Capítulo ocho #3
A ella se le entrecortó la respiración y ya no pudo contenerse. Se inclinó hacia él; necesitaba esos labios. Quería besarlo. Solo esa vez. Se podría recomponer más tarde y volver a levantar sus muros de acero, pero, en ese momento, necesitaba entregarse a ese increíble anhelo.
Sin embargo, él se giró en el último momento, y ella acabó chocando contra su mandíbula.
El cuchillo tintineó al caer al suelo, y ella lo atrajo hacia sí por las solapas de la camisa.
Él obedeció; ahora le tocaba a ella besarle el cuello, saborear esa piel ardiente, como narcisos y sol, miel y rocío matutino.
Su gemido sonó tan atormentado como el de él.
Su mente debía estar igual de confusa, delirante y sin remordimientos mientras ella disfrutaba de un placer insaciable.
—Deberías parar —jadeó él con las manos apoyadas en la pared y la respiración agitada.
—¿Por qué?
Ella deslizó las palmas de las manos hacia arriba: una se detuvo en la clavícula y le enredó la otra en el pelo. El tiempo se ralentizó. Sus labios quedaron alineados.
—Este deseo… es insoportable —murmuró él.
Un poco más alto, dijo—: Si acepto este beso, seré tu dueño.
Nadie más podrá saborear tus labios, ni deleitarse en tu beso, sin que lo maten por ello.
Estos labios —le rozó la nariz al acortar la distancia entre ellos— siempre serán —ella cerró los ojos— míos.
Daisy lo acercó hacia ella. Lo necesitaba, lo ansiaba. No podía vivir sin ello, era insoportable existir sin el contacto de sus labios. Era inimaginable. Lo necesitaba como el aire para respirar y la comida para alimentarse. Lo necesitaba como si fuese su vida misma.
Juntaron los labios. Ella gimió mientras ese magnífico cuerpo la empujaba contra la pared con fuerza.
Él ladeó la cabeza y sus labios encajaron como si de un puzle se tratase.
La electricidad y la adrenalina se dispararon entre ellos.
Chispeaban contra su piel, como la magia había hecho en el aire hacía poco.
Se le colaron por los poros y le electrificaron la sangre.
Él le acarició el contorno de la mandíbula con delicadeza y se apartó un poco para volver a recorrerle el rostro con la mirada.
—Eres jodidamente hermosa. Este placer es tan intenso que casi duele mirarte la cara.
Volvió a succionarle el labio inferior antes de cambiar al superior de forma juguetona. Le deslizó la lengua por el contorno de la boca, pidiendo que le dejase profundizar el beso. Ella entreabrió los labios con ansias, de forma desesperada.
Las emociones la abrumaban: deseo, anhelo, la sensación de encajar de una forma que no había experimentado hasta entonces. Parecía que el tiempo se hubiese parado. Existían en una burbuja de intimidad que excluía al mundo exterior.
Las manos de él empezaron a temblar allí donde la sujetaban.
El beso se intensificó hasta que ella se perdió en él.
Su lengua se deslizó entre los labios de Daisy y se entrelazaron en una danza de tensión erótica, de pasión que llegaba al alma.
El cuerpo de Daisy ansiaba que él lo llenase, que se fundieran en uno.
—Basta —murmuró él contra sus labios.
Ella se sentía unida a él, tenía miedo de soltarlo. Ese sentimiento tenía que ser magia, pero ¿de quién?
Él apartó las manos y las colocó en la pared, a ambos lados de la cabeza de Daisy.
—Daisy, tenemos que parar. Estoy perdiendo el poco control que me queda.
Y, aun así, no se escuchó a sí mismo, porque le atrapó los labios y le metió la lengua en la boca.
Ella le rodeó la cadera con la rodilla, y él frotó su erección contra ella, que gimió ante el roce.
Ese breve instante, con la ropa intacta, sin haber explorado ninguno de sus lugares secretos, era mil veces mejor que cualquier cosa que hubiese experimentado hasta entonces.
—Un beso es suficiente —dijo él, como si suplicase perdón—. No puedo aceptar nada más. No lo haré. Todavía no.
—Tómalo todo —suplicó ella, incapaz de razonar.
Él vaciló, volviendo a empujarla y arrancándole otro gemido.
—No. —El fae echó la cabeza hacia atrás e inspiró hondo.
Ríos de oro líquido giraban alrededor de sus pupilas, cubriendo casi por completo el verde intenso de sus ojos.
En medio del cabello despeinado le asomaba la punta de la oreja y, por alguna razón, aquella «otredad» avivó la llama.
Estaba tenso, como si sintiese un gran dolor—.
No. —Se separó aún más con los ojos cerrados.
Sabía que estaba luchando contra el deseo.
Ella lo observó con la respiración agitada y los labios hinchados por la pasión.
Tenía la espalda pegada a la pared, como si eso fuese lo único que la mantuviese en pie.
Nunca había recibido un beso así, nunca se había sentido así y no estaba segura de qué hacer con ello.
Con él, su enemigo. El peligro del reino.
Él volvió a dirigir la mirada hacia ella, ambos embargados por la pasión. Miró sus labios entreabiertos.
—Ese beso, esos labios, ahora me pertenecen —dijo él, y algo encajó. Ella no supo identificar qué—. Si tocan a otro de forma íntima, lo habrás condenado a muerte. —Su expresión se volvió seria, como si estuviese volviendo a la realidad.
Ojalá para ella fuera igual de fácil. Todo su ser lo anhelaba, un escalofrío le recorrió el cuerpo. La neblina de la pasión no se despejaba de su mente.
—Eres una humana, mi tesoro —siguió él—, y, por lo tanto, debes ser un juguete. El mío, para divertirme contigo como me plazca. Para hacer contigo lo que quiera. Sin embargo, al final tendré que romperte. Es el riesgo de tratar con los de mi especie; no se puede evitar.
Aquellas palabras lograron devolverla a la realidad; palabras que fluían alrededor de su corazón inquieto y su proximidad vertiginosa.
Se rio al recordar lo que había pensado antes, que algunas muñecas cobraban vida en mitad de la noche y mataban a sus dueños.
Daisy no era el tipo de juguete que las niñas y los niños querrían tener por ahí.
Él sonrió de aquella forma seductora capaz de derretir voluntades.
No soy un niño bueno.
Le guiñó un ojo y volvió a acercarse a ella.
—Cuando despiertes —dijo con un brillo perverso en los ojos—, tendrás que correr. Ellos no son de los que dejan vivir. Bienvenida al juego. Acaba de empezar.
—¿Cuando des…?
Y todo se fundió a negro.