Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo doce
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Capítulo doce

L as armas que habían conseguido no se parecían en nada al regalo del fae.

Las espadas eran de hierro, todas ellas con runas grabadas y guardamanos de latón, pero, en comparación, parecían toscas.

Con un forjado chapucero y mal equilibradas.

Solo una de ellas era fría al tacto, pero tenía la hoja roma y mellada.

Muchas eran absurdamente pesadas y aparatosas de manejar.

Por no hablar de que no eran fáciles de ocultar; eran armatostes voluminosos de vainas gruesas.

Le dolía decirlo, pero no servirían. Tenían que seguir buscando.

No obstante, ahora ya no se podía hacer nada. No podía utilizar su regalo porque el fae le leería el pensamiento a través de él y sabría lo que estaba haciendo, y no disponían de tiempo para buscar a otro posible proveedor antes de comprobar lo del sargento.

—Sigo diciendo que habría preferido ir tras el señor Bigotes —sostuvo Donovan desde el asiento del conductor del coche robado con matrícula chéster.

Todos llevaban documentaciones falsas para pasar los controles de seguridad. Kieran y Lexi podían haber pedido acceso utilizando sus cargos, pero los habrían escoltado. Esta vez tenían que andarse con sigilo.

—Con que «palomita», ¿eh? —dijo Jack desde el asiento delantero con una sonrisa.

Daisy y Jerry iban detrás. Ya estaba. Los chicos no le habían podido tomar el pelo por el apodo porque Lexi estaba muy intranquila con este tema y Kieran estaba con los nervios de punta con la posible brecha en la protección de su familia.

Nadie quería sacar de quicio a los semidioses.

No obstante, este grupo le daba a todo una pátina de ligereza.

Fuera del ámbito laboral, se lo tomaban todo con muy poca seriedad.

Daisy negó con la cabeza y miró por la ventanilla, esperando. La verdad era que no tenía ningún sentido intentar evitarlo.

—¿Cómo fue la cosa? —siguió Jack, dándose la vuelta en el asiento para mirarla—. Está claro que el bueno del fae ha visto en ti un lado más tierno del que hemos visto nosotros.

—O a lo mejor, chicos, vosotros sois mucho más tiernos que el bueno del fae —replicó ella.

—Nooo, no puede ser eso —dijo Jack. Jerry se removió, incómodo—. El tío ese puede leer el pensamiento, ¿no?

—Sí —contestó Donovan, mirándola con los ojos entornados desde el espejo retrovisor—. ¿Tú qué dices, Jack? ¿Crees que nuestra gremlin siempre piensa cosas bonitas y cariñosas sobre nosotros? ¿Crees que tiene un carácter blando y un gran corazón?

—Creo que ese fae no la conoce muy bien si piensa que es una especie de frágil pajarillo inútil —dijo Jerry entre dientes mientras miraba por la ventanilla a la noche oscura—. Si insiste en llamarla palomita, merece que le saquen los ojos a picotazos.

El todoterreno se quedó en silencio un instante, hasta que Donovan y Jack se echaron a reír.

—¿Qué intentas decir, Jerry ? —preguntó Jack—. ¿Que no crees que debajo de ese exterior rudo la gremlin sea en realidad una persona agradable?

—Sí, Jerry —contestó Donovan con retintín—. No está bien decir que crees que la gremlin es igual de insensible por dentro que por fuera.

Daisy no pudo evitar reírse. En verdad, no tenía ni idea de por qué la llamaba palomita. Sí que pensaba que era frágil y, sí, se merecía que le sacara los ojos a picotazos por ello.

Los nubarrones impedían ver el brillo de la luna.

Densas capas de niebla se deslizaban por la carretera.

Solo sus luces de estacionamiento iluminaban el camino; no necesitaban mucho más para alejar el muro de niebla a derecha e izquierda.

Cerca de lo que debía de ser su destino, aminoraron la marcha hasta casi detenerse y se desviaron de la carretera entrando en un terreno irregular.

Jerry se desabrochó el cinturón de seguridad. Jack y Donovan hicieron lo mismo; su humor se había disipado ante la expectativa del trabajo que se avecinaba.

—Oye. —Jack se volvió en su asiento para mirar a Daisy directamente a los ojos. Ella apenas podía verlo con la débil luz del salpicadero—. Ahí fuera, mantente a salvo, ¿vale? Si ves o notas peligro, te largas a toda mecha. Deja que nos encarguemos nosotros.

—No es a mí a quien matará el fae, Jack. Dejad que me coja. Ya tendré tiempo de huir de él. Tú, no.

Jack apretó la mandíbula. Donovan levantó la vista de golpe al retrovisor mientras el todoterreno daba brincos y se sacudía, haciéndolos rebotar por el terreno irregular.

—No es el momento de ser testaruda, Daisy —dijo Jack—. Haz caso a tus mayores.

Ella le aguantó la mirada, vio que la testarudez le devolvía la mirada y luego movió ligeramente la cabeza. Claro, ¿por qué no? No huiría mientras su familia estuviera en apuros, como él bien sabía, pero todos podían fingir que sí. Eso haría que las cosas fueran mucho más rápidas.

Jack asintió con firmeza y volvió a mirar hacia delante mientras Donovan giraba el volante para seguir a los demás formando un semicírculo. Ella seguía sin poder ver nada por las ventanillas por culpa de la niebla. Kieran la había creado demasiado densa.

Pocos minutos después, el todoterreno que iba delante de ellos se detuvo. Donovan aparcó justo detrás, y luego salieron todos al frío ambiente nocturno. Donovan le entregó una linternita a Daisy mientras la niebla se alejaba de la parte trasera del granero.

—Hola. —Mordecai llegó a su lado, con una cursi capa morada que se quitaría cuando las cosas se pusieran en marcha.

—Hola —respondió ella, y apagó la luz. No la necesitaba mientras los demás se organizaban y las suyas iluminaban el terreno.

Lexi se les acercó también un instante después. Tenía una mirada intensa.

—Si aparece ese fae —dijo—, huye. ¿Me entiendes?

Deja que Kieran y yo nos encarguemos de él.

Juntos tendremos más poder del que pueda tener él…

, que el que tenga uno de sus Celestiales, o eso cree Zorn.

¿De acuerdo? Esta vez no es tu lucha. Es la nuestra.

Somos una familia. Luchamos juntos. ¿Te acuerdas de cuántas veces me has dicho eso?

¿Recuerdas todos los combates que te negaste a abandonar por esa razón?

Pues bien, ahí lo tienes. La familia permanece unida.

—Entonces ¿por qué tengo que huir? —Daisy enarcó una ceja y luego casi se rio cuando Lexi la miró frunciendo el ceño, amenazante—. Vale, vale, lo entiendo. Dejaré que os encarguéis vosotros.

Lo decía de verdad. Lexi tenía razón. El ser feérico había afirmado que un Celestial tenía casi el mismo poder que uno de sus dioses. Si ese fae temía a los Celestiales, tenía menos poder que ellos. Lexi y Kieran, por no hablar del resto de ellos, tenían que poder encargarse de él.

Lexi le hizo un gesto de asentimiento a Daisy, miró a Mordecai, a quien también detestaba involucrar en esos asuntos, y se encaminó hacia el granero.

Los demás se reunieron detrás de ella, menos Bria, que había abierto las puertas de una de las furgonetas y estaba quitando tranquilamente las lonas a su montón de cadáveres.

Los reanimaría, ella o Lexi, si ocurría algo.

A lo lejos ladró un perro. Esa tenía que ser la casa. Parecía encontrarse a un buen trecho.

—No hay gente ni animales cerca —dijo Lexi en el silencio cada vez más profundo, mientras todo el mundo se detenía detrás de ella.

Kieran se abrió paso hasta el frente y se unió a ella. Los miró a todos, luego se quedó observando algo, como si escuchara algún ruido. Un fantasma, evidentemente. Asintió y miró hacia atrás.

—Estamos listos —anunció—. Como ha dicho Lexi, no hay nadie dentro ni cerca de los graneros. No hay animales. No obstante, las puertas delanteras del granero están abiertas.

Miró a Boman, el manipulador de luz. Podía hacer que la entrada permaneciera oculta a simple vista. El granjero jamás sabría que alguien había curioseado en el interior.

Boman asintió y pasó a toda velocidad por delante de ellos. Al otro lado del muro de niebla fluctuante, crujió una bisagra. Iba a entrar primero por detrás.

Kieran esperó. Fue Lexi quien dio la señal, siguiendo el alma de Boman con su magia y sabiendo cuándo se había adentrado lo suficiente para ocultarlos. Daisy no tenía ni de lejos tanto alcance.

—Vamos allá. —Kieran tomó el mando.

Lexi echó a correr hasta que llegaron a la entrada. Levantó un dedo para darles el alto a todos y luego desaparecieron en el interior. Uno de los enormes gatos mágicos entró dando saltitos detrás de ella. El otro se quedó junto a Daisy y Mordecai.

Donovan esperó en la puerta un instante y después traspasó el umbral. Jack hizo una pausa y fue el siguiente.

—Nosotros esperamos aquí fuera hasta que veamos que no hay peligro a la vista —les dijo Jerry a Mordecai y Daisy con un murmullo sordo.

—Conocen el plan, Jerry —dijo Bria, uniéndose a ellos. Dejó en el suelo algo que parecía una rata muerta.

Jerry emitió una especie de «puaj» y se echó hacia atrás.

—¡No hagas eso aquí! Hazlo al lado de la furgo, con el resto de tu festival de terror.

—Va, tranqui —murmuró ella, quitándose la mochila de los hombros y preparándose para animar a la rata con sus variados inciensos, velas y, a veces, campanillas—. No es más que un pequeño roedor. No te vas a dar ni cuenta cuando cobre vida.

—Es una rata —se quejó, moviéndose para situarse detrás de Daisy y Mordecai, de manera que solo tuviera una visión parcial de aquello—.

Puede que sea más asqueroso que… No. Es que ni siquiera voy a decir eso.

Definitivamente, no es más asqueroso que una persona muerta, sobre todo si está medio descompuesta…

Sintió una arcada y le dio la espalda a aquella escena.

—Eso te lo has ganado tú solito, colega —afirmó Bria con una sonrisa torcida—. Ha sido culpa tuya. Esa vez yo solo estaba a lo mío.

—¿Te han contado lo de la otra noche? —preguntó Mordecai a Daisy con voz queda mientras los otros dos se peleaban. Se volvió hacia ella, bajando la cabeza para poder hablar aún más bajo—. Cuando dejaron tirado a ese tío en el césped.