Capítulo quince
A la mañana siguiente, yacía de espaldas, mirando la cubierta del carromato. La suave luz del alba se colaba y anunciaba el primer día de su nueva vida. O, al menos, de su nueva condición de rehén.
Tarian la había despertado sin querer una media hora antes, cuando se apartó con cuidado de su lado y salió del carromato.
Hasta entonces no se había dado cuenta de que él había dormido cerca de ella.
Como la noche anterior le había dado una dosis de magia antes de meterse en la cama, Daisy había dormido a pierna suelta.
En teoría, debería agradecérselo. De otro modo, no habría sido capaz de pegar ojo.
También podría haber intentado huir y desaparecer en la fría oscuridad, y probablemente se habría perdido en un paraje desconocido hasta por la mañana, cuando él habría aparecido de repente para recuperarla.
O quizá solo la habría seguido y provocado. Con ese fae nunca se sabía qué esperar.
Se desplazaba por el campamento con movimientos suaves. Parecía que se preparaba para marchar. Un caballo resopló y holló el suelo con la pezuña.
La cabeza le iba a mil. Casi no le había hablado a Tarian desde que le aseguró que iría con él a las cortes feéricas.
Total, ¿qué iba a decir? La llevaría donde quisiera, y ella tendría que aceptarlo hasta que tuviera un plan de huida.
Además, había resultado satisfactorio ignorarlo cuando intentó entablar conversación con ella repetidas veces.
Como rehén no contaba con gran cosa, pero tenía una capacidad exasperante para comportarse como una cría y sacarlo de sus casillas.
Había sido la única arma que poseía que valiera la pena utilizar.
Al cabo de unos instantes más de paciente espera, apareció por la parte de atrás del carromato con una camisa impoluta de canalé verde y unos vaqueros azul oscuro.
Seguramente también llevara unos zapatos chulos.
Era evidente que había pasado un tiempo de compras en el reino humano porque, a juzgar por la vestimenta celestial, ese atuendo no lo había sacado de Faerie.
A su manera, era igual de presumido que ella, y se le daba bien combinar las prendas.
Eso era algo que la irritaba, no sabía bien por qué.
Tarian tenía una expresión seria, como el comandante que se dirige a primera línea de batalla.
—Levanta, florecilla. Es hora de marchar.
Por un instante, Daisy no se movió, preguntándose si le metería prisa o la sacaría a rastras. En cambio, él esperó pacientemente.
Con un suspiro que sabía que él oiría, se incorporó y lo fulminó con la mirada. Bajo su máscara inflexible asomó una sonrisilla. Fantástico. Encima disfrutaba con su mal humor.
Cuando gateó hacia él, Tarian retrocedió para que pudiera salir del carromato. No se acercó para atarle las muñecas ni se giró para proteger la daga que llevaba en un cinto a un costado. No la temía.
Ella se puso aún de peor humor. Claro que no la temía, pero… no habría estado mal que al menos desconfiara de ella.
Por supuesto que desconfío de ti , dijo él en voz baja con su mente. ¿Por qué crees que no te he devuelto tu arma?
—¿Qué arma?
—Tu regalo. La que guardabas fuera de tu habitación, donde mi mente no podía llegar. Me pusiste fácil recuperarla. Te lo agradezco.
Ella lo miró enfadada.
—¿Cuándo la cogiste?
—Poco después de que los sluaghs te capturaran.
No tenía prisa. Sabía que te traerían a esta zona.
Al fin y al cabo, es el mejor lugar para entrar en los márgenes…
, algo que el Trono del Zafiro ha aprendido de mis viajes.
Han puesto a prueba mi paciencia. No obstante, lo que es peor es que tienen infiltrados en la corte, más que en la Corte de la Obsidiana.
Piensan que alojar su corte en el Mar de las Estrellas los protegerá de algún modo de los forasteros, cuando su propia corte ansía ganarse el favor de otros reinos.
Son ellos los que venden la mayor parte de la información.
Su reina es corta de miras y gestiona mal la corte. Los Celestiales…
Apretó los labios y omitió la información. Daisy se grabó en la mente todo lo que había dicho. Recopilaría hasta el más mínimo dato que se le escapara de aquí en adelante. Hasta lo que pareciera información inútil podría servir si se usaba de la manera correcta.
Entonces fue ella la que apretó los labios, pese a que el problema lo tenía en la cabeza. Tendría que acostumbrarse a entrar en estado meditativo cuando estuviera cerca de él para evitar que sus pensamientos actuaran como palabras.
Un truco muy útil , le dijo él, con el sol resaltando su bello rostro. Dispongo de instrumentos que me ayudarán a conseguir eso en cuanto lleguemos a mis aposentos .
Un fogonazo de calor recorrió el cuerpo de Daisy, pero lo reprimió enseguida. Ni loca iba a dejar que ese extraño sentimiento que había entre ellos la dejara en ridículo. Si quería obtener algo de ella, tendría que obligarla. Y, si se acercaba demasiado, hallaría la muerte.
—Me lo apunto —dijo Tarian, juguetón, y la llevó hasta el montón de cenizas que ocupaban el lugar del fuego de la noche anterior.
El resto del campamento estaba más limpio que una patena.
Había retirado todos los objetos, los mágicos y los mundanos, incluido el cáliz de cristal.
Sobre una losa de pizarra la aguardaban fruta cortada, frutos secos, queso y una hogaza de pan.
Esa mañana el aire era fresco y limpio, y Daisy contempló los hermosos colores del amanecer que teñían el cielo.
La noche anterior, tras ocuparse de los caballos, Tarian había sacado a su propio caballo de la oscuridad.
Detrás iba un burro cargado con alforjas.
Habría sido el momento ideal para preguntarle adónde iban y por qué no utilizaban coches.
Por qué todo parecía igual que en su tierra, pero, al mismo tiempo, distinto.
Sin embargo, eso habría conllevado un montón de preguntas posteriores, como un general «¿Qué coño dices?
», y «¿Por qué yo, si ni siquiera dispongo de magia?
» y «¿Siempre has sido lo peor de lo peor?
». No obstante, eso no habría sido de gran ayuda y el cansancio la había dejado de mal humor, así que se había guardado sus palabras y sus emociones y había agradecido que él la dejara inconsciente.
Sin embargo, este era un nuevo día. Hora de ponerse a trabajar.
—Parece que seguimos en territorio humano, ¿no? ¿Dónde estamos exactamente? —preguntó cuando acabó de desayunar.
Él retiró los envases vacíos de Daisy y el resto de basura, y le dio una botella de agua de metal rayada. En cuanto se la bebió, Tarian acabó de preparar la partida. Se movía con rapidez y eficacia pero sin prisa. Era algo que había hecho innumerables veces, y se notaba.
—Tiene varios nombres —dijo—. El que más se utiliza es la zona divisoria. La frontera. El páramo.
—¿Es la hondonada que hay junto a la barrera feérica?
Él enarcó una ceja mientras ataba las mochilas al burro.
—Esa no la había oído nunca. La hondonada. —Lo sopesó—. Entiendo lo que quiere decir. Y sí, es esa misma.
—Sin embargo, los libros dicen que este lugar es un páramo sin… nada. —Paseó la mirada por las hierbas altas que rodeaban los árboles y divisó una brillante flor silvestre de color púrpura—. Decían que no había vida animal ni naturaleza…, una plaga, vaya. No puede ser este lugar.
Tarian se dirigió hacia los caballos.
—En marcha.
Se detuvo al lado del más grande, uno gris moteado con un carácter aparentemente afable. El caballo de Tarian.
Daisy miró a ese caballo y a los que había detrás.
—Yo puedo llevar otro sola.
—Y desatarlo sola, cabalgar hacia el abismo sola y hacer que te mate un Celestial o una criatura perversa sola, sí. Aunque por ahora quiero que sigas con vida, así que me aseguraré de que continúes de una pieza, ¿de acuerdo? —Hizo un gesto hacia su caballo por segunda vez.
Daisy suspiró, pero se dispuso a subir al caballo y notó sus manos en las caderas, dispuesto ayudarla a montar.
—Ya puedo sola —murmuró, intentando sacudirse la maravillosa vibración que la tensaba.
—Además —añadió Tarian, subiendo sin problemas al caballo detrás de ella, con sus musculosos muslos deslizándose contra las piernas de Daisy—, tú misma hablabas de huir anoche.
No tengo muchas esperanzas de que hoy te contengas.
No en cuanto veas la Portalhada, como tú la llamas. Así me resultará más fácil controlarte.
—Ah, bueno. Pues nada, vamos a facilitarle las cosas al señor.
—Sí, gracias. Me alegro de que lo veas como yo.
Espoleó al caballo para que se pusiera en marcha.
El camino de tierra que discurría junto al campamento no constaba más que de hierbas apisonadas y huellas marrones.
Pensó en lo que había leído y lo comparó con las ramitas con brotes verdes de los árboles cercanos o el matorral o la flor silvestre ocasional que surgía de entre las alfombras de agujas de pino.
—No es en absoluto un páramo. A ver… —Se encogió de hombros—. No es que sea un bosque frondoso ni nada por el estilo, pero me esperaba largos caminos de tierra y poco más. Quizá un desierto.
Esperaba que los libros tuvieran algo de razón. Pero, como no era así, empezó a poner en duda todo lo que había leído sobre las tierras feéricas.
—Es probable que tus textos se equivoquen en muchos aspectos, pero aquí el entorno se vuelve cada vez más lúgubre cuanto más nos acercamos a los márgenes.
El Colectivo Divino se aseguró de que la magia fuera potente.
Demasiado potente, en opinión de algunos.
Esa magia se infiltra en el reino humano al estar tan cerca de los márgenes y retuerce el tejido de tu mundo.
El portal lo separa y lo mantiene apartado del resto de tu reino, pero sin duda afecta a esta zona.
Daisy frunció la nariz, mirando con más detenimiento a los árboles y las raíces retorcidas a los pies de algunos de ellos.
—¿Qué es lo que está retorciendo el tejido de la realidad?