Capítulo catorce
—T arian —dijo el líder, y el nombre sonó majestuoso y grandioso con ese acento. Elevado. El temblor de nerviosismo en su voz era inconfundible.
Ella sabía cómo se sentía, pero no por el nombre o por el cargo que ocupaba.
Sabía que podía haber escapado de aquellos tarados.
No eran muy listos; no podían leerle la mente, se habían tragado con facilidad sus numeritos y la habían subestimado por completo.
Solo habría necesitado un rumbo, tiempo y una distracción, y haría rato que se habría marchado.
El asesino de los besos —Tarian— era todo lo contrario y sabía cómo localizarla. Sus posibilidades de huir se habían desvanecido ante sus ojos. Estaba a su merced.
La atención de Tarian pasó de ella a sus captores. Su cuerpo permanecía relajado, con su hermosa y reluciente espada colgando a un costado.
La bota desapareció de la espalda de Daisy y le permitió girarse para poder ver mejor. El líder se pasó la lengua por los labios, mirando la piedra que sostenía y luego el conjunto de objetos que había sobre la camilla.
—Habéis malinterpretado la situación —dijo el líder con vehemencia—. Vuestro rey expresó interés en tejer una alianza con la reina Liora. Solo estoy evaluando la validez de sus peticiones. Por lo que he visto…
—Sois vosotros quienes la habéis malinterpretado. —Tarian esbozó una sonrisa indolente y arrogante. No ocultaba la violencia que clamaba cada línea de su cuerpo—. La humana es mía. —Chasqueó los labios—. Y parece que habéis maltratado mi posesión.
—No. ¡Esperad! —El líder la miró con inquietud—. ¡No! Yo no sabía…
Un estallido de energía hizo arder los ojos de Daisy, y de repente Tarian entró en acción.
Blandía la espada con tal rapidez que apenas era un borrón.
El contorno de lo que parecía una espada se había transformado en un báculo con extremos de punta afilada.
Saltó por encima del fuego, la distancia más corta entre él y el líder.
La llama lamió su ropa de cuero metalizado y sus chulísimas botas de suela gruesa.
¿Cómo podía estar ese tío siempre tan a la vanguardia de la moda, hasta con algo que parecía una armadura?
El líder extendió una mano y flexionó los dedos. Con la otra mano mantenía la roca apretada contra el pecho. El brillo se intensificó, y una difusa tonalidad verde musgo tiñó el ambiente.
Unas vetas negras la atravesaron, destrozando la magia.
—¿Qué…? —El líder se tambaleó hacia atrás, pero ya tenía encima a Tarian.
Le seccionó el brazo con el que sostenía la roca. Los dedos se aflojaron cuando la mano y la roca cayeron al suelo. El líder gritó mientras los que había en la zona sacaban armas de sus cintos o se agachaban para recogerlas del campamento.
Tarian le clavó el báculo al líder en el pecho y lo retorció, cortando rápidamente de raíz los aullidos de sorpresa y dolor. El cuerpo cayó con un golpe seco al suelo, y Tarian se irguió, sin alterarse lo más mínimo.
Los demás se abrieron en abanico, con las armas en ristre y la mirada fija mientras observaban al enemigo, en medio de ellos.
Tarian puso un pie delante del otro para ganar más espacio, en perfecto equilibrio.
El báculo era un haz de luz que brillaba con elegancia.
Quizá poseyera el pavoneo y la arrogancia propios de la nobleza, pero tenía las manos y el movimiento de pies de un maestro espadachín.
—No tiene por qué ser así —dijo uno de los varones de tonalidad verde intentando rodear a Tarian por la espalda—. Hay de sobra para todos. Pese a lo que le has hecho a Sharlo, aún podemos llegar a un acuerdo.
—Puede que nuestras cortes lleguen a un acuerdo, pero cuando eso pase tú llevarás mucho tiempo muerto —anunció Tarian con voz impasible, casi aburrida.
—¿Te crees que vas a superar a nueve de los nuestros? —se burló otro de los seres feéricos.
El primero siseó, como si quisiera que su hermano cerrara el pico.
Tarian no contestó enseguida mientras ellos se movían; los nueve lo rodeaban y el báculo no dejaba de girar.
—No os va a doler. ¿Os parece bien? —dijo por fin, impávido en mitad del círculo—. Menos a ti. —Señaló con el arma al fae que tenía delante de él—. Le has puesto la mano encima a mi propiedad. A ti te mataré lentamente, con todo el dolor posible.
Retrocedió un paso y lanzó el báculo. Se clavó en el fae antes de que pudiera sacar la espada.
Tarian la desvió hacia un lado, eliminando cualquier posibilidad de que su enemigo se recuperara, avanzó hacia el siguiente y, dándole vueltas al báculo, evitó el ataque de un enemigo.
Daisy pensó que acabaría con ese, pero, en cambio, se desplazó por el círculo hacia otro, evitando así que cerraran el círculo sobre él demasiado rápido.
Eliminó a ese, pasó al siguiente y lo atravesó con el báculo.
Volvió al que le había evitado el golpe.
Parecía un bailarín, revoloteando entre los enemigos como al son de una alegre melodía.
Con el báculo giraba y golpeaba, bloqueaba o esquivaba golpes.
Los gritos y quejidos inundaron la noche.
La luz de la hoguera relucía sobre la sangre vertida y los cuerpos que se retorcían cayendo al suelo.
Ni uno solo de los enemigos había llegado a tocar a Tarian; no le hicieron ni un rasguño.
En un abrir y cerrar de ojos, como había prometido, solo quedaba uno de los seres feéricos de tono verdoso: el que había golpeado y arañado a Daisy.
—No lo sabía —se quejó, retrocediendo. Blandía con manos temblorosas una espada que no brillaba—. Lo juro. ¡No lo sabía! Sharlo me dijo que lo hiciera. ¡Es culpa suya, no mía!
—Sharlo está muerto. Tú expiarás sus pecados.
Se adentraron más en la noche, allá donde no llegaba la luz de la hoguera.
El báculo se acortó en forma de daga, cuyo brillo solo iluminaba los ojos fríos y crueles de Tarian.
Proyectó la daga hacia delante y acto seguido se oyeron gritos.
Aullidos. Y así siguió sin parar, fue variando de intensidad y acabó con un gorgoteo.
Aún sufría convulsiones, como si le hubieran cortado la lengua y las cuerdas vocales en busca de un poco de paz y de calma, pero el dolor continuó.
Daisy, que no era de las que dejaban pasar una distracción tan valiosa, rodó hacia el montón de cadáveres y se detuvo cerca de la primera arma práctica.
Sujetó la empuñadura con la cadera y cortó las cuerdas de las muñecas.
Con las manos libres, no tardó nada en desatarse los tobillos.
Hecho eso, y sin tiempo que perder, se incorporó, dispuesta a montar en uno de los caballos e irse.
El manto de la oscuridad la protegería hasta el amanecer. Era su única opción.
Sin embargo, mientras se acercaba a los caballos agrupados a un lado, sin dejarse impresionar por nada de lo que había presenciado allí, notó el absoluto silencio detrás de ella.
Ni siquiera los animalillos se movían en la oscuridad, como si hubiera aparecido un gran depredador y no quisieran que advirtiera su presencia. Conocía esa sensación.
Poco a poco, con el pulso cada vez más acelerado y el sudor perlándole la frente pese al frío nocturno, se giró.
Junto a la hoguera estaba Tarian, con sus ropajes metálicos salpicados de sangre, observándola con una mueca de suficiencia. Ahora, su arma parecía una espada y le colgaba junto a la pierna.
—Hola, palomita —pronunció con voz profunda y ronca. Su mueca se convirtió en una sonrisa irónica—. ¿Me has echado de menos?
Daisy exhaló un suspiro, desinflándose por completo. Debería haber sabido que no iba a distraerse durante mucho tiempo.
—La verdad es que no —contestó, sin moverse del sitio. No tenía sentido echar a correr. La atraparía—. ¿Cómo me has encontrado?
Él relajó la postura y contempló su obra. Ella no siguió su mirada. Con un ademán de la mano, todo desapareció.
Había hecho uso de ese mismo truco cuando se conocieron. En aquel momento a ella le había alegrado, intrigada por la sensación de cercanía y sus intensos ojos verdes. Ahora, aquello, el poder que desplegaba, la ponía nerviosa. El abismo entre sus distintas fuerzas.
Él no contestó, caminó hacia la camilla y examinó lo que había en ella.
—Teniendo toda esta magia, ¿los matas con la espada? —comentó ella, ante la necesidad de hacer algo para distraerlo un poco mientras él cogía la roca que Sharlo había sostenido y dejado caer en mitad de las otras. Con el escaso respeto que le mostraba, podía haberse tratado de una roca cualquiera.
—Sí. —Empujó la camilla con la punta de la bota.
Los objetos que descansaban en ella tintinearon al golpearse entre ellos.
Unos cuantos se encendieron, mostrando su poder—.
Si he de hacer un esfuerzo, prefiero usar las manos.
Así es mucho más gratificante cuando ganas a tu oponente.
La magia se hereda. El manejo de la espada se aprende.
Cuando la dominas, eso demuestra destreza y disciplina.
Se puso en cuclillas para inspeccionar los objetos mágicos, cogió dos y los lanzó lejos de los demás. Luego, dos más, dejando solo en la camilla los que brillaban. Estaba separando los objetos mágicos de los que no lo eran en un santiamén.
—Hago trampas, claro está —confesó. Cuando acabó, quedaron aproximadamente una decena de objetos mágicos.
La esfera hueca le devolvía un centelleo, no por su brillo, sino por el reflejo de la luz de la hoguera sobre los diamantes.
La examinó durante un buen rato—. Puedo leerles el pensamiento.
Sé quién va a hacer qué y cuándo. Con todo el entrenamiento que he tenido, es solo cuestión de anticiparse.
Se puso de pie y echó un vistazo al campamento.
—¿Cómo me has encontrado? —repitió Daisy.