Capítulo diez
L as luces de los edificios se apagaron y la sumieron en la oscuridad.
Solo la exigua luna iluminaba el campo de batalla improvisado.
Ante ella se alzaban bestias con cuernos que la superaban en altura más de medio metro.
Con tal oscuridad, era incapaz de distinguir ningún otro detalle, aparte de las garras largas y curvas que adornaban sus brazos raquíticos.
Se calmaron las emociones del instante previo.
Disminuyó la sensación de inquietud. Estaba entrenada para aquello.
No específicamente para horripilantes criaturas feéricas con cuerpos deformados y magia desconocida, sino para su equivalente humano.
Se había formado en completa oscuridad, sin ayuda de la vista y con solo un arma pequeña en la mano.
La habían abordado en las calles de la ciudad, en cloacas, en un barrizal sin un apoyo firme bajo los pies.
Zorn la había sometido a todas las situaciones horribles que se había podido imaginar y, con la práctica, Daisy las había superado todas.
Si lo que buscaba ese fae era destreza en el combate, ella le iba a demostrar lo buen profesor que era Zorn.
Tranquilamente, dejó el ordenador a un lado y dobló las rodillas, con la daga en alto.
—Te toca, capulla —murmuró, observando a la criatura más grande. La tenía justo delante de ella y, al oír sus palabras, inclinó la cabeza y cinco cuernos se movieron en la noche.
Una mano sombría se alzó del asfalto a sus pies. La agarró de los tobillos para que no se moviera del sitio.
Sin que apenas le latiera el corazón, se agachó con un movimiento suave y cortó la sólida masa oscura. Un chillido agudo acompañó a la retirada de la sustancia.
Las formas de las bestias que tenía a los lados se bambolearon antes de abalanzarse hacia ella. Las garras de las patas repiquetearon contra el asfalto. La primera criatura se le acercó y le lanzó su brazo larguirucho. Las garras surcaron el aire hacia su cara.
Se inclinó hacia atrás mientras daba un paso, y el cuchillo se alargó en forma de hoja larga y curva. El cambio la detuvo durante un instante, y parpadeó como una estúpida ante el arma.
Otra criatura le asestó un corte. Las garras le rasgaron la espalda y penetraron en su piel.
Ahogó un gemido de dolor y se giró como un relámpago, moviéndose alrededor de otra criatura cercana para concederse a sí misma un poco de espacio.
La espada se alargó un poco más, ampliando el alcance de los largos miembros de las criaturas.
—¡Qué pasote! —murmuró entre dientes; una expresión que, por algún motivo, sacaba de quicio a Mordie, y luego volvió a acercarse a ellos, cambiando de postura.
La espada emitió un brillo violáceo justo antes de hendir el velo de la medianoche.
Un chisporroteo precedió a una sinuosa línea de humo y al chillido de la criatura.
Apenas hubo resistencia. Se preguntó si tenía algo que ver con esas criaturas o si esa hoja atravesaría igual de bien a su fae.
Acuchilló a la siguiente criatura. El filo penetró en el hombro, le seccionó el miembro e hizo que la criatura saliera despedida hacia un lado. Fue casi como si el arma le hubiera añadido una pequeña explosión al golpe. Aquello mejoraba por momentos.
La siguiente criatura llegó hasta ella. Las demás le pisaban los talones.
Daisy esquivó un golpe y se giró, asestándole un corte en el estómago.
Otro puñado de garras le arañó el brazo.
El insoportable dolor se apoderó de ella, por todo su cuerpo, pero quedó relegado a un segundo plano.
Parte de seguir con vida consistía en dominar los receptores del dolor.
La criatura volvió a lanzarle un golpe, pero ella ya estaba en movimiento; se desplazó por detrás y le asestó un tajo en la espalda.
Volviéndose de nuevo, le atravesó el pecho con la espada a la criatura y giró para descender en picado y cortarle una pierna.
A su alrededor todo eran gritos y aullidos.
Las criaturas se estremecían y se retorcían en el suelo, y las que permanecían en pie retrocedían por miedo a que las quemaran.
Acabó con la última y se quedó mirando, casi sin aliento por el esfuerzo, dispuesta a continuar.
Entonces las luces se volvieron a encender e inundaron la escena.
Entornó los ojos por el brillo repentino, pero no abandonó la postura.
Nunca se sabía cuándo acababa el juego. Las bestias se desvanecieron como si nunca hubieran estado allí.
La espada emitió una débil luz azul y se encogió hasta recobrar su tamaño original de cuchillo.
En el aire se palpaba la quietud. Ralentizó su respiración.
Muy bien , dijo el fae en su cabeza, con un tono elogioso.
Felicita de mi parte a tu entrenador. Te está esperando ahora mismo a la vuelta de la esquina con las manos en el volante de su BMW.
Recuerda que…, si cuentas mis secretos, tendré que silenciar a tu familia.
Aligeró el tono. Si te chivas, es probable que recibas.
Notó que su presencia abandonaba su mente, como si volviera su atención a otro sitio. En ese momento, sintió un espacio extrañamente hueco en el cráneo.
Dejó caer la mano de la daga a un costado, miró hacia atrás, a la puerta, y luego levantó la vista. Una cámara la observaba desde arriba. Tendría que hacer que Amber o Henry borraran cualquier grabación de aquello.
Por fin, bajó la guardia y advirtió que la cinta americana había vuelto a cambiar de configuración. Donde antes había tres tiras, ahora había una especie de pegote circular.
—Una rosa —murmuró para sus adentros, reconociendo la forma que había creado él. En el centro, como una abeja frotándose contra el polen, aguardaba su auricular.
El BMW estaba justo donde le había dicho el fae. También Zorn, con las manos en el volante y los nudillos blancos. Miraba a través del parabrisas, inmóvil.
Nunca lo había visto tan alterado.
Daisy llamó con los nudillos en la ventanilla del copiloto y abrió la puerta.
—Gremlin. —Su voz sonó con su acostumbrada calma, siempre serena, tranquila y controlada, si no fuera por el intenso suspiro de alivio que acompañó a cada sílaba.
Daisy dejó el auricular en un portavasos. Lo había usado de inmediato para informar a Zorn de que estaba bien y de que se verían en breve.
—Hace quince minutos que te espero —dijo sin siquiera mirarla.
—Se me cayó uno de los cuchillos de la funda. Me costó encontrarlo —contestó antes de cerrar la puerta.
Él gruñó y puso el coche en marcha. Hasta que arrancó y giró en una esquina no empezó a hablar, rompiendo el silencio.
—Cuéntame qué ha pasado. No escatimes en detalles. Si no has acabado cuando estemos llegando a casa, me lo dices y daremos un rodeo.
Como siempre, Zorn estaba preparado para el control de daños. Decidiría qué secretos podía guardar Daisy y cuáles tenía que contarle a todo el mundo. El problema era que algunos de ellos no se los podía contar ni siquiera a él, por temor a que el fae decidiera silenciarlos a todos.
Finalmente, miró el reloj del salpicadero. Casi las dos de la madrugada. El fae se había pasado un par de horas delante del ordenador de Rutherford. ¿Cuáles eran las probabilidades de que se hubiera dejado archivos incriminatorios con respecto a lo que buscaba? Seguramente, casi nulas.
Aunque, pensándolo bien, ese ser feérico no era de ese reino.
Podría saber qué era un dispositivo de comunicación y encontrar y desactivar con facilidad dispositivos de rastreo (lo más seguro es que con la ayuda de los pensamientos de Daisy), pero borrar todo el contenido de un ordenador era algo que probablemente quedaba fuera de su alcance.
Borrar archivos, eso sí. Sin embargo, eso no impediría que Amber y Henry recuperaran lo que fuera que se hubiera grabado en el disco duro.
En eso, lo superaban con creces. ¿Y en hallar esa información?
Escapaba a su conocimiento. Sería el trabajo chapucero de él lo que lo delataría, no ella.
Todas y cada una de las fibras de su cuerpo le decían que aquello importaba.
Estaba desarrollando un sexto sentido en lo que respectaba a sus tratos y sus palabras edulcoradas.
Quizá, solo quizá, si el equipo de Kieran y Lexi pudiera descubrir qué era lo siguiente que se proponía el fae, podrían llegar antes y destruirlo.
Y ahora Daisy disponía de un arma. Si además tuviera ventaja, esta vez sería él quien caería en una trampa.
Y no se marcharía hasta que llegara a un acuerdo con él.
Una semana después del acto benéfico, se detuvo junto a su coche en un aparcamiento tenuemente iluminado tras una noche de juerga.
Todo el cuerpo se le estremecía de ira y asco; los dedos le hormigueaban ansiosos por aferrarse al cuchillo que llevaba pegado al muslo, oculto por su vestido a la última pero ligeramente vaporoso.
—Creo que deberías acercarte —dijo Liam, delante de ella, apoyando todo su peso sobre el coche de Daisy.
Sus ojos recorrieron el rostro de Daisy, sin detenerse demasiado en sus ojos. Le interesaban más sus labios o el pecho. O el culo, cuando creía que Daisy no se daba cuenta. La estaba desnudando con la mirada.
Ella había accedido a una cita con aquel camarero sexy del evento benéfico. Normalmente, lo habría matado por lo que este le había reconocido, o habría dejado que se encargara Zorn. Él podía ser muy imaginativo… Sin embargo, tenía que hacerle unas preguntitas.
—En plan… —Levantó una mano para recorrerle la línea del brazo con un dedo. Ella se contuvo para no estremecerse por el desasosiego. Cuando llegó al codo, la atrajo hacia él.
Ella estuvo a punto de quedarse sin aliento por la fuerza inesperada de ese movimiento y la agresiva lujuria que ardía en los ojos de él.
Si hubiera sido una chica normal en su primera cita, este habría sido un momento increíblemente incómodo.
Que la mangoneara así, estando los dos solos, daba a entender a las claras que era peligroso.
Que ignoraría las reglas del juego cuando no mirara nadie.