posible. Le debes de gustar.
—¿Está viva?
—Fue forjada en las tierras salvajes, tesoro. Por supuesto que está viva y, además, por lo que parece, tiene un sentido del humor muy retorcido.
—¿Y el cuchillo que me regalaste…?
—No puede matarte. Como lo forjé yo y te lo regalé, tampoco me puede matar a mí.
—Ah. —Relajó el cuerpo, que aún le hormigueaba por su anterior dedicación—. Me regalaste algo con lo que protegerme contra cualquier tipo de ser feérico… menos tú.
—Correcto. Y además teníamos una manera de comunicarnos.
—Y de espiarme.
—Ya lo vas pillando. —La agarró por la cintura mientras se echaba hacia delante, restregándole la erección aún palpitante, pero no hizo nada por satisfacer su deseo.
Había parado tras satisfacerla a ella. Cogió las riendas y volvió a echarse hacia atrás—.
¿Alguna pregunta más? Ya casi hemos llegado.
No era capaz de poner en orden sus pensamientos lo bastante como para pensar en preguntas.
Tenían una química indescriptible. Insaciable.
Se había corrido solo con tocarla, pero, aun así, no había tenido suficiente.
Quería más. Menos ropa entre el roce de ambos cuerpos.
Más tiempo y sin reservas, sin que ninguno de sus oscuros objetivos enturbiara las aguas.
Deseó haber encontrado a alguien como él en el mundo humano, donde habría sido algo normal. Y fácil. Y quizá duradero.
Si oyó sus pensamientos, no hizo ningún comentario, algo que Daisy agradeció.
Aunque, por otro lado, puede que él estuviera pensando lo mismo.
Lo habría matado en ese preciso instante, igual que volvería a aprovechar la posibilidad cuando se le presentara, pero lamentaría la posibilidad de no volver a sentir nunca más ese ardor.
Tenía la sensación de que ambos batallaban juntos con eso, aunque estuvieran en total desacuerdo.
Las dos caras de una misma deslustrada, rayada y jodida moneda.
El camino de tierra continuó. No vieron un alma a lo largo de todo el recorrido.
No fue hasta bien entrada la mañana que la vegetación se empezó a marchitar, como él había anunciado.
Los árboles yermos se retorcían de manera cruel bajo un cielo cada vez más sombrío.
Las enredaderas se arrastraban por la tierra y llenaban ambos lados del camino sin que ninguna de las plantas trepadoras se atreviera a cruzar la línea.
—Llevo mucho tiempo sospechando que este camino tiene algún tipo de magia —dijo Tarian al advertir que las observaba.
—¿Y si salieras del camino?
—La magia de las tierras salvajes aquí es muy débil. Esas enredaderas, en su mayor parte, no dejan de ser más que enredaderas. Crecen lentamente y no tienen la capacidad de agarrarte con rapidez. No son inteligentes.
—¿Y las de las tierras salvajes?
—Te agarrarían de las piernas, te tirarían al suelo y te azotarían vilmente. No les hacen falta bocas para matar, pueden apretarte el cuerpo o estrangularte, pero algunas plantas sí que las tienen. Y dientes. Y se desplazan muy rápido. Les gusta el sabor de la sangre fresca.
Daisy se estremeció, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de ella. Entonces, mucho antes de sentirse preparada, abandonaron el bosque y pudo divisar la Portalhada a lo lejos.
Sin previo aviso, se le revolvió el estómago y apenas tuvo tiempo de girarse hacia un lado y echar todo el desayuno.