Capítulo catorce #3
—«Sus» no. —Acarició el cuello del caballo—.
Esas criaturas eran secuaces de los fae oscuros, pero no las controlaba yo.
Una prueba más de que el Trono del Zafiro está haciendo incursiones donde no debe.
¿Y cómo os encontraron? —Volvió a mirarla, con una expresión que ocultaba la noche—.
Os sintieron. Cualquier ser feérico a este lado del margen podría hacerlo.
Aún irradias la energía que te recorrió.
Hueles a ella, dulce, sabrosa y deliciosa.
Aumenta tu atractivo general, algo que no pensé que fuera posible.
Por lo que parece, has encontrado el cáliz de cristal.
Así que era cierto. Ella tenía razón. Y, a juzgar por el tiempo que se había pasado él observándolo hacía un rato, sabía cuál era.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se acabó. Él había encontrado lo que buscaba y, además, de propina, un puñado de objetos poderosos. Ahora podía crear ese puente para que los de su especie vinieran a estas tierras.
Notaba una opresión en el pecho, pero afianzó su determinación. Ahora la tenía aquí, a su lado. Sabía cuál era. Si ella destruía esa esfera, no obtendrían el poder para abandonar su reino. Sus planes se vendrían abajo.
Sin revelar sus intenciones, sabiendo que estaba lo bastante lejos de él como para que no pudiera meterse en su mente, salió disparada hacia la hoguera y los objetos mágicos.
Apenas se detuvo a orientarse, sabiendo que él iría tras ella sin piedad.
Apoyó un pie, levantó el otro y lo proyectó con fuerza.
Impactó sobre el objeto, y Daisy esperó oír el crujido seco de su superficie agrietada…
, pero ese sonido no se llegó a producir.
Un estallido de energía tan fuerte que le hizo saltar las lágrimas explotó desde el punto de contacto.
No penetró en su cuerpo como la vez anterior, sino que estalló hacia fuera.
La elevó por los aires y la lanzó hacia atrás, y salió volando y moviendo las extremidades como un molino de viento.
Impactó contra el suelo y rodó, casi sin aliento.
Escupiendo y boquiabierta, se incorporó sobre el hombro para volver a mirar hacia la hoguera.
Tarian no estaba allí. Seguía con los caballos.
Ni siquiera se había molestado en darse la vuelta para vigilarla.
La esfera continuaba en el mismo lugar que un momento antes, titilando del mismo modo, riéndose de ella.
—No puedes destruirla así como así —dijo Tarian con aburrimiento—. No puedes lanzarla al fuego ni aplastarla con una prensa humana. No sucumbirá a la magia ni tolerará que le lancen hechizos para atenuar su poder. Por lo que a ti respecta, es eterna.
Daisy se incorporó.
—¿A qué te refieres con eso de… por lo que a mí respecta?
—Me refiero a que se puede destruir, pero hay que llevarla en presencia del Colectivo Divino, los siete dioses de los Celestiales, y hay que pedirles que la retiren. Seguramente habría que suplicarlo.
—¿Qué…? ¿Como llevar el Anillo Único a Mordor? —preguntó incrédula.
Él se giró ligeramente para mirarla e hizo una pausa mientras colocaba un saco de forraje.
—No sé de qué… anillo… No estoy seguro de qué es Mordor.
Ella se rio y negó con la cabeza, recordando tiempo atrás, cuando Mordie la había llevado a ver El señor de los anillos . Solía burlarse de su nombre por eso: Mordie/Mordor. En ese momento era un recuerdo agridulce.
—Y estos dioses existen en el reino de los fae, claro está —comentó ella, con un nudo en el estómago.
—Muy astuta. —Se estaba burlando de ella.
—¿Y una humana no podría acceder a ellos en ese reino?
—Una mágica quizá podría —contestó con un encogimiento de hombros—. Pero ¿tú? Solo si llegas volando en burro.
Daisy se mordió el labio, mirando a la hoguera.
Vale, no podía destruirla. No obstante, podía esconderla.
Podía robarla cuando huyera y dejarla en algún lugar de donde su corte no pudiera recuperarla, puesto que, para entonces, él ya debería estar muerto.
Aún había una manera de solucionar esto. Tenía que haberla.
—¿Y ahora qué? —preguntó Daisy, recogiendo las piernas y cruzándolas para sentarse cómodamente. Estaba hecha unos zorros—. Supongo que, como ya tienes lo que quieres, te convertirás en un perfecto caballero, me llevarás a casa y me dejarás en paz para siempre, ¿no?
Ni siquiera esbozó una sonrisa ante sus provocaciones cuando se volvió hacia ella. Su expresión era dura y seria.
—Te haré esta advertencia una única vez, palomita.
Puede que en el pasado perdiera una vez el control, pero eso no volverá a suceder.
No puede suceder. No soy caballeroso. No soy lo que los humanos piensan que es un caballero.
Soy un ser feérico, y nuestras reglas son despiadadas.
Son crueles. Bajar la guardia…, perder el control…
tienen como resultado la muerte o algo peor.
Mi… sea lo que sea esto que siento por ti, tendré que apartarlo lo más lejos posible para no sentirlo.
No puedo sentirlo. Mañana comenzará de verdad el juego.
A partir de mañana, lucharás por tu vida, y yo te arrojaré al fuego.
A propósito. Una y otra vez. Al cabo de poco, te utilizaré para una batalla sutil y despiadada en las cortes feéricas, provocándoles con tu aroma a poder y tu posición como mi mascota.
Será mejor que estés lista, o te desmoronarás antes de que haya empezado el juego.