Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

Aunque todo eso ya lo sabía. Durante la cena, se lo había contado en un tono susurrante y de regodeo. Y, una semana antes, tomando unas copas. Disfrutaba con lo que les hacía a esos chésteres; los mutilaba, los ataba y los golpeaba hasta que dejaban de forcejear. O probablemente algo peor.

Sin embargo, ella no era normal, y no le gustaba que su presa supiera que le estaban dando caza.

Y por eso sonreía cuando se medio cayó contra él.

Se rio, fingiendo que no pasaba nada. Fingiendo que esas travesuras no importaban.

A pesar de que en sus entrañas ardía un fuego intenso.

Su estancia en el mundo de los vivos llegaba a su fin.

—Esto no es más que el principio —murmuró él. El aliento le olía a pescado, y la colonia era demasiado empalagosa—. Quiero enseñarte mi mazmorra.

Esta vez sí que no pudo evitar estremecerse. Ahora en serio, ¿cómo coño seguía vivo este chico? ¿Cómo podía ser que no se lo hubiera cargado nadie todavía?

Aunque, pensándolo bien, no habría podido sonsacarle una confesión si no hubiera sido por ese fae. Casi seguro que se le habría pasado por alto su «afición» y habría acabado pegándole la paliza del siglo por tratarla como lo hacía en ese momento.

Le pasó la mano por detrás y le apretó el culo. Le dio la vuelta y la empujó contra el coche, atrapándola entre este y su cuerpo.

—Qué buena estás, joder —gimió, restregándole el paquete contra la cadera.

«Acabemos con esto de una vez».

Daisy levantó el rostro.

—Oh, sí —dijo él, y apretó sus labios contra los de ella mientras se frotaba contra su cuerpo. Metió la lengua entre sus labios e hizo una especie de giro extraño dentro de su boca.

La mandíbula se le abría y se le cerraba a un ritmo extraño, y Daisy no estaba segura de lo que estaba pasando, aparte de que tendría que haberle obligado a comerse un caramelo de menta.

—Venga —dijo echándose hacia atrás y mientras trataba de arrastrarla con él—. Deja tu coche. Te vienes a casa.

Ella sonrió, pestañeó con inocencia y giró bruscamente el brazo para zafarse de su agarre. Él trastabilló hacia atrás, sorprendido.

—Me tengo que ir. Te llamaré. Lo prometo.

Abrió la puerta mientras él recuperaba el equilibrio y se metió en el coche cuando él volvía a acercársele.

Se detuvo junto a la puerta cerrada y se apoyó en la ventanilla.

Sus ojos ya no traslucían lujuria, pero no habían perdido la determinación.

Asintió, sonrió como si aquello fuera un juego y dio unos golpecitos a la parte superior de la puerta.

—Vale, entonces sigue haciéndote la difícil. —Se apartó como si no le importara demasiado y se metió las manos en los bolsillos—. Acabarás siendo mía.

—Ya veremos —dijo ella para seguirle el juego.

Pensaba devolverle exactamente esas palabras antes de que terminara la noche. Si tenía la oportunidad…

Mientras conducía de camino a casa, la cabeza le iba a cien. Se deslizó por el silencioso barrio hasta la casa cercana a la zona de la sociedad dual. Qué extraño; había coches aparcados por toda la calle y varias ventanas iluminadas en ambas viviendas.

¿Qué hacía todo el mundo allí? No se había planificado ninguna cena familiar.

Consultó el móvil. Ninguna llamada perdida. No podía tratarse de ninguna emergencia.

La puerta principal estaba abierta. Era obvio que esperaban que estuviera en casa. Muy presuntuoso por su parte. Daisy le había dicho a Mordie que tenía a una cita. Cierto que también le había informado de que era con el camarero que había conocido la semana anterior y que odiaba a los chésteres…

Ay, qué estúpida había sido. Todo el mundo se hallaba allí porque estaban preocupados por ella. O preocupados porque tendría un cadáver entre las manos y necesitaría ayuda para hacerlo desaparecer.

Si no fuera por esas preguntas que tenía que formularle…, se lo habría cargado. Pero debía averiguarlo. Tenía que saber si ese fae se había tirado un farol la otra noche en la habitación del hotel…

Seguro que sí, ¿no? ¿Cómo iba a saber cuándo besaba ella a alguien?

Los libros decían que la magia no atravesaba la frontera entre los reinos.

No podía. Que era eso lo que mantenía a los humanos a salvo de la magia salvaje de los seres feéricos.

Si él no estaba allí, si no lo veía físicamente, no tenía manera de saberlo.

¿Verdad?

Un escalofrío le recorrió la espalda y le heló la sangre. Ella no era de nadie. En absoluto. Y, desde luego, no pertenecía a un puto fae.

«¿He sellado un pacto sin darme cuenta? ¿Sin palabras?».

La luz cálida y los olores familiares del hogar le dieron la bienvenida. Le llegó el murmullo suave de voces en la cocina, más allá de la entrada. La puerta emitió un leve chasquido cuando la cerró. Las voces se acallaron.

Pues sí, estaban allí por ella.

Bria estaba sentada en la isla con una botella de Jack Daniel’s medio vacía al lado; con los dedos agarraba un vaso que, prácticamente, solo contenía hielo. Se removió cuando vio a Daisy y esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Bueno, bienvenida, pequeña masoquista —dijo, arrastrando las palabras—. He oído que has quedado con alguien que odia todo lo que eres. ¿Cómo ha ido? Y, lo más importante, ¿has cumplido a rajatabla las enseñanzas de Zorn y te has asegurado de no dejar ninguna prueba en la escena del crimen?

Thane estaba sentado a la mesa de espaldas a la ventana.

Delante de él, una botella de cerveza exudaba condensación.

En el extremo de la mesa se hallaba Dylan con una camisa arrugada que le quedaba muy bien, el pelo revuelto y la mirada seductora.

El tío estaba sexy sin siquiera proponérselo.

Aunque era probable que deseara poder desactivar esa faceta suya.

Lo cierto era que todavía no estaba preparado para que nadie lo tocara más allá de algún abrazo breve por parte de su familia más cercana. Había tenido un pasado difícil.

La otra persona que había en la cocina era Zorn, sentado al final de la mesa con un whisky con hielo o algún otro licor marrón. Llevaba una sudadera deportiva y una camiseta blanca, como si estuviera a punto de irse a dormir. Sus ojos grises no perdían detalle mientras la evaluaban.

—Bueno… —dijo ella mientras acercaba una silla—. ¿Qué celebramos?

Thane enarcó las cejas. Pensaba que era una pregunta estúpida.

—¿Quieres beber algo? —preguntó Zorn. Quería cotillear.

Él y seguro que también todos los demás. Lo más probable era que, al día siguiente, Lexi o Mordecai —o los dos— le echaran una bronca. Tenía un montón de mamás sobreprotectoras en ese grupo.

—Claro, ¿por qué no? —dijo Daisy despreocupada, sentándose—. Una copita antes de acostarme no me vendría mal.

—¿No te has tomado una antes con ese guaperas? —Thane acompañó la pregunta con un gruñido.

—Otra copita, entonces.

A Thane se le ensombreció la expresión.

—¡Enseguida! —Bria dio un golpecito a la isla—. ¿Qué va a ser?

—Whisky con hielo, por favor —respondió Daisy.

— S’ha acabao el whisky. —Bria se impulsó para ponerse de pie, tambaleante, y luego le mostró dos pulgares hacia arriba a Thane—. ¿Ves? Estoy bien. Tengo el aguante de un escocés en una boda. —Cogió la botella de Jack Daniel’s por el cuello—. Vamos allá. Un bálsamo para las decisiones pésimas.

Thane se rascó la mejilla, intranquilo.

—Daisy, sabes que a Lexi no le parecerá bien que salgas con un asesino de chésteres, por muy bueno que esté.

Daisy enarcó una ceja mirando a Zorn. No le había hablado a Mordecai del aspecto del camarero. Se lo había contado a Zorn, y por lo visto él había transmitido ese interesante dato.

Eso sí, Zorn no sabía por qué había quedado con él. Al parecer, el fae le había desactivado a Daisy sus dispositivos. Y ella no le había informado de todos sus tratos.

Zorn no mostraba expresión alguna, pero los ojos le empezaban a centellear. Había algo en todo aquello que le resultaba gracioso.

Bria cogió un vaso del armario, se tambaleó un poco más y luego se quedó mirando a la nevera.

—Lo he hecho en el orden equivocado. —Bajó la botella y zigzagueó hacia la nevera con el vaso—. Deja de rascarte, Thane. Parece que tengas pulgas.

—Lo más seguro es que las tenga —afirmó Dylan con una sonrisa que no afectó a su mirada preocupada. Se echó hacia atrás—. ¿Cómo ha… ido? —le preguntó a Daisy.

—No le hagas preguntas tan vagas a la pequeña gremlin discreta, Dylan. ¿Es que no sabes nada? —Los cubitos de hielo de Bria no cayeron dentro del vaso—. Mierda.

—Uy, sí, un gran aguante —resopló Thane, y negó con la cabeza.

—Ese hielo no cumplía los requisitos.

Bria se apartó de la cara la larga melena rubio platino. Por lo que parecía, ya llevaba un buen rato empinando el codo.

El siguiente puñado de cubitos de hielo tintineó al caer en el fondo del vaso.

—¿Vas a recoger el hielo que has tirado? —inquirió Thane señalando a los pies de Bria.

—¿Cómo dices que me vas a ayudar? —respondió esta, volviendo a por la botella.

Él sonrió y se levantó.

—Ponme un poco a mí también, ¿vale?

—Sip. —Bria se detuvo y miró al armario, bamboleándose. Luego, se miró las manos, una con el hielo y la otra con la botella—. Lo primero es lo primero —musitó—. Daisy, eres de coca, ¿no? Coca-Cola, me refiero. No la droga dura. Te gusta aguarlo, ¿no?

—No lo aguas con Coca-Cola. —Thane se agachó a por hielo, con su camisa enarbolando la bandera blanca mientras se estiraba para contener el contorno de sus músculos—. Lo combinas.

—Te lo combino —murmuró, haciendo una pausa con el vaso en alto—. Aunque cambiando la primera «o» por «hu» y quitando la «b».

—Se lo chumin… Ay. —Thane la fulminó con la mirada—. Así no se escribe…

Bria, doblada sobre sí misma, casi se ahogó de la risa. A Daisy se le escapó una risilla.

—Da igual. —Bria se incorporó y compuso una expresión muy digna—. ¿Cuál es el veredicto?

—Solo, gracias. —Daisy apartó a un lado su elegante vestido para verlo moverse. Era una verdadera obra de arte, hecho a medida por una diseñadora emergente—. La Coca-Cola es mala para los dientes.