Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo once #2
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Capítulo once #2

—Preferiría la versión más larga —gruñó Kieran. Lexi se llevó una mano a la frente.

—Resumiendo —repitió Daisy—, apareció en el evento benéfico la otra noche y me informó de que el camarero era un asesino de chésteres.

Yo no lo sabía. Se ofreció a… deshacerse del camarero por mí.

Dijo que sería un placer. Lo rechacé. —Unos cuantos se quedaron boquiabiertos, incrédulos—.

No dije nada porque se me indicó que no contara nada.

El fae me dijo que mantuviera sus asuntos en secreto.

—¿Y desde cuándo haces lo que te dice nadie? —preguntó Jack con voz ronca, desprovista por completo de su habitual buen humor.

—Desde que eso podría poner en peligro a mi familia —repuso Daisy con firmeza—. Ya sabéis todo lo que hay que saber. Esperemos que lo que sea que haya en ese ordenador nos ayude a averiguar más cosas. Lo demás es irrelevante.

—No es irrelevante… —Lexi se pasó una mano por la cara y se encogió. Conociéndola, sabía que la cólera se iba apoderando rápidamente de ella y que la necesidad de hacer algo violento para proteger a su «niña» le hacía hervir la sangre.

Kieran no dejaba de mirar a Daisy con aquellos ojos azules que hacía mucho que no veía tan cargados de furia, no al menos desde que encontraron un momento de paz lejos del mundo de los semidioses.

—Para que me quede claro… —Amber alzó las manos, seguro que en previsión del estallido de Kieran—. Esta muerte no tiene nada que ver con las otras que ha habido en este reino. Nada de nada. Pese a que lleve la pluma de la paloma…

Dejó la frase sin acabar con cierto recelo y con una mirada inquisitiva.

El gesto de levantar la ceja era el pie para que los demás interviniesen, y sus ojos relucientes dejaban entrever que ya había averiguado lo que nadie más había pensado.

A pesar de que las muertes se multiplicaban en este reino desde hacía ya cuatro años, las plumas no habían empezado a aparecer hasta hacía seis meses.

Eso había ocurrido justo después del problema con la ex de Mordecai, el tío de la bañera y la necesidad de Kieran de jugar con los vientos para garantizar que ningún Celestial cambiaba de parecer y decidía hacerle una visita a Daisy.

Había sido justo después de conocer los planes del fae y el objeto mágico que andaban buscando.

Seguramente, Amber había trabajado sin descanso en ese talismán, la pluma, todo este tiempo, preguntándose por qué había empezado a aparecer; si había alguien nuevo que mataba a gente o si existía otro motivo.

Este incidente le había proporcionado la pieza que faltaba y había hecho que todo lo demás encajara en su sitio; estaba clarísimo.

Joder, esa tía era superinteligente. Esa era la razón por la que la atracción de Daisy por Amber jamás se había desvanecido.

Apretó los dientes, frustrada, aunque una sonrisa de respeto se coló en su expresión.

La otra mujer también frunció los labios. Era la venganza por escapar a la vigilancia de Amber la semana anterior. Ya verían cuando Daisy utilizara esa información. Aún recuperaría la ventaja en su duelo amistoso.

—Nada que ver con ninguna otra, excepto por la pluma, sí —afirmó Daisy, e hizo una pausa antes de revelar la información que Amber la obligaba a compartir—. La pluma de paloma solo guarda relación conmigo. —Inspiró hondo—. Vosotros me llamáis gremlin. Él me llama «palomita» .

Alguien ahogó un audible suspiro de sorpresa, aunque Daisy no pudo identificar quién. La magia le revolvió el vientre, como si intentara arrancarle el alma. Esbozó una mueca de dolor; todos lo hicieron. La pérdida de control de Lexi, por pequeña que fuera, era terrible.

Amber asintió ligeramente. Tenía razón. Ese ser feérico poseía una conexión personal con Daisy. Ahora ya lo sabían todos.

—Adentro, ya —dijo Kieran mientras un trueno sacudía el suelo.

Negros nubarrones avanzaban hacia la ciudad.

Hoy no haría el mejor de los tiempos en el San Francisco Mágico—.

Nos ocultas información. Me importa una mierda el porqué.

A partir de ahora, se acabó. Que alguien se deshaga del cadáver. Se lo ha ganado a pulso.

—¡Me pido prime para el cuerpo! —dijo Bria rápidamente, levantando el dedo mientras Kieran irrumpía en la casa.

Jerry frunció el ceño, asqueado.

—Tuyo es. Es lo bastante retorcido para ti.

—Ya te digo, colega. —Bria le dio una palmadita en la espalda que le hizo dar un respingo—. ¡Esa nota y los labios seccionados son oro puro! Además, le voy a coser esa pluma de paloma. Es el detalle perfecto. La gente se pondrá nerviosa cuando lo vean deambulando por ahí. ¿Me ayudas?

A él le dio una arcada y pasó de ella. Pensaba que todo ese asunto de los cadáveres animados, marca de la casa de los nigromantes, era repugnante. A Bria todo aquello le proporcionaba una diversión sin fin.

—Para ser un tiarrón, tienes un estómago muy débil —le dijo, siguiéndolo al interior de la casa.

—Lo que haces no es natural —murmuró.

—Es pura biología, Jerry . Antes de la vida, después de la vida: biología sin más. Carne, huesos y… No potes aquí dentro. ¡Lexi te mata!

Sus voces empezaron a disiparse a medida que todos fueron entrando detrás de ellos. Bria saldría luego para sellar mágicamente el cadáver bajo tierra y dejarlo listo para desenterrarlo y animarlo en caso de que pasara algo. Ya lo había hecho antes varias veces. Tenían un pasado turbulento.

Eso sí, Jerry tenía razón. Todo ese asunto era bastante asqueroso. Daisy deseaba a menudo tener poderes mágicos, pero, si le ofrecieran ese, lo más probable es que lo rechazara.

Advirtió que alguien había esperado a su lado, y le sorprendió comprobar que no era Mordecai.

Al otro lado del cuerpo estaba Dylan, con las manos en los bolsillos, escudriñándola con la mirada.

—¿Qué pasa? —preguntó ella mientras lo miraba de frente—. ¿Estás bien?

Él tardó un instante en hablar.

—¿Te acuerdas de cómo nos conocimos?

Ella frunció el ceño.

—Pues claro. No hace tanto tiempo. Entraste en la cafetería y nos amenazaste.

Se dibujó una arruga en su entrecejo.

—No, después de eso. Cuando os marchasteis todos de la ciudad. Me ofreciste tu cuenta bancaria y todo lo que había en ella para que pudiera empezar de cero.

—Ah, sí, ya me acuerdo. Y nunca me lo devolviste. De nada por no guardarte rencor.

Sus labios esbozaron una sonrisa deslumbrante. Pobrecillo, estaba hecho para llamar la atención.

—Cierto. Dejé la cuenta tal como estaba, oculta a todo el mundo por si ocurría algo.

Por si mataban a Kieran y a Lexi, y me liberaba del vínculo de sangre.

Si ocurría eso, se abalanzarían sobre mí una buena cantidad de semidioses para intentar atraparme en un nuevo vínculo de sangre, seguramente contra mi voluntad.

—Sí. Ya es mala suerte disponer de uno de los talentos mágicos más especiales que existen y encima uno de los rostros más agradables del mundo.

Una pesada carga que sobrellevar, ser apreciado…

—Su tono de voz era inexpresivo, al igual que su cara, pero sabía que el peligro en el que estaría si no contaba con Kieran y Lexi para ayudarle era muy real. Todos lo sabían—. ¿Y qué?

—En última instancia, la razón por la que me uní a esta tribu, a esta familia, fuiste tú. Tu generosidad aquel día me convenció de que siempre me apoyarías. De que podía confiar en ti y, a través de ti, de que podía confiar en Kieran y en Lexi. De que podía confiar en todos.

Ella se volvió hacia la puerta y esperó hasta que él llegó a su lado.

—¿Y?

—Y ahora quiero apoyarte yo. —La detuvo con una mano en el hombro, un contacto que para él significaba mucho más que todas las palabras—.

Sé que le ocultarás cosas a Kieran y que, por supuesto, se las ocultarás a Lexi.

Estoy seguro incluso de que le has ocultado alguna cosilla a Zorn.

Sé que quieres protegernos a todos. No es fácil ganarse tu lealtad, pero, cuando concedes ese don, harás lo que sea para proteger a los que te importan.

—Hizo una pausa, mirándola con más intensidad—.

Aunque también sé qué significa estar atrapado.

No quiero que me ocultes nada. ¿Lo entiendes?

No me importa el peligro al que me exponga eso, Daisy.

He visto a la muerte de cerca. No me da miedo.

—Sonrió ligeramente—. Seguro que Bria podría utilizar el cadáver extra para burlarse de Jerry.

Puedes contar conmigo para lo que necesites: ayudarte a analizar la situación, hablar de ello, desahogarte.

No estás sola en esto. Me tienes a mí. Siempre.

Daisy sintió la trascendencia de las palabras de Dylan y la convicción con la que las había pronunciado como una presión en el vientre.

El corazón le rebosaba de emoción. Casi tuvo que pestañear para evitar llorar, algo poco habitual en ella.

Ni se acordaba de la última vez que había llorado.

Sin embargo, esto significaba mucho: su preocupación, su contacto, su inquebrantable deseo de ayudarla a cualquier precio.

Aun así, solo pudo asentir, agradecida, sin saber bien qué decir. Porque ni por asomo podía aceptar su oferta. No cuando él era mucho más valioso para Kieran y Lexi —para proteger a la familia— de lo que lo sería nunca Daisy. Eso sí, había sido todo un detalle.

En mitad de la larga mesa de comedor estaba el ordenador abierto de Rutherford, con todo el grupo congregado a su alrededor.

Como era de esperar, Henry y Amber habían podido recuperar varios documentos del disco duro que alguien había intentado borrar recientemente.

Eran documentos relativos a los negocios de Rutherford con otra entidad, una empresa que se había topado con un lote de viejas armas que tenían «runas o algún otro tipo de inscripciones raras o antiguas».

Evidentemente, ese era el tipo de armas del que Daisy había querido averiguar más.