Capítulo quince #2
Él se pasó las riendas a una mano y le puso la otra en el muslo. Un estremecimiento inoportuno la paralizó. Daisy le levantó la mano por la muñeca y se la devolvió a su propio muslo.
—A la vegetación no le afecta demasiado, no —afirmó al cabo de un momento, dejando la mano donde se la había puesto ella—.
No florece, como tú decías, pero tampoco es que se estén convirtiendo en enredaderas carnívoras ni nada por el estilo, no como lo que tenemos en nuestras tierras salvajes.
Sin embargo, los animales no han escapado a la influencia mágica.
Por ejemplo, una liebre puede parecer de lo más normal…
hasta que te roe la cara mientras duermes.
Los carromatos han supuesto un cambio para bien.
Por lo general, tengo que armar defensas y trampas mágicas para atrapar a cualquiera que se acerque.
Eso siempre me despierta. Acostumbro a dormir fatal el día antes de cruzar.
Sin embargo, hoy me siento fresco como una lechuga.
—¡Bien por ti! —se quejó Daisy, y él se echó a reír, encantado—. ¿Es que no hay nada tan grande como para reptar o saltar a un carromato?
—Ya no. No desde hace unos cuatro años humanos, cuando esta zona era traicionera. Durante el último año han cruzado más seres feéricos y han cazado a los depredadores más grandes para comérselos o los han matado en defensa propia. Creo que algunos los matan solo por diversión.
¿Cuatro años humanos? Su medida del tiempo debía de ser distinta. Aunque, en ese momento, no era importante. Recordó a la gente del hueco de la escalera hablando de las criaturas que habían cruzado.
—¿Han cruzado más seres feéricos? —preguntó.
—Sí. Los Celestiales están incumpliendo sus funciones.
Los Soberanos Supremos… Es decir, la reina y el rey del pueblo feérico encomendaron tareas de supervisión a todos los reinos y a los territorios salvajes.
Se encargan de mantener el equilibrio de nuestro reino, una situación delicada.
Lo digo por si eso no sale en tus libros…
—Volvía a tomarle el pelo, de muy buen humor a pesar de la seriedad con la que había hablado la noche anterior.
Como ella no respondió, pues ya lo sabía, él continuó—.
Los Soberanos Supremos están notando desacuerdos dentro de la corte y de su propia familia.
Hasta cierto punto, eso siempre pasa en una corte, pero las cosas se han vuelto mucho más caóticas.
Los políticos no están coordinados y los familiares compiten entre sí por la Corona de Diamantes.
La lucha por el poder siempre provoca inestabilidad.
Como los seres feéricos son inmortales, y el Trono del Diamante acostumbra a ser el más sólido de esta tierra, un momento convulso como este solo ocurre una vez cada muchas generaciones humanas.
—Aunque ahora los más avispados de vuestro reino lo utilizarán en su beneficio.
—Exacto. ¿Ves? Al final va a resultar que los humanos no sois tan tontos.
—Desde luego no tan tontos como los seres feéricos que me trajeron hasta aquí. Es una verdadera lástima que interrumpieras nuestra fiestecita.
—Gracias a la Trinidad llegué justo a tiempo, o me habría perdido el placer de matarlos por darle unos azotes a mi mascota. Sin duda les habrías clavado un cuchillo en la espalda a la mínima que se hubieran descuidado.
—O habría huido, que es lo más probable.
—Lo dudo —se burló de ella—. Parece que te gusta guardar rencor, y eres maravillosamente despiadada. Si se te hubiera presentado la oportunidad, no habrías dudado ni un segundo. Dime que me equivoco.
—Bueno…, y si no se hubiera presentado también…
A Tarian le vibró el pecho mientras reía en silencio.
—¿Quién es la gente, o los seres feéricos, que persigue y mata a las criaturas que cruzan? —preguntó Daisy—. No hemos encontrado ninguna información sobre ellos ni ninguna prueba de que las criaturas hayan cruzado.
—Ah. Eso. —Soltó un lento suspiro, como si se relajara, y miró a un lado—.
Los Celestiales casi siempre se encargan de las criaturas que cruzan.
Estas no son listas como los seres feéricos ni habilidosas como los humanos.
Son simples e incapaces de engañar a los Celestiales, que disponen de un método mágico para dar con ellas.
En la mayor parte de los casos, las encuentran con mucha rapidez y las destruyen.
La gente del hotel de aquella noche, los que te perseguían, trabajaba para mí.
Los humanos sois capaces de muchas cosas por una pizca de oro.
No te habrían hecho daño, y, si te lo hubieran hecho, los habría matado de una manera espantosa delante de sus iguales, un destino del que eran completamente conscientes cuando aceptaron el trabajo.
Quería ver lo resolutiva que podías ser.
Y resultó que eras resolutiva de la hostia.
Me impresionaste, tanto por la huida como por la manera de luchar contra los espectros de las sombras en la planta baja.
Lo que no me impresionó tanto fueron los riesgos que corriste en aquel balcón.
Ella negó con la cabeza. Debería haberlo sabido. «Puto fae».
—No me di cuenta de que tuviera otra opción —gruñó Daisy.
—Hasta los que no tienen otra opción a menudo sucumben cuando se encuentran con obstáculos insuperables.
—Sí, es cierto. Por eso mismo estoy sentada delante de ti a lomos de un caballo, camino a mi perdición.
Tarian soltó una risotada.
—Sí, bien visto.
Daisy observó los árboles pasar a medida que avanzaban lentamente, sin que hubiera grandes cambios en el paisaje.
—No entiendo cómo funciona este sitio —dijo al cabo de un momento de silencio—. Sé que tenéis que traer un marcador de portal para llegar aquí.
—Sí. Los marcadores están diseminados por todo el mundo humano y, en cuanto se activan, transportan cualquier cosa que entre dentro de su ámbito a este lugar o a otro parecido.
—¿Y cómo es que esto se sigue considerando territorio humano?
El resoplido que lanzó le pasó a Daisy por encima del hombro mientras él se tomaba un respiro para ordenar sus ideas al respecto.
—Es una especie de parada intermedia. Como caminar por la playa antes de meterse en el mar. Técnicamente, sigue siendo territorio humano porque funciona como tal. En su mayor parte. Tiene árboles y animales parecidos. Carece de magia propia.
—Sin embargo, los vehículos motorizados aquí no funcionan.
—No. Ni la tecnología ni la electricidad.
Imagino que es así porque los dioses crearon este lugar, y, como no dispone de magia propia, se creó con magia.
Permanece inalterable gracias a la magia.
Aunque no estoy seguro. Dudo de que nadie lo esté.
Si alguien tiene la suerte de que le concedan una audiencia con un dios, lo último que va a pensar es en cómo funciona la barrera del lado humano.
Supuso que tenía razón.
—¿Y al otro lado de la Portalhada? ¿No existe un portal que te lleve a tus tierras?
—No hay portal, no. Los márgenes conducen directamente a los territorios salvajes. Si consigues atravesarlos, se desplegará ante ti la belleza de Faerie. No se parece a nada que hayas vivido antes, Daisy. Te vas a detestar por lo mucho que te va a gustar.
—Si consigues atravesar los territorios salvajes, dices. He leído que son peligrosos para los humanos, pero no era consciente de que también lo eran para los seres feéricos.
—Por lo general, los humanos suelen morir, a no ser que un Celestial les conceda el paso.
Antes de que preguntes, eso solo ocurre cuando una corte permite una visita.
Tú estás siendo secuestrada de tierras humanas e introducida de manera clandestina, y yo crucé de forma ilegal.
Si los Celestiales nos capturan, nos matarán a los dos.
—Me dejaron marchar después de que nos viéramos delante de aquel apartamento.
—Entonces eras alguien inocente que pasaba por allí. Ahora, me has ayudado a adquirir cálices y has permitido que te reclame. Es distinto.
Se giró y le lanzó una mirada furibunda cuando vio que se le dibujaba una sonrisa de satisfacción. Él le miró los labios y se le despertó el apetito. El gruñido de respuesta surgió de lo más profundo del cuerpo de Daisy, que de inmediato volvió a mirar hacia delante, sonrojada.
—No te creo —le dijo, esforzándose por mantener la compostura—.
Puede que te haya besado, vale, pero no sabía lo que hacía.
Si te matan, quedaría libre de esa carga.
¿Y ayudarte con los cálices? Venga ya. Si leen las mentes mejor que tú.
Sabrán mis intenciones. También sabrán que no deseo atravesar las tierras salvajes, sino que quiero volver a casa y olvidarme de que te conocí.
—Oh, pero si jamás olvidarás que me conociste. —Y extendió la mano y se la pasó por el muslo.
El deseo rugió en el interior de Daisy. La presión del cuerpo de Tarian contra el suyo le transmitía un calor delicioso. Le frotó la entrepierna, dura, caliente y dispuesta, contra el culo.
Ella volvió a cogerle la mano por la muñeca, pero esta vez se la apartó de un manotazo.
—Puede que no, pero me alegraré en cuanto termine mi relación contigo. A una humana —una chéster, para colmo— no le conviene mezclarse con un fae.
Él acercó la cabeza, con los labios rozándole la oreja. Ella cerró los ojos cuando una explosión de mariposas le aleteó en el estómago.
—Eres mucho más que una simple chéster —murmuró. Su aliento le puso la piel de gallina—. Mucho más que una humana. Resplandeces como una diosa.
«Joder», qué encanto tenía el muy jodido. Era hasta perturbador.
Ella le dio un codazo, que le impactó con fuerza en el pecho.
—Para ya o seguiré andando. Y, si voy andando, intentaré huir. Entonces tendrás que perseguirme, y va a ser un lío. Vayamos a la Portalhada y así le podré hacer señas a un Celestial para que me saque de aquí de una vez.