Capítulo nueve
U nos golpes fuertes la arrancaron de la inconsciencia. Los gritos atravesaron su mente embotada.
Estaba tumbada en una de las camas de la habitación de hotel de Rutherford, con las manos descansando sobre el estómago.
La noche cerrada se colaba por la ventana, como si la encarnación de la oscuridad misma se asomase desde el exterior.
Una suave almohada le acunaba la cabeza.
Pequeños trozos de cinta adhesiva cubrían las puntas sus dedos.
Los golpes seguían marcando el mismo ritmo que el martilleo de su dolor de cabeza. Un olor extraño perfumaba el ambiente, era casi metálico. Como el… ¿óxido?
Aturdida, salió como pudo de la cama y se detuvo al ver las manchas de color carmesí oscuro en la pared.
Era sangre, obviamente. Lo recordaba. El líquido, aún oscuro, estaba coagulado y frío como un gel, encharcado en la alfombra multicolor del hotel, cerca del extremo de la cama.
Dentro del enorme charco yacía un cuerpo destrozado.
La cara, sin embargo, permanecía intacta. Rutherford.
No tenía ninguna pluma de paloma encima del pecho. Sabía quién lo había hecho. Él no necesitaba el talismán.
El hombre tenía la boca cubierta de cinta americana. En rotulador negro había escrito «Ssssssh». Era una broma. Al fin y al cabo, los muertos no se van de la lengua.
Sobre el escritorio había un portátil abierto. Otra tira de cinta americana cruzaba la pantalla. En esa ponía «De nada » .
Daisy se miró la cinta que llevaba en la punta de los dedos.
Más letras. Una casi en cada dedo. «N» y «o» en una mano; «t», «o», «c», «a» y «r» en la otra.
Se la había puesto para que no dejase huellas.
Qué amable. Fijo que había sacado las instrucciones directamente de la cabeza de Zorn. Puto ladrón de recuerdos.
Oyó más gritos por detrás de la puerta. Un pitido anunció que la cerradura electrónica acababa de desbloquearse.
«Cuando despiertes… tendrás que correr».
La puerta se entreabrió, bloqueada por el pestillo con cadena. Las voces masculinas subieron de volumen, irritadas por no poder entrar. Había otra tira de cinta americana pegada en la parte trasera de la puerta. «Peligro».
Abrió los ojos de par en par al entender la situación. Ese puto fae. La había dejado inconsciente con magia y luego la había abandonado allí para que se ocupara de quienes intentaban entrar.
«Ellos no son de los que dejan vivir».
—¡Joder!
Rodó sobre la otra cama para evitar los charcos de sangre.
Cerró el portátil con rapidez y se lo llevó de la limpia superficie del escritorio.
Sus cuchillos estaban ordenados con cuidado y colocados frente a la puerta abierta del balcón.
Había otro trozo de cinta más, con una carita sonriente dibujada, pegada a una carpeta de cuero.
¿Por qué demonios la obligaba a salir huyendo así?
«Bienvenida; el juego acaba de empezar».
Él estaba jugando con su nuevo juguete.
La puerta del hotel traqueteó contra el pestillo metálico interior.
Alguien se lanzó contra ella con todo el peso del cuerpo; otra voz gritó algo sobre echarla abajo.
No tenía tiempo para pulsar el botón del pánico y a esas alturas tampoco tendría mucho sentido hacerlo.
No podía quedarse esperando a que Zorn apareciera para rescatarla.
«Qué amable por su parte», pensó con sarcasmo. El fae le había dado un extra de tiempo para salvarse solita, pero no el suficiente para que alguien pudiera salvarla.
Salió al balcón. Las luces de la ciudad titilaban debajo; un recordatorio mareante de la altura que había. Cerró la puerta tras de sí para que nadie imaginara de forma inmediata que había salido por allí. Con suerte, los Celestiales no formaban parte de aquel desastre.
Aunque ya daba igual. No quería pensar en la clase de gente —o de criaturas— que el fae consideraba peligrosas. Tenía que salir de allí.
Se detuvo junto a la barandilla de metal, a la altura de la cintura, e intentó meterse el portátil en la cinturilla de los pantalones. No era lo ideal, pero las perneras de los pantalones lo mantendrían más o menos sujeto. Tendría que valer, necesitaba poder usar las manos.
Un fuerte golpe hizo que le diera un vuelco el corazón. La puerta de la habitación había cedido.
Daisy dio un paso rápido a la esquina para que no pudieran verla a través del cristal.
Se quitó los zapatos de tacón y los lanzó por el balcón.
Giraron en el aire al caer. Ya los recogería cuando llegase abajo.
Los cuchillos, también. Qué lástima que el portátil no fuese a sobrevivir a semejante caída.
Sin tiempo que perder, se subió a la barandilla. Tenía las manos húmedas por el sudor frío. El siguiente balcón estaba a algo menos de un metro. Entre los dos había una angustiosa caída que parecía no tener fin.
Se obligó a respirar hondo antes de saltar. Dudar sería tan peligroso como el salto. Quizá incluso más.
Se golpeó las manos con la barandilla del siguiente balcón.
El impacto le irradió a los brazos. Se dio en el dedo gordo con la parte baja y el dolor le subió por el pie hasta la pierna.
Se encaramó como pudo y se dejó caer al otro lado, procurando no mover la mesa ni las sillas.
La habitación estaba a oscuras. Ni siquiera se molestó en intentar abrir la puerta.
Esa estancia estaba demasiado cerca de la escena del crimen.
Tras echar un vistazo al cielo nocturno, que por suerte estaba despejado, se ajustó el portátil y saltó a la siguiente barandilla.
Luego, a otra. Le ardían las palmas y le dolían los dedos de tanto aferrarse desesperadamente al metal.
Se le había despegado la cinta, que se había perdido revoloteando en el aire.
Desde el balcón del que venía oyó el ruido de una puerta corredera deslizándose sobre los raíles.
Daisy se quedó inmóvil y se le cortó la respiración. De la habitación de Rutherford asomó una cabeza y luego unos hombros.
Ella se aplastó contra la puerta de cristal a su espalda antes de deslizarse a la esquina del balcón. La pared sobresalía lo justo para ocultarse. Solo una parte de su cabeza sería visible en la oscuridad si se asomaba.
En el otro balcón vislumbró la silueta de un hombre que miraba en dirección contraria. Cuando giró la cabeza, Daisy permaneció absolutamente inmóvil. Cualquier tipo de movimiento atraería su atención.
El tipo avanzó hasta la barandilla y observó la distancia entre aquel balcón y el siguiente. Después miró hacia abajo. Luego dio unos pasos más para asomarse desde otro punto. Golpeó dos veces la barandilla con la mano antes de regresar al interior de la habitación.
Ella no era la única que podía dar ese salto. Ni de lejos. Era una chéster, joder. Si ella era capaz, muchos también podrían. Aunque aquel tipo todavía no tenía una pista sólida. Para cubrir todas las posibilidades deberían empezar a llamar puerta por puerta.
La corredera de cristal no se cerró y ella no estaba tan lejos. Si prestaban un mínimo de atención, podrían oírla.
Maldijo para sí mientras cruzaba al otro lado y miraba hacia abajo de nuevo.
Su mejor opción era descender al piso inferior.
Había una escalera de emergencia para incendios en la esquina del edificio.
Sería su objetivo si ninguna de las habitaciones tenía la puerta corredera abierta.
El problema era que bajar un piso entero era muchísimo más peligroso.
Una imagen mental del fae bajando de la repisa le vino a la mente. ¿Tenía ella esa clase de fuerza? ¿O destreza? Lo más probable era que no.
Trató de tocar el botón que la conectaría con Zorn, pero se quedó de piedra al no notar ningún auricular. Ese puto fae.
El botón del pánico, el dispositivo de localización…, todo había desaparecido de su ropa. La había aislado por completo.
Vale. Que le dieran por saco. Podía salir sola de aquello.
Unos golpes a lo lejos la hicieron tensarse.
¿Estaban llamando a las puertas interiores?
¿Estaban revisando las habitaciones cercanas a la escena del crimen?
Si inspeccionaban los cuartos, registrarían también los balcones.
Era solo cuestión de tiempo que la encontraran. Tenía que bajar un piso. Por lo menos.
—Joder, esto es una idea pésima —se dijo, mirando hacia la barandilla del balcón de abajo.
Si saltaba directamente, la inercia sumada a su peso haría imposible que pudiera agarrarse bien con las manos. Seguro que resbalaría y se mataría en la caída. No. Tenía que bajar de forma controlada. Eso significaba descolgarse hacia el balcón inferior.
Trepó por encima de la barandilla con el corazón saliéndose del pecho.
Ese fae lo había hecho parecer sencillo.
Prácticamente se había dejado caer de la cornisa, se había sujetado en pleno descenso y luego había desaparecido como si nada.
La cantidad de fuerza que eso requería estaba por encima de sus capacidades.
Un movimiento captó su atención mientras trataba de bajarse despacio. Las cortinas del balcón empezaron a moverse. Una mano apareció entre ellas y las apartó hacia un lado.
—¡Joder! —susurró Daisy.
Un sudor frío le recorrió la frente. Las manos le resbalaron en el metal al agacharse con rapidez. El portátil empujaba hacia arriba, amenazando con salirse de los pantalones y caer.
Prefería que cayera él antes que ella. No dejó que la distrajera.
Las cortinas se separaron de golpe. La luz inundó el suelo del balcón, donde se veía la sombra del hombre junto a la puerta, tratando de abrirla.
«¡Mierda, mierda, mierda!». Se preparó y dejó caer las piernas. Casi al mismo tiempo, bajó el resto del cuerpo, muy despacio, con los brazos temblándole por el esfuerzo de controlar el descenso.
La cerradura hizo clic. Sus pies colgaban sobre el vacío.