Capítulo nueve #2
Se abrió la puerta mientras sus manos terminaban de deslizarse.
Apenas consiguió contener el pánico mientras comprobaba que el balanceo de su cuerpo iba en dirección al balcón inferior, todavía a casi un metro de sus pies.
Ese no era un buen momento para ser bajita.
Con la inercia a su favor, aguantó la respiración y se soltó.
Cayó. No llegó a tocar el balcón con los pies.
Sintió un momento de terror antes de correr a agarrarse de la barandilla.
Estiró los brazos y logró atraparla justo a tiempo.
El peso tiró brutalmente de ellos, pero consiguió aguantar y encaramarse como pudo.
El portátil terminó por soltarse y chocó contra el metal con estrépito.
Se desplomó con ella en el balcón. Los dos acabaron en el suelo.
El eco de unos pies caminando sonó en el suelo de encima de ella. Unas manos se apoyaron de golpe en la barandilla de metal. Quienquiera que fuese intentaba localizarla desde arriba, pero, desde ese ángulo, no tenía forma de verla.
El tiempo apremiaba. Aquella persona esperaría solo unos segundos antes de bajar a toda prisa a esa planta.
Tenía dos opciones: intentar descolgarse otro piso o ganarle la carrera, pero ni de coña iba a volver a bajar así.
No era tan buena como el fae. La próxima vez quizá no tendría tanta suerte y no conseguiría agarrarse.
Y, aunque lo lograra, tal vez las manos no le aguantarían.
Un rayo de luz traspasó la pesada cortina de la puerta corredera. Probablemente había alguien dentro.
Algo crujió cuando se puso de rodillas y se agachó para tratar de abrir la puerta.
La cortina se apartó antes de que ella pudiera hacer nada.
Un hombre miraba hacia fuera, confundido.
Debía de haber oído el ruido de su cuerpo al caer.
Al verla allí, el desconcierto de su rostro se transformó en sorpresa.
Viendo la oportunidad, se forzó a transmitir terror y gateó hacia él. Se acercó, como una joven aterrorizada que necesita un salvador.
La pantomima funcionó de inmediato. El hombre se apresuró a abrir el pestillo antes de deslizar la puerta. Ella agarró el portátil y volvió a embutírselo dentro del pantalón. Todavía no se oían pasos desde arriba.
El tipo trataba de averiguar qué pasaba allí abajo.
—¿Estás…?
—¡Ayuda! —exclamó en un susurro angustiado, interrumpiendo al hombre. Las palabras le salieron atropelladamente, intentando confundirlo todavía más—. He caído. Él viene a por mí. Es la mafia. Es peligroso…
Daisy se inclinó hacia delante. Apoyó las manos en el centro de su pecho, empujando hacia arriba. Él perdió el equilibrio y la fuerza del empujón lo hizo retroceder. Ella le tapó la boca con una mano para ahogar el grito de sorpresa.
Una descarga de magia llenó el aire. La habitación del hotel se desdibujó hasta convertirse en un paisaje de montañas escarpadas coronadas de nieve. Era una ilusión. Había tenido suerte de que la magia de ese hombre no fuese dolorosa.
Ella siguió empujando hasta que él trastabilló y cayó hacia atrás. Su cuerpo desapareció en un lago cristalino de superficie vidriosa como un espejo.
—Lo siento, pero me está persiguiendo —dijo con voz frenética. Tropezó con una forma sólida y suave que no alcanzó a ver. La cama—. Mi exnovio. Me matará si me encuentra.
Fue palpando el camino hacia el borde mientras las montañas se desvanecían y la habitación regresaba a la realidad.
—Espera, cálmate. —El hombre intentaba incorporarse.
Daisy saltó a la cama extragrande y corrió por encima.
—Espera…, un minuto solo —rogó el hombre mientras ella saltaba al otro lado.
—Gracias por ayudar —dijo, cogiendo el pomo de la puerta y abriéndola de golpe—. ¡Gracias!
En el pasillo, se sacó el portátil de los pantalones y corrió hacia el hueco del ascensor, en el centro de la planta. Había pasillos en cada lado. Era más rápido bajar por las escaleras. Seguro que el tipo pensaría lo mismo.
Así pues, pasó de largo frente a los ascensores hacia el pasillo opuesto, cruzándose con una mujer muy confundida vestida de rosa chillón.
Una vez allí, giró a la derecha y se dirigió a la escalera de la otra punta del edificio.
El piso tenía cuatro, una en cada esquina.
Para cuando el tipo del piso superior se diese cuenta de que se había largado de la habitación, no tendría ni idea de hacia dónde había ido.
Llegó a su destino con la respiración pesada.
El corazón le palpitaba a una velocidad insana.
Todo en ella le decía que se lanzara escaleras abajo y bajase los escalones de dos en dos hasta llegar al final.
En su lugar, se forzó a aminorar el ritmo.
Había puesto distancia entre ella y su perseguidor; ahora necesitaba borrar toda sospecha.
No podía permitir que nadie la viera apresurada.
El pomo giró con suavidad cuando abrió la puerta y entró como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí.
Nadie la esperaba al otro lado. Se detuvo a cerrar la puerta con lentitud antes de empezar a bajar las escaleras.
No se oyó ningún otro ruido. Ningún paso ni puertas abriéndose y cerrándose. Ni siquiera una respiración.
Con el camino despejado, aceleró el paso. Pisó algo pegajoso con el pie derecho. Hizo una mueca de asco mientras se atusaba el pelo. Necesitaba parecer presentable. Había bajado un piso…, faltaban dos. Nadie había entrado en la escalera todavía.
Estaba pasando junto a un enorme número 2 pintado en blanco cuando el eco de una puerta al abrirse, muy por encima de ella, reverberó por las paredes.
—¿Y no ha visto quién era? —preguntó una mujer en voz alta. Se oyeron pasos de dos, tal vez tres personas resonando en el suelo.
Daisy descendió más deprisa.
—O «qué» era, no —contestó el hombre—. Una criatura feérica de algún tipo, han dicho, a juzgar por el aspecto de su cuerpo. Las instrucciones son matarlo a primera vista con cualquier método posible. En estos últimos tiempos ha habido demasiados casos en este reino. No saben cómo detenerlo.
Llegó a la planta baja, pero se detuvo antes de abrir la puerta, atenta a cualquier sonido.
No había oído nada sobre criaturas infiltrándose en este mundo.
El portátil de Amber no contenía nada sobre eso, al menos nada que Daisy hubiera podido ver.
¿Lo sabían los semidioses y se lo habían ocultado, o tampoco lo sabían?
Si era así…, ¿quién era la gente que se encargaba de controlar aquello y mantenerlo en secreto?
La mente le daba vueltas mientras las voces desaparecían tras el golpe seco de la puerta al cerrarse. Ya se lo preguntaría a Zorn. Le escondía cosas a veces, sí, pero, si le preguntaba algo directamente, él respondía. O le decía con claridad que no podía saberlo.
Abrió la puerta de la escalera y, al salir, la cerró con sumo cuidado tras ella.
Luego, adoptó una expresión altanera. Su postura exudaba importancia, como diciendo «no me molestes» .
También ajustó su actitud y forma de caminar para parecer una jefaza, una cabrona peligrosa.
Con suerte, eso bastaría para que la dejaran tranquila y nadie reparara en que iba descalza.
Conocía la distribución del hotel gracias a la preparación previa.
Si giraba a la izquierda llegaría al vestíbulo.
Fue a la derecha, notando el frío del mármol en los pies desnudos.
Había varios huéspedes del hotel por allí y algunos miraron en su dirección.
Solo dos personas la observaron con más intensidad, fijándose primero en su pelo y luego recorriéndole el cuerpo con la mirada.
Por sus expresiones y bufidos, debían pensar que estaba haciendo un paseo de la vergüenza.
Genial. Cualquier cosa que ayudara a justificar su aspecto le venía bien.
Más adelante el pasillo se estrechaba. Tras doblar una esquina y pasar una escalera de servicio, encontró su lugar seguro. La salida.
El suspiro que soltó fue perfectamente audible.
Manteniendo el decoro, se adentró en la noche.
El aire frío y el silencio le dieron la bienvenida como a una vieja amiga.
Una sonrisa fugaz le cruzó el rostro. Lo había conseguido.
Ese fae la había lanzado a una situación de mierda, y, aunque no se había preparado para algo así, lo había conseguido.
Algo brilló en el camino de enfrente, oculto bajo un hechizo. El hechizo de un fae, para ser precisos. Reconocía ese precioso centelleo.
Le dio un vuelco el estómago al reconocer lo que había pegado en el suelo. Más cinta americana. Tres líneas, cada una escrita con rotulador negro.
En la primera ponía: «Felicidades por llegar tan lejos», con una cara sonriente dibujada al final.
En la segunda: «Te he dejado un regalo».
Y en la tercera: «Ya me dirás qué tal funciona…».
Justo después había una daga en el centro de la acera, como si la esperase solo a ella.
La hoja estaba envainada en la funda más hermosa que hubiese visto jamás.
El metal labrado formaba dibujos sinuosos.
Entre las vueltas y los círculos que creaba el diseño, centelleaban piedras parecidas a cristales, que resplandecían en tonos turquesa suave y azul cerúleo moteado.
La empuñadura que sobresalía parecía envuelta en un cuero flexible. La hoja prometía ser una obra de arte.
No se molestó en pensar en cómo había sabido él que ella saldría por allí.
Esa era la salida trasera, nadie la usaba, salvo el personal del hotel para escaparse a fumar un cigarrillo.
Por supuesto, alguien en su situación —la situación en la que el fae la había metido a la fuerza— querría escaparse por allí.
Y también era obvio por qué nadie había cogido esa daga antes que ella.
Él le había fijado su hechizo, una magia que nadie más parecía ver excepto ella.
Lo que sí se preguntaba era qué pasaría cuando recogiera aquel cuchillo.
«Ya me dirás qué tal funciona».
Otro juego. Aquello tenía que ser otra trampa. De ninguna manera iba a morder el anzuelo.