Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

Su primer impulso fue el de patalear y forcejear.

Luchar. Era el ligero pánico que intentaba echar por tierra su lógica…

, intentaba truncar su formación. Sin embargo, permitir que el pánico se apoderara de ella era una manera segura de morir rápidamente.

Tenía que mantener la cabeza fría y evaluar la situación en la que se encontraba.

La mano le liberó el tobillo y le apresó el antebrazo mientras el cuerpo seguía a sus piernas hacia un costado.

Cayó con los pies en el suelo y le fallaron las rodillas.

El peso de su cuerpo al desplomarse sin fuerza hizo que se soltara.

Unas uñas se le clavaron en la piel y se aferraron a su camiseta.

La tela se desgarró, se abrió la costura y le tiró del escote.

Sus piernas golpearon el suelo blando, seguidas de la espalda, y rodó ligeramente para no hacerse daño con el impacto. Luego se acurrucó hacia un lado y se hizo una bola por si le llegaba alguna patada, y se echó a temblar para fingir que se encogía de miedo.

—Plaga —dijo un hombre, pronunciando la palabra igual que ella diría «joder». Arrastró los zapatos por la tierra y las piedras, y dos manos la agarraron y la alzaron—. Levanta, humana apestosa —gruñó, zarandeándola mientras la sostenía en el aire.

Sus cincuenta y nueve kilos no le suponían ningún problema, y prácticamente le había escupido la palabra «humana». No chéster, humana.

La imagen del rostro esquelético se materializó en su cabeza.

Recordó la silueta voladora y el grito silencioso mientras las criaturas habían descendido sobre el todoterreno, con la suficiente fuerza como para sacar al enorme vehículo de la carretera.

O bien tenía delante a uno de ellos o a alguien para quien trabajaban.

En otras palabras, un ser feérico, pero no su asesino de los besos.

Seguía sin reconocer a ninguna de las almas que había allí.

«Vaya, eso no es bueno», pensó mientras volvía a cerrar los ojos e inspiraba lento y hondo.

A sus diecinueve años, esa era la segunda vez que la capturaba un enemigo. Después de la primera, Zorn la había hecho pasar por innumerables sesiones de entrenamiento por si le volvía a suceder.

Y, mira por dónde, en ello estaba.

Como en el entrenamiento, sus enseñanzas le vinieron enseguida a la cabeza.

«La regla más importante es no entrar en pánico. El pánico solo sirve para desperdiciar tiempo y energía».

Verdad verdadera. Volvió a inspirar lento y hondo. La capucha le resbaló delante de la cara, y el olor rancio y a humedad casi la hizo vomitar.

«Dales lo que esperan. La debilidad puede ser tu mayor fortaleza si la utilizas de forma adecuada».

Seguía teniendo los pies muy juntos y ligeramente doblados, una posición que nadie adoptaría para pelear. Los seres feéricos pensaban que los humanos eran frágiles e inútiles. «Nada más lejos de la realidad». Por ahora desempeñaría ese papel.

El tipo tiró de Daisy y la empujó hacia delante. Obligada a andar a pasitos, Daisy estuvo a punto de caer y volvió a fingir que temblaba aún más. En la rendija de visibilidad que le dejaba la parte inferior de la capucha apareció una luz tenue; se hacía de noche.

Las voces susurrantes bajaban el volumen a medida que ella se acercaba.

Las personas —o criaturas— dejaron de hablar cuando estuvo entre ellas.

A juzgar por las almas, habían agrupado a los animales a la derecha; seguramente estarían atados en ese momento.

El crepitar de las llamas acompañó un estallido ocasional de madera que ardía; una hoguera que era probable que acabaran de encender.

Debían de haberse detenido a pasar la noche.

A no ser que ya estuviera en un reino distinto, desde el accidente hasta ahora habría pasado un día.

—Sentadla aquí —dijo alguien, y el ser que la dirigía la sentó de un empujón.

Se desplomó con un quejido y empezó a rogar por su vida. Farfulló algo sobre recompensas si la devolvían, sobre lo joven que era y sobre cualquier cosa que le vino a la cabeza, y la mayoría de las palabras se perdieron entre sollozos aterrados.

Un objeto duro le impactó en un lado de la cabeza para que cerrara el pico. Daisy gruñó mientras caía espatarrada al suelo, con la cabeza palpitándole por el golpe. «Joder, cómo duele. ¡Joder, putos cabrones!». Una bota, seguramente. Esos gilipollas no se andaban con chiquitas.

Apretó los dientes para soportar el dolor palpitante.

Se decía que los seres feéricos eran despiadados, pero su asesino de los besos nunca le había puesto la mano encima.

Al menos no de manera violenta. Solo había utilizado la magia para que no se moviera.

Ella había calculado mal hasta dónde podía llegar.

Otro error como ese le podría costar la vida a Daisy.

—Levanta. —La mano ruda la agarró de la capucha y del pelo, tiró de ella para que se sentara y la intensidad del dolor le hizo entornar los ojos.

—Quitadle la capucha —dijo la voz, la misma que había indicado dónde colocarla.

Hizo un gesto de dolor cuando tiraron de la capucha y volvió a hacerlo cuando le arrancaron parte del pelo con ella. La escena se reveló entre las sombras del atardecer, y ella la absorbió entera tan rápido como pudo.

«Tienes que estar preparada en todo momento. Nunca sabes cuándo tendrás que ponerte en marcha».

Los caballos estaban atados a un árbol cercano.

Había carromatos cubiertos que estaban aparcados formando un semicírculo.

Los protegían de parte de la brisa que soplaba de…

del este, se atrevería a decir. Ocho tipos con orejas puntiagudas se congregaban alrededor de una modesta hoguera.

Todo eso era lo esperado…, excepto por el extraño aspecto que tenían aquellos tipos…

o, en ese caso, posiblemente criaturas de género masculino. En un instante lo averiguaría.

Alrededor había árboles desperdigados, con mucho espacio entre ellos.

Hacia la derecha, una estrecha carretera de tierra atravesaba los gruesos troncos, casi desprovistos de ramas.

En lo alto, un puñado de estrellas acababan de hacer su debut nocturno, los mismos destellos de luz que el brillante paisaje urbano no dejaría ver.

Las aves nocturnas cantaban su presencia y, ocultos entre el follaje, los animalitos roían la hierba.

Era una zona apartada, que ofrecía cierto aislamiento.

Eso no era ideal. Si iba a huir, no tendría muchas opciones para ocultarse ni tampoco adónde ir.

Puede que hubiera perdido un día desde que el todoterreno se había salido de la carretera, pero, si iban a caballo y en carros, no podían haberse alejado demasiado de Lexi y los demás. Lexi podía encontrarla en el reino de los espíritus y dirigir a los demás hacia donde estaba ella.

«No hay peor pasatiempo que esperar a que te salven».

«Sí, vale», pensó Daisy, molesta. Tenía que salvarse ella solita. Ya lo sabía. Pero, aun así, Lexi y los otros no eran de los que se duermen en los laureles cuando uno de los suyos estaba en peligro. Vendrían a por ella. Al menos, tenía con qué ilusionarse.

El que parecía el líder de ese grupo se levantó al otro lado de la hoguera y, cuando lo vio bien, a Daisy se le escapó un suave silbido. Era muy raro. Desde luego, humano no era.

Estaba allí plantado con el pecho al aire, la piel del color de la espuma del mar y unas marcas sutiles de escamas que le recorrían los pectorales, seguían por encima de los hombros y le bajaban por los brazos.

Algo parecido a una mezcla de algas con ramas de varios tamaños se enroscaba en forma de cuerda y le rodeaba el cuello y el antebrazo izquierdo, justo por encima de unos músculos fibrosos.

Su larga cabellera, recogida en parte, desaparecía en el interior de un tocado de ramitas y hojas ribeteado con algas de un verde metálico resplandeciente y plumas de punta plateada.

El cabello que le caía por los hombros era ralo y entrecano, con materia vegetal con forma de cintas que sobresalían o fluían por el interior.

Los congregados alrededor tenían un tono de piel parecido. Un ser feérico de carácter acuático gobernado por la reina del Trono del Zafiro, uno de los siete reinos menores de Faerie. O eso rezaban los libros. ¿Qué diantres querían de ella?

«El cáliz de cristal».

La respuesta le vino antes incluso de ser consciente de haber pensado en ello. Había hecho algo que había llamado su atención. Aquella oleada de magia había marcado su suerte.

—Di… qué sabes, y hacemos daño nadie —dijo el líder con un acento que sonaba como si tuviera la boca llena de agua. Intentaba hablar mi idioma.

¿Acaso no había oído todo lo que había farfullado, algo que sin duda podía entender, pues su don de los semidioses lo había traducido al idioma de él?

Evidentemente, ella hablaba su idioma. Gracias al don de sangre de los semidioses, entendía y hablaba cualquiera de las lenguas de cualquier tierra.

Con los fae funcionaba seguro, pues había entendido a la criatura que la había sacado a rastras del carromato.

El fae que estuviera al mando había enviado a idiotas. Que en sí mismo era algo estupendo —pues sería mucho más fácil huir—, pero también resultaba… tedioso.

A las lágrimas vertidas un momento antes, que aún le corrían por la cara, le sumó un temblor de labios. Sacudió la cabeza con el ceño fruncido.

—¿Qué? —dijo en la lengua de ellos, con un tono agradable y lento para que no pudieran evitar entenderla.

En la frente del líder —donde se dio cuenta de que no tenía cejas— se formó una arruga, y miró a los otros. Y de nuevo a ella.

—¿Cómo sabes tú este idioma? —inquirió, agresivo. Con recelo.

—Magia hu-humana —contestó ella, e inclinó la cabeza para mostrarle el lado del cuello. Allí no tenía nada, pero él no lo sabría a menos que pudiera leerle la mente. Dado que hasta ahora se había tragado su numerito de debilidad, no podía.