Capítulo doce #2
La mirada de Bria salió disparada hacia ellos y se mantuvo inexpresiva. Se alejó un paso y se agachó, dándoles la espalda y preparándose para obrar su magia. Les concedía espacio o fingía que no los oía, para dar a entender que se suponía que no debían contárselo a Daisy.
Vio que Dylan los miraba y después desaparecía en el interior del granero.
—Eché un vistazo a las imágenes de las cámaras de seguridad —murmuró ella.
—Amber las descargó y las borró. Lo más seguro es que no vieras lo que hicieron los fantasmas.
—Amber no conoce algunos de mis trucos. Ya me la jugó una vez. Me he asegurado de que no me lo volviera a hacer. Él dejó el cuerpo y miró directamente a la cámara antes de colocar la pluma de paloma. Era toda una declaración de intenciones. Me resultó indiferente.
—¿Y luego?
Daisy desenfocó la mirada y tragó saliva, recordando.
Él había rodeado la casa, prácticamente como si paseara, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Como si fuera el dueño de la casa y del terreno donde se hallaba esta.
Las luces con sensores de movimiento se encendieron y él dejó que lo hicieran, sin preocuparse por ser visto. No le preocupaba que lo pillaran.
Había doblado la esquina y se había detenido en un punto desde el que podía mirar hacia su ventana.
Sabía exactamente cuál era. Quizá poner allí el cuchillo no había sido tan buen plan.
Los rayos dorados del alba se alzaron hacia el cielo por detrás de él, atravesando el intenso añil y el violeta emergente.
El rosado, el rosa y el melocotón saturaban de color el horizonte, hacían destacar su relieve.
La imagen era una hermosa estampa; el sujeto eclipsaba incluso al espléndido amanecer.
Había mirado directamente a su ventana durante un rato, luego a la cámara más cercana a esta y había articulado las palabras «Nos vemos pronto».
—Dije que lo había visto. Se está burlando. Ya os lo dije.
—Estás en peligro.
—Yo siempre estoy en peligro, ¿recuerdas?
—Pero no de esta manera. Lexi y Kieran sugieren trasladarte.
Creo que es una buena idea. Es mejor ocultarte hasta que podamos tomar algunas medidas de protección o hallar la manera de callarle la boca a ese fae.
Les he dicho que iría contigo. No para protegerte, sino…
para hacerte compañía y que no te sintieras exiliada.
—Hizo una pausa y la miró—. Daisy, Lexi y Kieran pueden luchar contra ese ser feérico.
Están hablando con los demás semidioses para organizar una iniciativa conjunta.
Es la mejor opción. Ninguno de nosotros puede ayudar en esto, lo mejor es que nos quitemos de en medio.
Ella levantó el rostro y miró a esos ojos, solemnes, serios y francos. Básicamente, se autoexiliaría para apoyarla. Era un buenazo de la hostia.
Le pasó el brazo por la cintura y lo abrazó. Él correspondió al abrazo.
—Pero me vas a decir que no —conjeturó después que Daisy le soltara.
Dylan asomó la cabeza de nuevo por la puerta, mirando a Jerry. Le hizo un gesto. Todo despejado.
—Me encontraría —susurró ella, dejando que el peso de esa afirmación se asentara con fuerza en sus entrañas. Estaba conectada a él. Quizá todo había empezado en la cornisa. Mierda, a lo mejor había sido desde la cumbre de semidioses, cuando él la había perseguido.
«Ibas a acabar en esta situación de todos modos».
Llegados a este punto, no se trataba de correr o esconderse. Ahora mismo, se trataba de jugar la partida. De ganar. Eso era lo único que importaba. Quizá lo único que siempre había importado.
—No puedo explicar cómo lo sé…, pero lo sé. Tendré que matarlo yo. Si queréis ayudarme, ayudadme a hacerlo.
Él hizo una pausa en la puerta y la abrió de par en par, con el brazo en alto. Esperó primero a que entrara ella pasando por debajo.
—De acuerdo —dijo mirando su espalda.
La suave luz de las linternas a pilas colocadas aleatoriamente en el suelo iluminaba pequeñas zonas del inmenso y espacioso granero.
Una amplia red de vigas de madera desgastada se elevaba hasta un techo a gran altura, conectando los travesaños.
Toscos tablones de madera sobresalían de los armazones de antiguos establos, de un gris plateado por el paso del tiempo.
Las grietas y los huecos permitían que la luz de otras linternas se colara por el otro lado y se uniera a la de las más cercanas a ella.
El suelo lo formaban tierra compactada y rastros de paja sucia y pastosa, con algunas zonas desgastadas por el trasiego continuo por la parte central del espacio.
Sin embargo, en el centro a la derecha todo cambiaba.
Bajo la difusa iluminación, relucían unas estanterías metálicas apoyadas en tableros de aglomerado de un blanco brillante que bloqueaban las viejas paredes de tablones que tenían detrás.
El mismo estilo de tablones cerraba los estantes a cada lado y unas sábanas, de las ajustables, ocultaban la parte delantera.
Una elección extraña para cubrir aquello.
Daisy se aproximó, sabiendo que eso era lo que buscaban.
—Parece que al final no era cosa del señor Bigotes —murmuró Donovan mientras tiraba de la sábana.
—Déjala pasar.
Zorn le puso una mano en el brazo a Donovan y lo apartó. Tenía la mirada fija en Daisy mientras se encargaba de retirar la sábana y la colgaba de la esquina del mueble.
Daisy frunció el ceño mientras los demás, Lexi y Kieran incluidos, se apartaban a los lados y le concedían un amplio espacio.
—No soy ninguna experta —dijo, pero la curiosidad la impulsaba hacia delante.
—Eres la única que ha visto lo que busca el fae.
Zorn siguió su mirada hacia los estantes, seis en total, como si formaran una especie de biblioteca metálica.
Objetos de todas las medidas se esparcían sobre varias toallas de colores.
Ella se agachó para mirar la parte inferior y vio texturas de piedra con filos dentados.
Algunos objetos parecían tener formas geométricas, con una diagonal hacia arriba, y descansaban sobre la única superficie plana.
Otros parecían piedras sacadas de un jardín decorativo, con tonos marrones, gris o arena, pero con vetas de otro color o atravesadas por una textura más suave.
Un par de ellas tenían las gemas que mencionaban las notas de Rutherford, aunque desde ahí parecían más bien piedras lisas o rugosas.
Los colores iban desde el rojo carmesí hasta un violeta centelleante o un verde jade suave…
Había piedras de todos los colores del arcoíris, o eso parecía, pero ninguna que pudiera alcanzar un precio decente en una joyería.
Ella sabía de piedras preciosas. Estas no eran aptas para la venta.
No como algo que alguien quisiera engarzar a un anillo o a un collar, en todo caso.
No, su valor probablemente residía en otro mercado.
El siguiente estante tenía superficies más lisas, como cristales de colores.
Venían en una especie de bloques, transparentes por fuera, pero con un conjunto de colores en movimiento y ondulantes en su interior, que se retorcían y daban vueltas unos alrededor de los otros y a veces burbujeaban hasta la superficie.
Por lo menos esa fue la impresión que le dieron a Daisy.
En realidad, no se movía nada en el interior.