Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo nueve #3
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Capítulo nueve #3

Girando a la derecha, mantuvo una distancia prudencial con el cuchillo. Las piedrecillas decorativas se clavaban en las plantas de sus pies desnudos. Aún tenía que ir a por los zapatos y los cuchillos que había lanzado antes.

Sin embargo, al querer pasar de largo de la daga, se estampó de cara contra algo sólido. El aire actuaba a modo de barrera. No podía avanzar más.

—Tiene que ser una broma —susurró, apoyando las manos en la superficie invisible—. Por favor, que sea un elemental del aire. Que sea un tipo de magia normal cuya debilidad ya haya estudiado.

No has caído en la trampa. La suave voz del fae sonó en su mente con un tono de jugueteo. Provocadora. Muy bien. Nunca puedes confiar en nadie de mi especie. Y tampoco puedes liberarte una vez que has caído en la trampa. Y tú, tesoro, ya estás atrapada. Por mí. Coge mi regalo. Es tuyo.

—¿Y si me niego?

No hay necesidad de llamar la atención hablando en voz alta.

La gente pensará que oyes voces. Piensa tus respuestas.

Mientras estés cerca de ese cuchillo, te oiré.

El teléfono, ¿recuerdas? Si alguna vez tienes problemas, problemas que yo no haya creado, claro, podrás contactarme de esa forma.

Vendré en tu ayuda. Esa daga me permitirá llegar hasta ti .

Ella entrecerró los ojos, pensativa. Escuchando esa silenciosa verdad.

La daga solo te permitirá comunicarte conmigo , dedujo ella.

Si te pido ayuda y tú me la concedes, eso será llegar a un trato, que te permitirá la entrada en este reino y me dejará en deuda contigo.

Estaría a tu merced… salvo que se especificara lo contrario, y, si estuviera en un lío de verdad, no tendría tiempo de especificar nada.

La mente del fae calló durante un buen rato.

Vaya, vaya , pensó con calma, y ella captó el tono de sorna. Aprendes rápido. Sí, has dado en el clavo. De todos modos, seré indulgente. Ahora eres mía. Mía para jugar. Mía para romper. Yo no comparto. Si alguien te amenaza, amenazan a lo que me pertenece…, y me ocuparé de ellos como corresponda.

Le recorrieron escalofríos por el cuerpo. El pavor se instauró en su estómago.

Sí, palomita, desde luego te has metido en un aprieto.

No te preocupes, acabarías de la misma forma de todos modos.

Creo que el destino ha metido demasiado las narices en nuestros asuntos.

Más de lo que nos habría gustado…, aunque al menos conseguimos ese beso a cambio, ¿no crees?

Disfruté de la sensación de tus labios. De la rapidez con la que pierdes el control.

Sueño con eso a menudo. Ahora, sé una buena niña y recoge tu cuchillo.

Quiero comprobar hasta dónde llegan tus habilidades de combate. Me ayudará a planificar.

Daisy pasó el pulgar por la tela donde antes prendía el botón del pánico. No era orgullosa; podía reconocer que las cosas se le habían ido de las manos. Y deseaba desesperadamente que alguien la sacara de esa situación.

Sí, te he sacado eso , dijo el fae. Y el dispositivo de localización, como habrás notado.

No soy como los otros de mi especie. Llevo años entrando y saliendo de vuestro mundo y sé cómo funciona vuestra tecnología.

Tu mentor no tiene ni idea de dónde estás, de lo que haces o de si estás bien.

Me he colado en su mente hace un rato para informarle de que, si intervenía en mis planes para ti, te mataría.

No lo está llevando bien. Puedes dejarlo más tranquilo si coges la daga.

La rabia la consumía como una descarga por su sangre.

Deberías saber que no te conviene meter a mi familia en esto. Tu muerte será mi mayor placer, y usaré la daga para abrirte de arriba abajo.

¿Qué gracia tendría si no hiciese trampas? Sentía su sonrisa diabólica en cada centímetro de su cuerpo. Buena suerte, tesoro. Tal vez la necesites.

Caminó hacia el arma, brillante y preciosa.

Sin más dilación, se agachó y la recogió.

Cuando cerró los dedos sobre la empuñadura, su palma se hundió en el suave cuero.

Desenvainó la hoja y no pudo evitar quedarse maravillada ante aquella belleza.

Los filos parecían corrientes de agua, ondulando y serpenteando a lo largo de la daga.

El metal —lo que fuera que fuese— resplandecía con un tono espuma de mar fosforescente atravesado por vetas más claras.

Hacia el centro había más volutas de metal, a juego con la vaina, con diseños intrincados que se curvaban alrededor de unas gemas brillantes. Seguramente eran diamantes.

Con la mano libre, tocó la hoja. La superficie del arma estaba fría como el hielo.

Eso parecía una muy buena señal si pensaba usarla contra un fae, aunque ella creía que el hierro era una parte fundamental de ese tipo de armas.

No estaba segura de que aquella llevara hierro, salvo quizá en la filigrana.

No había correa. ¿Dónde guardaría la funda si tenía que usar…?

El pensamiento se interrumpió de golpe. Con una mirada inexpresiva al aire vacío, metió la funda en la camisa.

Aunque debería haber sido demasiado grande, encajó perfectamente entre sus pechos, casi como si se hubiera encogido para adaptarse.

Podía llevarla escondida en el sujetador, el mismo sitio donde él había encontrado ese cáliz o piedra rara.

Qué oportuno , pensó con sequedad.

La risa del fae resonó como una ola de terciopelo negro.

Daisy puso los ojos en blanco y volvió a meter la mano dentro de la camisa para sacar la funda, pero, antes de poder agarrarla siquiera, la oscuridad de su alrededor cambió.

Casi como si se hubiera licuado. Contempló con horror la sólida medianoche que se deslizaba por el suelo a su alrededor.

Temblaba, como si alguien hubiera perturbado la tela de la noche antes de elevarse en el aire.

Una a una, aquellas manchas de obsidiana se transformaron en criaturas horribles y tenebrosas.

¿Era eso lo que aquella otra gente andaba buscando?

Ya me dirás qué tal funciona…