Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo trece #3
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Capítulo trece #3

Él le miró el cuello y levantó la cabeza. Su ayudante se inclinó hacia ella. La agarró y la giró hacia el fuego para que el líder la pudiera ver bien. Era evidente que no disponían de visión nocturna. Con la otra mano, le arañó la piel y le desgarró la carne.

El dolor se le extendió por todo el cuerpo, y gritó, intentando desembarazarse de él con suavidad. Tenía que continuar con la artimaña, pero no quería que le patearan la cara. La mano que la agarraba la soltó, y cayó al suelo. Tendría la ropa mugrienta.

—Dejadlo —bramó el líder, evidentemente molesto—. Ahora mismo no es importante. Traed el tesoro.

No había duda, no podía leer la mente. Buena noticia. Ahora ya solo le faltaba averiguar qué tipo de magia tenían y ya tendría un pie fuera de allí.

El líder hizo una pausa mientras su ayudante se alejaba. Otros dos varones que estaban en cuclillas se levantaron y desaparecieron en la creciente oscuridad de la noche.

—Humana —dijo el líder—, deja de arrastrarte como el cieno de un estanque. Si nos dices lo que queremos saber, no te haremos daño.

Por lo que parecía, allá en su tierra, el cieno de los estanques viajaba…

—No sé nada. Lo juro —dijo con un quejido—. No me cuentan nada. Me tienen acogida. Ni siquiera son mis padres. Solo soy…

—¡Silencio!

Daisy gimoteó y le hizo caso.

Los dos varones regresaron con algo que parecía una camilla.

Encima de ella descansaban las piedras, los cristales y demás objetos que su grupo había sustraído de la casa del sargento.

Buscaban las mismas cosas que el fae sombrío.

Era evidente que aquello era una carrera para hacerse con el poder y entrar en avalancha por la Portalhada.

Por lo visto, los Celestiales no eran tan populares como el trono gobernante.

—¿Cuál de estos es? —preguntó el líder mientras colocaban la camilla al lado de Daisy.

Ella dejó traslucir su verdadera sorpresa. ¿No sabía qué era lo que buscaba? El otro fae parecía tener un amplio conocimiento de todo el asunto. Ella acababa de verse envuelta en ese lío.

—¿Cuál es qué? —preguntó lentamente para que entendiera lo que quería decir.

Se le fueron los ojos al montón de objetos. Faltaban unos cuantos. Eran los que habían cogido los chicos. Seguramente se los habían quedado sin que esta gente se diera cuenta.

Interesante. Ya había supuesto que aquí no estaba tratando ni mucho menos con mentes privilegiadas, pero ahora parecía que ni siquiera se trataba de criaturas inteligentes. Era como si sus instrucciones hubieran sido simplemente «Coged a la chica y todo lo que lleve». Intentaban atar cabos.

Casi se echó a reír. La situación mejoraba por momentos.

El único problema era que ese objeto sí estaba ahí. El objeto.

El cáliz de cristal.

Estaba ahí metido entre los demás, una hermosa obra de arte que debería estar en la estantería de alguien. Una esfera hueca de cristal que relucía con el mar de diamantes que discurría por su interior y se desbordaba por los lados.

A decir verdad, no había manera de saber si era de verdad el cáliz de cristal, el objeto que buscaba su fae. ¿Podía fiarse de su instinto en lo que respectaba a asuntos feéricos? Definitivamente no. Podría tratarse tan solo de otro objeto con poderes mágicos como los demás.

No obstante, había algo que no se podía negar. Era más poderoso que el resto. Y con diferencia. Fuera o no el que buscaba su fae, este seguro que querría quedárselo. Un objeto que podría ayudarlos radicalmente a todos. Uno que había que destruir, y cuanto antes, mejor.

No dejó que sus ojos se detuvieran en él, y no pudo hacer nada con el brillo verde mar que despedía el interior de una roca de aspecto prosaico alojada en mitad de aquel batiburrillo.

Alguien ahogó un suspiro. Todos se inclinaron hacia delante de inmediato. Otro señaló. El líder se adelantó, sacó el objeto de entre los otros y se lo acercó. Abrió los ojos ligeramente, y un ligero zumbido indicó que el objeto que tenía en su poder había empezado a ejercer su magia.

—Es cierto —susurró el líder, asombrado, mientras los demás se acercaban con timidez o se inclinaban para mirar—. Noto su poder.

Desvió la mirada hacia Daisy y se la quedó mirando como si estuviera reflexionando sobre algo. Se dio la vuelta, y los demás retrocedieron, mirándola también, a la espera de algo.

El líder se acercó a ella; el olor a algas y sal marina impregnaba el ambiente. Le ofreció la roca mundana, que seguía brillando alegremente.

—Cógela —dijo, agitando el objeto delante de ella.

La energía que necesitó para morderse la lengua y no soltarle un comentario mordaz casi la dejó fuera de combate. Por el amor de Dios, tenía las manos y las piernas atadas. ¿Qué pensaba que iba a hacer, reptar lentamente como un gusano y cogerla con los dientes?

—¿Po-por qué? —preguntó, sin saber qué quería que hiciera. Estaba acostumbrada a un captor inteligente, no a… aquel sinsentido que estaba viviendo allí—. ¿Por qué yo?

Al líder se le ensancharon las fosas nasales, irritado. Le hizo un gesto a su ayudante.

Este avanzó un paso y le cruzó la cara de un revés.

¡Jo… der!

Dejó que la inercia la devolviera al suelo, gritando esta vez de verdad. Se mordió el labio. Un reguero de sangre descendió por su mejilla, y se pasó la lengua de manera instintiva para evaluar los daños. Ese cabrón tenía un buen swing .

Le plantó la bota en mitad de la espalda mientras le aplastaba la frente contra el suelo.

Daisy respiraba con dificultad, y evaluó la colocación de sus extremidades para tomar medidas evasivas por si se ponían más agresivos y corriera el riesgo de que se le dislocara un hombro.

Estaba claro que a ellos les daba igual.

Su mejilla descansaba contra el frío suelo. Apenas pudo ver al líder aproximarse y agacharse a su lado para colocarle la roca en las manos. La vibración de energía le subió por todo el brazo y le estremeció el resto del cuerpo con solo sostenerla entre las manos.

Ah, ahora lo entendía. Querían que les señalara cuál era el cáliz de cristal. Querían que recibiera su dolorosa sacudida de energía. Aquello se estaba convirtiendo en un puto día de mierda.

El líder gruñó y se volvió a erguir.

—Probad las demás. Coged solo las que funcionen…

Se interrumpió. Arrastró la bota derecha por el suelo al girarse y se tensó de inmediato, como si hubiera un peligro cerca.

Daisy intentó arquearse hacia arriba para ver qué estaba pasando, pero la bota en la espalda la mantenía prácticamente inmóvil.

Apenas percibió movimiento en la densa oscuridad entre los árboles.

Entonces vio una tenue luz que se acercaba.

Era un brillo fosforescente que se mecía lentamente hacia delante y hacia atrás.

Un hombre —o lo que parecía uno— se adentró en la luz de la hoguera, y Daisy apenas pudo contener una inspiración repentina.

La oscuridad no le permitía distinguir los detalles, pero sabía que su mirada verde intenso la buscaba. Su rostro se giró hacia ella, un brillo metálico le recubrió el pecho y sus extremidades resplandecieron con la luz de la hoguera.

—Tenéis algo que me pertenece —dijo el fae con una voz refinada y un tono amenazante.

«Mierda».

Su villano de brillante armadura había venido a reclamarla.