Capítulo catorce #2
—Evidentemente, te he estado vigilando —dijo mientras se dirigía hacia los carromatos—.
Cuando tuve claro que no utilizarías mi regalo como yo pretendía, fue necesario estar pendiente de ti hasta que descubrieras dónde guardaba nuestro amigo Rutherford su botín.
¿Así lo llamáis? ¿Botín? Un término adecuado.
No me había percatado de que el Trono del Zafiro también estaba vigilando.
Algo muy molesto, la verdad. Es evidente que cuentan con un informante en vuestra corte.
Nadie más sabía que aguardaba a que tus amigos descifraran el código.
—¿A que mis amigos descifraran el código?
Cogió unos sacos de dormir de la parte trasera de un carromato y los olió un poco. Frunció la nariz y los devolvió al interior. Por lo visto, no reunían las condiciones.
Se volvió hacia ella con una media sonrisa.
—No pensaste que dejarte ese ordenador era un gesto caballeroso, ¿verdad?
—Ese sentimiento reflejaba lo que él le había dicho tras matar a Rutherford—.
Solo borré los archivos para que no sospecharais que os estaba proporcionando información.
Por cierto, ¿qué tal las armas? En las fotos tenían una pinta atroz.
Daisy abrió y cerró la boca en silencio, sin saber qué decir.
—O sea que sí pensaste que había sido un gesto caballeroso por mi parte.
—Se rio—. Tienes mejor opinión de mí que mi propia familia.
—Sacó comida y odres de agua de los carromatos y lo puso todo sobre un gran trozo de tela que había en el suelo—.
No me esperaba que sus registros sobre los cálices fueran tan crípticos.
—No tenías intención de matarlo —dijo ella—. Le podías haber extraído la información de la mente. ¿Y por qué los llamas cálices? Ninguno de ellos se parece a una copa ni de lejos.
Él juntó las esquinas del trozo de tela y trasladó la comida y el agua cerca del fuego.
—Tienes razón. No tenía intenciones de matarlo.
Tuve un desliz momentáneo… —Ladeó la cabeza y se corrigió—: Bueno, un par de deslices momentáneos.
Por suerte, a tu equipo se le dan muy bien el espionaje y la tecnología, ¿no?
Toda la gente importante del mundo mágico humano piensa lo mismo.
Sabía que conseguirían los archivos que necesitaban de su ordenador y que descubrirían dónde se ocultaban los cálices.
Si eso fallaba, tendría que hacerlo por las malas.
Afortunadamente, tu equipo lo consiguió.
Enhorabuena. Me ahorró un montón de tiempo.
Se acercó a ella como si avanzara hacia un animal juguetón. Sus movimientos eran muy fluidos y gráciles, fascinantes.
—Siempre te encontraré, palomita —murmuró—. Lo he dejado muy claro: eres mía. Para mí, tu ubicación es importantísima.
—¿Por qué?
No contestó mientras se detenía delante de ella y extendía el brazo lentamente. Con los dedos le rozó la mejilla amoratada, la sien, donde había impactado la bota, y los arañazos de la cara. La rabia se reflejó en su rostro, y apretó la mandíbula. La violencia centelleaba en sus ojos.
—Estos rastros de lágrimas… —Su voz se convirtió en un gruñido grave mientras trazaba una línea al lado de su nariz y alrededor de su boca—. ¿Eran de verdad?
—No.
—Pues claro que no. —Sonrió con suficiencia—. Eres demasiado indomable como para dejar que un inconveniente menor como un secuestro te quiebre.
Bajó por su cuello.
—¿Esto es…? —De nuevo su voz se tornó profunda y grave, y volvió a tensar el cuerpo, como si se esforzara por mantener la compostura. Como si quisiera volver a matarlos a todos—. ¿Te han desgarrado la piel?
—Se preguntaban por qué los podía entender. —Le contó lo que les había dicho y por qué.
—Ah. —Se relajó ligeramente—. Qué lista. Cuando está en juego el poder de un reino, no hay mucha gente que no pertenezca a la corte que posea la magia para leer la mente. Y a los miembros de la corte no les preocupan los asuntos triviales, como conseguir cálices y manipular a los humanos.
—Excepto a ti.
—Excepto a mí, pero yo soy un caso atípico.
—¿Por qué?
En vez de contestar, le levantó la camisa desgarrada para echarle un vistazo a la herida del brazo.
—Al menos, sanas rápido. Es una suerte. —Dejó caer la mano, y se miraron a los ojos—.
Un cáliz, en tu lengua, es una especie de copa.
O el interior en forma de copa de una flor.
En la mía es —hizo un gesto indefinido con la mano— una especie de mito.
Se entiende que se refiere a un instrumento que contiene un poder ilimitado.
No tiene por qué ser necesariamente así, pues ningún poder es ilimitado, pero esa es la teoría.
Hay muchos tipos de cálices, según cuenta la leyenda.
Hay quien dice que el más poderoso es uno que genera la naturaleza, que lo potencia un humano y que está bendecido por los dioses.
—¿Esas de ahí con gemas?
Volvió a hacer el gesto con la mano.
—No son exactamente gemas, pero, en esencia, sí.
—Miró por detrás de ella, a los caballos—.
Tendremos que llevarnos a esos animales con nosotros.
No dejaré que mueran aquí. Saldremos mañana.
No podemos desplazarnos de noche. Hay demasiada oscuridad, y hay por ahí seres salvajes que nos darían problemas.
—¿Entonces no puedes ver en la oscuridad? —preguntó Daisy—. Pensaba que los fae oscuros podían hacerlo.
—No todos. Y, aunque en general yo sí puedo ver en una noche cerrada, los caballos, no. —La rodeó para ir hacia los animales—. Además, esta hoguera resplandece que da gusto. También podríamos disfrutarla.
—¿Qué pasa con el otro grupo? Me has estado vigilando, vale, pero ¿y ellos? Yo estaba en territorio chéster cuando sus… lo que fueran atacaron.