Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo doce #3
45%

Capítulo doce #3

Después venían los cristales, la estantería más abarrotada.

Muchos de ellos parecían sacados de una baraja de tarot.

Los colores también variaban: un violeta lechoso, un azul cielo moteado o un blanco veteado y nebuloso incrustados en una base rugosa, similar a una roca.

Las demás estanterías contenían una mezcla extraña de objetos, ninguno especialmente relacionado entre sí ni con el resto.

Algunas de aquellas raras piedras con aspecto de gema estaban incrustadas en ciertos objetos, como si las hubieran metido a golpe de martillo.

Daisy se quedó mirando, absorta, cuando una del estante superior empezó a vibrar de manera perceptible. El aire que la rodeaba se volvió brumoso, como el calor que se eleva desde el asfalto caliente en un día de verano abrasador. Alargó la mano y tocó la superficie lisa, escurridiza y fría.

—¿Esa es…? —Jack le puso una mano en el hombro y se inclinó sobre ella, sin dar importancia a su diferencia de tamaño—. ¿Se está moviendo?

Ella la cogió del estante y notó que el zumbido le trepaba por los dedos y le subía por el brazo. El interior comenzó a titilar y una luz azul celeste brilló.

—Oh, vaya —murmuró Thane, abriéndose paso también—. Eso es mágico. Me pregunto si el sargento chéster se daría cuenta. Si lo hubiera hecho, seguramente le habría puesto unas toallas más bonitas debajo.

—Pues esta chéster sí se ha dado cuenta —dijo Jack mientras Daisy le devolvía el objeto. Lo tomó y retrocedió, feliz de observar su nuevo juguetito y de concederle a ella más espacio.

—Eso es cierto —contestó Thane con un tono cortante, básicamente llamándose a sí mismo idiota.

Daisy sonrió mientras volvía a examinar los objetos. Si esperaba lo suficiente, ellos mismos se mostrarían. Parecía que era así como funcionaban.

Otro brilló, este con un verde amarillento intenso, y resplandeció desde el centro de uno de los sinuosos bloques de vidrio.

—Uala. —Dylan se abrió paso y alargó la mano para cogerlo—. Está vibrando. Cógelo, Lexi, verás qué sensación.

Era un cristal con un resplandor no mucho mayor que el de un pulso tenue de color marrón chocolate, pero que acababa con un pequeño espectáculo de luces, como una bola de discoteca que captara y reflejara la luz.

Había tres más, con brillos o interacciones distintas, pero no menos especiales. Evidentemente, no menos mágicas.

—Tiene sentido que haya escondido estas —dijo Kieran, sopesando un objeto de piedra atravesado por anillos azules que relumbraban como las profundidades azul oscuro casi negro del mar.

O eso había dicho Kieran cuando casi la empujó para apartarla y cogerlo.

No era más inmune que los demás a lo mucho que molaban todos aquellos objetos.

Daisy echó un vistazo al resto, esperando a ver si alguno más mostraba su capacidad mágica.

—Podría ser —dijo mientras se enderezaba—. Cuando se encienden, es como si te llamaran.

—Sí, es verdad. —Thane sopesó un objeto con un triste brillo color cereza, el que más había durado encendido de los que habían encontrado.

—Cogedlas todas. —Kieran miró hacia la puerta—. Jerry, coge los petates.

—El sargento menos impresionante que el señor Bigotes no los va a necesitar. —Donovan se giró para ir a ayudar a Jerry.

—¿Dónde está Bria para decirte lo tonto que pareces ahora mismo? —le preguntó Jack.

—Fuera, vigilando los cadáveres que atesora Jerry, por suerte. Así que nunca lo sabré.

—Lo más probable es que ninguna de las demás valga nada —dijo Daisy, llevándose las manos a las caderas—. El fae busca poder, y ese zumbido parece simbolizarlo. Sin él, seguramente no sea más que un cristal, una roca o una extraña escultura de vidrio con una piedra normalita incrustada.

—Me pregunto por qué habrá tantos objetos mágicos de este tipo en un solo lote —se preguntó Lexi, recorriendo con la mirada los restantes objetos—. ¿No decías que en su piso solo había uno?

—Sí. Aunque quién sabe qué encontró en los otros lugares que visitó —dijo Daisy, retrocediendo y tropezando con Jack—. ¿Te quieres quitar de en medio?

—No. Eres bajita. Agáchate y empieza a recoger las rocas del estante inferior.

—Quiero saber de dónde sacó todo esto su proveedor. —Lexi se apartó, mordisqueándose el labio, pensativa—. Parece un cargamento demasiado pesado.

—Podemos cruzar da…

Las palabras de Henry se desvanecieron cuando Daisy cerró los dedos sobre la roca casi redonda del extremo más alejado.

En el instante en que su mano tocó su superficie extrañamente sedosa, una violenta sacudida le ascendió por el brazo y le explotó en el cuerpo.

Desde el vientre se le desató un calor que le crepitó por todas las extremidades, y tuvo la sensación de que le bullía la sangre y le quemaba la piel de dentro afuera.

La recorrió por entero, volvió a su vientre y se alojó allí un intenso destello abrasador de dolor.

El aire vibraba a su alrededor, un estruendo sonoro que retumbaba con fuerza y le nublaba la vista.

Algo duro e inamovible le golpeó la espalda un instante antes de que su cabeza se estampara contra aquello.

El suelo. Se había desplomado.

Oleadas de calor, de corriente eléctrica, de pura energía se adentraban en su cuerpo, cuyos dedos aún aferraban con fuerza aquel objeto, con el pulgar metido en un agujero que había a un lado y las puntas afiladas de su interior abrasándole las falanges.

—Quitádmela de la mano —jadeó; la oscuridad amenazaba con apoderarse de ella—. ¡Quitádmela de la mano!