Capítulo once
A la mañana siguiente bien temprano, Daisy despertó con unos atronadores pasos que retumbaban por todo el pasillo.
Parpadeando con dificultad, advirtió que las pantallas de videovigilancia de su escritorio al otro lado de la habitación mostraban una actividad frenética. Habían detectado algo en el jardín.
Saltó de la cama y se puso el chándal a toda prisa. La puerta se abrió de par en par y se encontró a un apresurado Mordecai, que ocupaba la mitad del espacio.
—¡Date prisa! ¡Está pasando algo!
Experimentó un subidón de adrenalina. Lo primero que le vino a la mente fue que atacaban a los semidioses.
Reprimió el miedo mientras corría hacia la puerta.
El miedo no tenía cabida en una situación como esta.
La fría lógica saldría victoriosa. Toda la familia estaba cerca, y Kieran era un excelente estratega y luchador, por no hablar de la capacidad de Lexi para hacer frente a ejércitos. No les ocurriría nada.
—¿Qué sucede? ¿Lo sabes? —preguntó mientras Bria pasaba corriendo junto a la puerta abierta.
Mordecai esperó a que pasara Bria.
—Una intrusión en la propiedad, creo. He oído por casualidad a alguien que gritaba eso.
Siguió a Mordecai escaleras abajo, saltando los peldaños de dos en dos.
La confusión se apoderó del momento. Una intrusión en la propiedad podía ser cualquier cosa, pero, dado que los guardianes fantasma de Lexi estaban de guardia deambulando por el jardín sin que la gente normal pudiera detectarlos, tenían que haber informado de algo extremo para que hubiera tanta actividad.
Aun así… nadie les había dicho a Daisy y a Mordecai que se pusieran a salvo.
Eso era lo primero que hubiera hecho Lexi.
Siempre. Luego, ya hablarían sobre que Daisy y Mordecai quisieran ayudar…
No podía tratarse de una batalla activa. Tenía que ser otra cosa.
Sintió las mariposas revoloteando en el estómago ante lo que pudiera ser. El temor era una carga pesada en sus entrañas.
Frutas, verduras y el resto de los ingredientes para desayunar se amontonaban en las encimeras de la cocina.
Habían dejado de preparar el desayuno de forma precipitada; había tablas de cortar y cuchillos esparcidos por todas partes.
La puerta principal estaba abierta, pues la gente había entrado corriendo desde la otra casa y había salido al jardín por el pasillo.
Daisy notaba allí la presencia de sus almas.
Iba pisándole los talones a Mordecai cuando irrumpieron en el jardín por la puerta trasera.
Este se extendía delante de ellos, con una gran zona de césped recién cortado rodeada de arbustos y, más allá, de árboles, que tapaban la vista del muro de ladrillos que delimitaba el perímetro.
Todos se habían congregado en un punto, bajando la vista hacia algo en el centro o alrededor de ellos en el jardín vacío.
Suaves zarcillos de niebla se ondulaban y revoloteaban en el aire, depositando besos húmedos por la piel desnuda de Daisy.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y le dejó la piel de gallina a su paso.
No estaba del todo segura si era a causa de la niebla…
o por la situación que se desarrollaba ante ella.
Zorn giró la cabeza y miró a Daisy y Mordecai con expresión cautelosa.
«Joder». Eso no era nada bueno.
—¿Qué pasa? —preguntó ella sin aliento mientras se unía a los demás.
—Sí, Frank, ya lo veo —dijo Lexi hablando con uno de los fantasmas residentes que los habían seguido desde la antigua casa hasta esta y que ahora no hacían más que merodear allá por donde fuera Lexi—.
Es evidente que quiere decir algo, sí. Ese símbolo, o como lo quieras llamar, ha estado señalando asesinatos por todo el mundo durante los últimos seis meses.
Sin embargo, lo que necesitamos saber es qué tiene que ver con nosotros.
Otro impacto de adrenalina atravesó a Daisy, que avanzó, impulsada por la necesidad de ver qué era lo que todos miraban.
—Ahí viene John —dijo Kieran con un tono autoritario y firme. John era otro de los fantasmas centinelas, este sí, mucho mejor en su trabajo. Al compartir el poder con Lexi, Kieran podía ver y hablar con los fantasmas casi igual de bien que ella—. Ya habrá hablado con los demás.
Jerry se movió un poco cuando notó la mano de Daisy en el brazo y dio un paso hacia atrás para dejarle que echara un vistazo.
Su mundo perdió el color; eran tantas las emociones que sentía que no podía procesarlas todas. No sabía cómo se sentía.
Sobre la hierba de un verde apagado yacía un cadáver con las extremidades retorcidas y rotas, que sobresalían en ángulos antinaturales.
Al hombre le habían rebanado los labios con tajos espantosos hechos con lo que parecía un cuchillo romo.
El hermoso rostro se retorcía de dolor, incluso muerto, y la sangre seca le manchaba ambos lados.
Una cuerda verde se enroscaba en su cuello, allí donde lo había estrangulado, y ahora estaba anudada en un lazo.
El color recordaba a los lazos que los chésteres lucían orgullosos para manifestar su ausencia de magia. Seguramente, una broma.
—¿Causa de la muerte? —se oyó preguntar, un poco aturdida. Se había preguntado si sucedería algo así. Si había dejado que le tendieran una trampa… al haber hecho un trato que solo hubiera cerrado una auténtica imbécil.
Amber la estudiaba desde el otro extremo del grupo; era casi tan capaz de entenderla como Zorn, pero, por lo general, mucho menos proclive a involucrarse.
Su pasado, por lo que fuera, suponía un punto de fricción con Kieran y la tribu.
No obstante, siempre estaba dispuesta a ayudarla, y por ese motivo Daisy le había perdonado cualquier agravio del pasado.
Por no hablar de que aún sentía una especie de atracción por ella.
Esa mujer era la puta hostia en su trabajo. Eso había que reconocérselo.
—Yo diría que estrangulamiento —dijo mientras lo escudriñaba con sus ojos de ónix. Sabía que pasaba algo raro—. Lo más probable es que lo hayan abandonado en la propiedad. Parece que aún sangraba cuando lo pusieron aquí.
—Tengo el nombre. —Henry, en el otro extremo del grupo, levantó la vista del teléfono—. Liam Harrison. Estoy recabando información para ver qué relación tiene con el resto de los cadáveres que han aparecido.
—No la tiene.
Los ojos de Daisy fueron a parar al torso desnudo, que veía por primera vez. Lo único que había hecho era besarlo. No le había metido mano, no lo había desnudado. Solo un beso, y después se había marchado, preguntándose qué sucedería a continuación.
La pregunta había sido contestada.
Se le desbocó el corazón. El fae se habría enterado de algún modo de lo del beso —con magia, probablemente— y ella lo había invocado al romper su acuerdo.
¿Qué había hecho? ¿Cómo podía ser tan inmensamente estúpida como para haberse metido en este embrollo?
Casi se le escapó un gemido por las consecuencias que tendría aquello. Le había dejado entrar en su reino, había burlado a los Celestiales, con un pase completamente autorizado.
Su parte lógica e impasible se preguntaba a quién más borraría de la faz de este mundo sin tener que hacer más que dar un beso.
Le entraron ganas de hacerse con una lista de capos criminales y asesinos famosos y tacharlos uno a uno, obligando al fae a dejar de hacer lo que estuviera haciendo para dedicar tiempo de su apretada agenda para cumplir con su deber como «el asesino de los besos».
Seguramente lo sacaría de quicio, tanto por la pérdida de tiempo como porque ella no mantenía lo que era suyo —sus labios— lejos de otras personas.
Los dos habían cerrado ese estúpido acuerdo, y a ella le encantaba unirse a ese juego sucio.
A este juguetito también le gustaba jugar.
Leyó el mensaje que había en el torso, grabado lo bastante hondo en la carne para que pudieran leerse las letras en sangre: «Ha sido un placer».
«A menos que quieras que lo mate por ti —había dicho el fae—. Sería un placer. Solo tienes que pedirlo».
Todo el mundo se giró hacia ella. Henry levantó la vista de golpe de su teléfono.
—¿Qué quieres decir?
Kieran se enfrentó a ella sin rodeos, vestido solo con unos pantalones de chándal, sin camisa ni zapatos. No por eso estaba menos preparado para luchar.
Lexi entrecerró los ojos, y ella sintió una punzada de culpa en las entrañas. Aquello iba a preocupar a Lexi. Daisy lo detestaba.
—No tiene nada que ver con los otros asesinatos —repitió, sacándose la goma del pelo de la muñeca en la que la llevaba y recogiéndoselo por detrás—. Es el camarero del hotel donde se celebró la gala benéfica.
Thane, con las manos en las caderas, entrecerró los ojos.
—¿El asesino de chésteres con el que quedaste anoche?
—Sí —pronunció lentamente, asintiendo—. El mismito.
Las nubes oscurecieron el cielo sobre sus cabezas; Kieran influía en el tiempo de manera inconsciente, mientras, seguramente, intentaba controlar sus turbulentas emociones. Por fin, Amber rompió el silencio, preguntando lo que era probable que pensara todo el mundo.
—Tiene la pluma de paloma. ¿Ha sido obra del fae que ha estado causando problemas en este reino?
Un aleteo nervioso se apoderó del estómago de Daisy.
—Casi seguro que sí —afirmó, mordiéndose un lado del labio y con la vista clavada en el suelo.
Se volvió ligeramente hacia Zorn, pero no se atrevió a mirarlo. Tenía que saber qué y cuánto contar, pero no quería que supieran que él le guardaba secretos.
—Y entonces… —dudó Amber—. ¿Por qué mataría el fae a esta persona con la que quedaste anoche? Es decir, si no tiene ninguna relación con las otras muertes.
Por el rabillo del ojo, Daisy vio que Zorn inclinaba ligeramente la cabeza. Una especie de asentimiento. Le estaba dando permiso para contar algunos detalles.
La mirada de Kieran siguió esa dirección y se fijó en Zorn. El repiqueteo de un trueno surcó el cielo. «Mierda». Una cosa era preocupar a Lexi, pero enfrentarse cara a cara a Kieran eran palabras mayores.
—Resumiendo…