Capítulo once #3
No obstante, en ese lote había otras cosas.
Lo que parecían reliquias de algún tipo.
Piedras y rocas extrañas cortadas de forma curiosa, que tenían gemas «opacas o sucias» incrustadas.
Cálices deformados con «extrañas inscripciones» o piezas de cristal astilladas o con imperfecciones.
Estaba claro que era eso a lo que el fae intentaba echarle mano, algo que su grupo no había averiguado, pese a sus investigaciones.
Por lo visto, Rutherford había encontrado comprador para las reliquias: los dos tipos que Daisy había visto hablando con él. El fae había dicho que necesitaba a Rutherford muerto para que no pudiera completar la transacción.
Mentira.
Rutherford no había firmado ningún trato sobre el botín extra.
Los dos tipos con los que quedó le habían pedido más información y, por lo que se desprendía de las notas, parecían bastante interesados, pero no se había acordado precio alguno.
Habían matado a Rutherford antes de llegar a nada definitivo.
Si el fae hubiera hablado con los otros tipos, lo habría sabido.
Estaba en aquella habitación de hotel para sacarle la información a Rutherford. Con una simple mirada dentro de su cabeza habría bastado. Pero, en cambio, lo había matado en un ataque de ira y perdió por un momento el control porque el tipo se le había insinuado a Daisy.
Le dio un vuelco el estómago. Se había comportado como un caballero. La había estado protegiendo.
No tenía ni idea de cómo sentirse con eso, puesto que luego prácticamente la había lanzado a los leones. Se jugaba lo que fuera a que el fae tampoco sabía cómo sentirse. Desde luego, parecía tenso y confuso —frustrado— con todo el asunto.
¿Tendría la determinación necesaria para matar a Daisy cuando llegara el momento?
—O sea, me estás diciendo —dijo Kieran con los codos apoyados en la mesa— que en ese ordenador no sale dónde se almacenan las mercancías.
Henry asintió, con su propio ordenador abierto delante de él.
—Correcto. Tiene un pequeño almacén en el que ha guardado algunas armas para venderlas…
—¿Y tenemos esa dirección? —preguntó Zorn.
—Correcto. —Henry volvió a asentir—. Ese lo podemos registrar en cualquier momento.
Sin embargo, la mercancía en cuestión no está almacenada allí.
Parece que recibió un soplo de que podría tener una gran demanda entre los marchantes de antigüedades, y de que cierto subsector de esos marchantes era proclive al robo. Así que ocultó esos artículos.
—¿Y eso no está en este ordenador? —preguntó Jack, cruzando sus enormes brazos sobre el pecho—. Es de suponer que querría dejar un registro de eso.
Henry miró a su pantalla, donde había tecleado todas sus notas.
—Tiene todos los artículos que salen en este inventario. Todos y cada uno de ellos se suelen almacenar en uno de estos tres sitios: Almacén, Cobertizo, Garaje. Para los objetos en cuestión, la etiqueta es Sarge. —Lo deletreó—. Son los únicos que tienen esa etiqueta.
—Naturalmente, tenemos algunas pistas —intervino Amber—.
Hemos verificado archivos y hemos repasado contactos.
Uno de sus amigos es un chéster. Oliver Dawson, un antiguo sargento de las fuerzas armadas chéster.
Vive en la zona no mágica, tras un control fronterizo donde se exige una identificación.
No se permite pasar a los mágicos. Tiene una casa pequeña, pero con un granero grande y un montón de terreno.
Ahora está retirado. Otra… criatura de interés es un gato de nombre Sargento Bigotes.
Pertenece a la madre de Rutherford, que vive en la Arizona Mágica, en un adosado de una comunidad para mayores de cincuenta y cinco.
Tiene un pintoresco apartamento de dos habitaciones, poco terreno y ninguna otra zona de almacenamiento.
—Yo apuesto a que es Sargento Bigotes —dijo Donovan con una sonrisa torcida—. Eso cuadra por completo con el modus operandi de Lexi. Si la madre siempre va en pijama, mejor que mejor.
—Ja, ja —dijo Lexi.
En algún momento la apodaron «la loca de los gatos que va en pijama», y las autoridades competentes se habían asegurado de que el apodo cuajara. Sus dos enormes gatos mágicos iban de acá para allá, cazando cosas en el jardín u holgazaneando hasta que se los necesitaba.
—¿Cuándo fue la última que visitó esas zonas? —preguntó Kieran.
—Justo ahora iba a comentarlo —dijo Amber, inclinada sobre su tableta—. Hacía tiempo que no visitaba a su madre. Las llamadas son escasas y muy espaciadas.
Boman chasqueó la lengua.
—No es muy buen hijo.
—No obstante, visitó el estado en ese periodo de tiempo. No pudimos obtener información de su coche de alquiler. Ir andando a casa de su madre habría sido una buena caminata, pero no es imposible.
—¿En coche, no en furgoneta? —preguntó Kieran.
—Correcto. —Amber se incorporó—. Habla más a menudo con su amigo chéster.
Son llamadas cortas. Nada de mensajes. Ninguna otra cosa rastreable.
Tenemos registros de su salida del territorio mágico después de muchas de esas llamadas.
El chéster está a poca distancia en coche.
Estamos buscando una identificación chéster falsa, pero, en cualquier caso, creo que deberíamos comprobarlo. Parece una pista prometedora.
Kieran escudriñó la mesa; todos los demás se quedaron callados.
—¿Qué probabilidades hay de que el fae haya atado cabos?
—Pocas —dijo Henry—. Nos las vemos con una criatura que pensaba que con solo borrar un archivo también lo hacía desaparecer.
Ni siquiera borró las copias de seguridad automáticas.
Puede que entre los suyos sea bueno, pero no puede competir en absoluto con el mundo humano, y nosotros lo superamos con creces.
Dudo que conozca la existencia del sargento Oliver Dawson.
—Y desde luego no conoce la existencia del Sargento Bigotes —añadió Donovan.
Thane soltó una risa ahogada.
—Si Dawson oculta algo, podría intentar contactar en breve —afirmó Henry—.
Si es así, podría preguntar por ahí por Rutherford.
Si el fae se pone a husmear cerca de la casa de Rutherford y conoce a algún vecino, a la que se huela lo más mínimo, podrá meterse en la mente de alguien para conseguir la información que necesite.
Ese fae no es precisamente un superexperto en tecnología, pero es muy muy inteligente. Acabará encontrando lo que busca.
—Entonces el tiempo es oro —sentenció Kieran.
Dirigió la mirada hacia Daisy, con la expresión tensa.
Le había hecho muchas preguntas desde el desayuno y solo se había creído en parte la red de mentiras que había tejido para evitar que supieran más de lo necesario.
El fae no era el único extremadamente inteligente; Kieran no era tonto.
No obstante, sabía cuándo dejar de presionar.
Sabía que ella no cedería. En vez de eso, la había observado tan de cerca que no podía zafarse de su escrutinio.
Él lo daba todo cuando se enfrentaba al peligro, algo muy loable…
hasta que era ella la que estaba bajo su escrutinio—. ¿Tenéis algo más que añadir?
—Yo no sabía nada de esto —dijo ella con sinceridad—.
Pero sí, es una buena idea comprobarlo cuanto antes mejor.
Anda buscando un cáliz de cristal, y en la lista del inventario hay objetos de cristal.
Estará haciendo todo lo posible por encontrar esos objetos.
De todas maneras, antes de nada, vamos a registrar ese almacén.
Necesitamos armas por si nos encontramos con él.