Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo trece
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Capítulo trece

U n pie le golpeó la muñeca. Si sentía dolor, no era capaz de notarlo. La esfera se soltó. El brazo le hormigueó al despertar, y seguía teniendo la visión borrosa, con manchas negras entre las que se colaba el brillo de la linterna.

—Oye, Daisy. —Lexi se agachó hacia ella, le puso la mano en la cabeza y le examinó la cara—. Daisy, ¿te encuentras bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso?

El cuerpo de Daisy se sacudió con la energía residual, como si la hubieran electrocutado. Notaba los pies entumecidos.

—Es una de ellas —consiguió decir a duras penas con la garganta irritada. ¿Había estado gritando?—. Aunque mejor no la toquéis.

Lexi la ayudó a sentarse y se arrodilló a su lado.

Todos se habían congregado a su alrededor.

La esfera descansaba sobre el metal de los estantes, y ahora podía apreciar los detalles.

Lo que había confundido con una roca era, en realidad, un cristal que recubría la esfera deforme.

Relucía con una tenue luz de tonos grises, cremas y blancos que creaban planos y texturas en su interior.

Una abertura a un lado la cruzaba hasta el otro, dejando el centro hueco.

Puntos brillantes, como diamantes de talla princesa, fluían por su interior como un río y se desbordaban por tres lugares, en los que viajaba por la superficie y se sumergía en el otro lado.

El efecto global era impresionante, una obra de arte o de decoración que sería muy codiciada.

—Es ese. —Apenas podía entender lo que decían sus labios entumecidos—. Es ese. —Seguía con la respiración acelerada. No conseguía inspirar el aire necesario—. Ese es el cáliz de cristal. Esto es lo que está buscando. Tiene que serlo.

Lexi ni siquiera le dedicó una mirada al artefacto; seguía mirando a Daisy a los ojos, preocupada.

—Tenemos un sargento curioso —dijo Boman desde delante—. Debe de haber notado esa explosión de… lo que haya sido.

Daisy miró hacia allí, todavía un poco aturdida, pensando todavía lentamente.

—¿Hasta tan lejos ha llegado la onda expansiva?

—Casi nos tira al suelo a nosotros —explicó Lexi, mirando hacia atrás, a Thane.

—Sí. —El chico se agachó y levantó a Daisy, apretándola contra sus duros pectorales—. Voy a meterte en el coche, ¿vale, princesa?

Sabía que a ella no le hacía mucha gracia ese apelativo. Intentaba mosquearla y quitarle importancia a aquella situación, a sabiendas de que no le gustaba que nadie cuidara de los chésteres. A sabiendas de que detestaba cualquier muestra de sus debilidades.

—Estoy aturdida, no incapaz —afirmó de manera automática, pero sin hacer ningún esfuerzo por apartarlo.

Lo mismo estaba mintiendo. Aún tenía los pies bastante acalambrados y la sensación de que le reptaban insectos bajo la piel.

No estaba segura de cómo sería caminar—.

Despístate y te pincho con algo afilado.

Thane sonrió.

—Esa es mi chica.

—El sargento tiene un arma —anunció Boman—. No me puede ver, pero me puede oír, y me va a apuntar.

—Lo tengo. —Donovan corrió en esa dirección. Tenía poderes telequinéticos y seguramente intentaba arrancarle el arma.

Daisy los perdió de vista cuando Thane se aproximó a la puerta trasera.

—¡No utilices las manos! —gritó Lexi—. ¿Estás loco, Mordecai? Ya has visto lo que le ha pasado a tu hermana. Usa el petate o dale una patada hacia dentro o algo así.

Thane cruzó la puerta trasera y se encontró a Bria, que estaba delante de un cuerpo tendido bocabajo sobre la hierba seca.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, frunciendo el ceño al ver a Daisy—. ¿Qué está pasando?

—La gremlin cree que ha encontrado el cáliz de cristal, aunque no se parece en nada a una copa.

Thane no la llevó hasta el todoterreno en el que había llegado. En cambio, la levantó y la sostuvo con un brazo mientras utilizaba el otro para abrir la puerta del todoterreno que habían utilizado Lexi y Kieran.

—¿Qué ha hecho? —Bria abandonó el cuerpo para seguirlos hasta el vehículo.

—Liberó una especie de chute de energía y la hizo caer de culo. Tuve que pegarle un puntapié a la cosa esa del demonio para apartarla.

—Joder —exclamó Bria con los brazos en jarras.

—Sí. —Thane instaló a Daisy en el interior, la ayudó a acomodarse y luego intentó alisarle un poco el pelo.

—Estoy bien. —Le dio un manotazo en las manos—. Estoy estupenda. El hormigueo está desapareciendo poco a poco.

—Ah, ¿sí? —Bria se acercó por detrás de Donovan a mirar a Daisy mientras salía la primera persona con un petate lleno. Era Jack—. ¿Cómo era? ¿Alguien más lo ha probado? A lo mejor no afecta a la gente mágica tanto como a los chésteres.

Thane se apoyó en un costado del todoterreno, al lado de Daisy, dejando la puerta abierta.

—O podría ser infinitamente peor.

Bria asintió y se giró para observar a Jack descargar el petate en la parte trasera del todoterreno en el que estaba Daisy. Los semidioses serían los guardianes de tan preciado cargamento.

—Buena observación —apuntó—. Voto por que lo intentes tú y así lo vemos.

Daisy soltó una carcajada cuando Dylan salió con el siguiente saco. No tardaron mucho en tenerlo todo cargado y poner la caravana de vehículos en marcha.

—Tendremos que reforzar las defensas del territorio —le dijo Kieran a Lexi mientras giraba para entrar en la autopista—. Aunque destruyamos esos… artilugios mágicos, ese ser feérico averiguará quién se llevó todo esto y nos hará una visita. Tenemos que estar preparados para cuando ocurra.

—De hecho, tenemos que invitarlo a venir —terció Daisy, que observaba el mundo pasar a través de la ventanilla—.

Primero, tenemos que localizar mejores armas, y luego hay que tenderle una trampa.

¡Diablos…! Eso no es un taco, Lexi. Es un ser maligno.

Si estamos preparados, nos bastará con las armas de que disponemos.

—¿Y cómo piensas invitarlo? —planteó Lexi con cautela.

«Besando a alguien», pensó Daisy de inmediato. Eso parecía que daba lugar a una visita puntual. Ella tenía una lista de personas que merecían la atención del fae.

Sin embargo, eso no lo dijo en voz alta.

No quería tener que dar detalles, como, por ejemplo, de por qué lo había besado.

De por qué prácticamente le había rogado que no parara.

De la cantidad de veces que había pensado en el roce de sus labios y en lo firme que notó su cuerpo al contacto de sus manos.

—Puedo llamarlo con…

A su lado hubo un estallido de cristales. Algo grande impactó contra un costado del vehículo en movimiento. Los neumáticos chirriaron contra la carretera cuando el todoterreno se vio proyectado hacia un lado. Kieran soltó un improperio y giró el volante para enderezar el vehículo.

—¿Qué coño ha sido eso? —chilló Lexi por encima del viento frío que inundaba la cabina. Le empezó a sonar el teléfono.

—¡Cuidado! —gritó Mordecai, sentado en la parte de atrás con Daisy.

Tiró de ella hacia el centro. El cinturón de seguridad se le clavó en el pecho. Algo volvió a golpear el coche. La ventanilla de Kieran se hizo añicos y trocitos de cristal irrompible le saltaron a la cara.

El todoterreno dio un bote en la carretera y los neumáticos chirriaron de nuevo cuando volvió a aterrizar. Dio un bandazo muy brusco. El teléfono de Lexi salió disparado de la consola central y cayó al suelo.

Kieran dio un volantazo para evitar que el vehículo girara demasiado rápido y volcara.

—¡No noto ningún alma! —chilló Lexi, buscando su móvil—. ¿Qué nos está golpeando?

Los neumáticos derechos se desplazaron al arcén. Todos los ocupantes del todoterreno sufrieron una fuerte sacudida.

Fuera lo que fuera, no podía tratarse del fae de Daisy.

Ella notaría su alma, por más débil que se encontrara.

Los Celestiales también tenían almas. Lexi podría notarlas con facilidad y desde una distancia mucho mayor.

Incluso podía identificar a los muertos.

Así que ¿qué demonios había en el exterior del vehículo?

Les llovían relámpagos a su alrededor. Dylan estaba utilizando su magia desde el coche de detrás para poder distinguir bien qué los atacaba.

Los brillantes haces blancos y amarillos delinearon una silueta fantasmal en una nube difusa.

Volaba directamente hacia ellos. El rostro se materializó en un macabro esqueleto de piel gris cerosa con los ojos y las mejillas hundidas.

—¡Viene hacia nosotros! —aulló Daisy con las manos extendidas hacia delante pese a no tener magia con la que ahuyentar a aquella cosa—. Kieran, tienes que…

Los embistió. Justo después lo hizo otro que no había visto.

El lateral del todoterreno se dobló hacia dentro y la golpeó.

La fuerza del impacto lanzó al vehículo aún más hacia el arcén.

Otra criatura se abalanzó sobre la parte delantera y les hizo bambolearse.

Kieran no había detenido el vehículo, y los lados de los neumáticos se clavaron en el terreno.

El impacto hizo que el todoterreno volcara sobre el capó, dando vueltas de campana por entre los campos próximos a la carretera.

Ella se aferró con todas sus fuerzas mientras el impacto sacudía sus cuerpos de un lado a otro.

El vehículo giró sobre sí mismo y los cristales le salpicaron el costado.

Se le subió la sangre a la cabeza; empezó a sentirse mareada y desorientada.

Los petates, que estaban detrás, salieron volando por los aires.

Objetos pesados quedaron esparcidos por el interior del vehículo.

Algo golpeó a Daisy en la cabeza y la sumió rápidamente en la oscuridad.

Una fuerza férrea la cogió de los tobillos y la despertó de un tirón.

Su cuerpo se deslizaba por una superficie irregular, arrastrando con él una manta mullida.

Abrió los ojos, pero una tela le tapaba la visión, una capucha en la cabeza o algo por el estilo.

Le palpitaban las sienes y le dolía el cuerpo, como si hubiera estado rodando de un lado a otro. No obstante, no parecía nada grave.

Las almas —ninguna de ellas conocida— la registraron de arriba abajo. Eran diez en total.