Capítulo ocho #2
Una respiración profunda le elevó el pecho, y ella fijó la mirada en los pectorales que se marcaban a través de la estilosa camisa.
Entonces se le relajaron los músculos. Volvió a adoptar la actitud del chico sosegado y arrogante con el que había hablado en el piso de abajo y en la cornisa.
Sin embargo, había visto su otra cara. La faceta salvaje y furiosa, despiadada y primitiva, que se escondía bajo un exterior majestuoso y elegante.
—No podía permitir que llevase a cabo cierta transacción comercial, ya me entiendes. —La miró otra vez Aunque su tono volvía a ser arrogante y burlón, esos ojos mostraban cierta preocupación. Inquietud—. No pensarías que estaba intentando ser caballeroso, ¿verdad?
Ella se aclaró la garganta y se preguntó si tenían la misma expresión en los ojos, si la incertidumbre ante el extraño atractivo, la preocupante atracción magnética se le reflejaba en el rostro, en la mirada.
Sin embargo, mantuvo un tono de voz sereno.
Por lo menos podía controlar esa parte de sí misma.
—Pues un poco, sí. La caballerosidad hace a los hombres más atractivos. Así que sabes abrir cerraduras, ¿eh?
Notaba su mirada recorriéndole la cara.
—No necesito ayuda con lo del atractivo, como bien sabes.
Estoy muy bien desnudo, por cierto, que sé que lo has pensado.
Te lo enseñaré algún día. Sobre esas armas que buscas…
, ¿por qué, por el amor de los dioses, te someterías a «esto» para conseguir armas mediocres?
Yo te puedo proporcionar todo lo que necesites.
—Para empezar, no me has dado tu número. —Hizo una pausa—. ¿Los fae tenéis teléfonos?
—Claro, aunque funcionan de otra manera y son distintos. Vale, no son teléfonos. Son receptores mentales, pero sirven para lo mismo.
—Bueno, pues yo no tengo uno de esos. Y segundo: ¿por qué confiaría en ti para conseguir armas? Está claro que sabes por qué las quiero.
Él chasqueó la lengua.
—Dudo que me mataras, te falta convicción. —Se acercó hasta que la punta del cuchillo le presionó la zona del estómago—. Estás demasiado fascinada por esa sensación tan extraña.
Ella miró esos inquietantes ojos verdes; tenían una intensidad devastadora. La tensión entre ellos la llenaba de placer, un deseo de sentir «más», de una forma más profunda. La inundaba y amenazaba con arrastrarla.
—¿Qué es esta sensación? —murmuró—. ¿Es magia?
La voz de él aún sonaba igual de apagada, y tenía la mirada inquieta.
—No lo sé. Sea lo que sea, no es cosa mía. No tengo el poder de controlar a alguien de esa manera. No tal y como soy. No así.
—¿Tal y como eres?
Él ignoró la pregunta y se inclinó más hacia ella. La punta del cuchillo seguía presionándole, pero ella permitió que él empujara el arma hacia atrás para que se acercase más.
—¿El don de sangre de tus dioses te permite controlar a aquellos a quienes codicias? ¿Es esa «tu» magia, palomita?
Había pasado los últimos cinco años —año arriba, año abajo— estudiando todos los tipos de magia del reino.
Había memorizado todas las facetas de cada uno, cómo cambiaban según el nivel de poder y las mejores formas de combatirlos.
Tenía que saberlo. Era la única forma de sobrevivir en aquel mundo, y aún más dedicándose a lo que se dedicaba.
Había conocido a personas que podían alterar las emociones, incluso de clase cinco, los más poderosos aparte de los semidioses.
Nunca se había sentido así. Sus efectos no eran tan complejos, ni tan absorbentes, ni tan devastadores.
—No —respondió ella, y no se molestó en dar más detalles. Él ya habría oído todo eso dentro de su cabeza. Por lo menos sus habilidades ahorraban tiempo—. Vamos a dejar algo claro: no te deseo, pero, vamos, ni de lejos. Me encantaría deshacerme de esa sensación. ¿Alguna idea de cómo podría hacerlo?
Curvó los labios de forma maliciosa, pero ella no pasó por alto la inquietante frustración que reflejaban sus ojos.
—Entonces igual se trata de una cuestión química. ¿Quién habría pensado que eso sería posible entre un fae y una humana, eh? Si alguien se enterase, se reirían y me echarían de la corte. Qué vergüenza. —La estudió durante un momento—. Parece que la única forma de acabar con esto es matándote.
Ella soltó una risa, ignorando el agradable cosquilleo, el zumbido delirante que sentía en su interior.
Así que se trataba de una carrera hacia la muerte, ¿no?
Porque tenía asuntos pendientes. Estaba esa pequeña cuestión de venganza de hacía años, el intento de ayudar a su rebaño a cruzar la Portalhada y, ahora, este gran inconveniente.
Vaya si tenía asuntos pendientes, y ella misma rellenaría la etiqueta del cadáver.
No había llegado tan lejos y sobrevivido durante tanto tiempo para dejar que un fae arrogante con complejo de Adonis decidiese su destino.
Convicción no le faltaba precisamente. Y, cuando consiguiera esas armas, se lo demostraría.
Una sonrisa suavizó los rasgos de él.
—Bueno, pues —dijo el fae en voz baja—, supongo que ya sabemos cómo es la cosa.
Magia, una broma horrible de los dioses, química y atracción…
En verdad no importa qué esté causando este sentimiento.
Al final, uno de los dos va a matar al otro.
¿Cuál es el dicho humano? ¿«En el amor y en la guerra todo vale»?
Se acercó aún más a ella, y el maldito zumbido se convirtió en una vibración que le recorrió todo el cuerpo. Intentó aferrarse a la lógica antes de que se apoderase de ella, pero él cerró los ojos y dejó escapar un gemido atormentado que sintió en cada centímetro de la piel.
—Aun así, es un verdadero placer, ¿no? Ya que estamos compartiendo secretos…
—Su tono de voz era grave y profundo. Abrió los ojos, que se encontraron con los de ella, ardientes—.
Me ha gustado mucho verte antes. Moviéndote por la sala, manipulando a esa gente con una facilidad fascinante.
Has hecho que ese hombre se moviese con una simple mirada.
Magistral. Tienes un talento nato. Te iría bien en la corte, jugando con la nobleza como si se tratara de marionetas.
Te gustaría, ¿verdad? Te gustaría hacerlos bailar al son de tu música antes de apuñalarlos por la espalda y dejarlos desangrarse delante de todos sus iguales.
—Levantó la mano sin prisa y se la deslizó por el lado del cuello.
El contacto desató una descarga eléctrica que chisporroteó a través de ella.
Le levantó la mandíbula con el pulgar con suavidad y le apartó la cara—.
Te observaría desde mi trono, con la corona torcida como burla a mi propio cargo.
Le costaba respirar con el pecho tan tenso. Le costaba mantener los ojos abiertos.
—¿Tu trono? —preguntó en un hilo de voz.
Él adoptó el mismo tono.
—El Trono de la Obsidiana del reino de los fae oscuros.
¿Lo conoces? Ahora mismo lo gobiernan un rey malvado y su mezquina reina.
Lo van a heredar sus hijos, unos corruptos y estrategas, el azote del reino.
Los Celestiales los ignoran debido a un pacto que jamás debería haberse hecho y que ahora está fuera de control.
Han arruinado ese reino, y el desequilibrio ya empieza a extenderse.
Ha llegado el momento de que alguien más fuerte arranque a esa realeza de su pedestal.
—Y, aun así…, ¿estás intentando reunir poder para cruzar la Portalhada?
—Ha llegado el momento de un nuevo comienzo. Aquí podrías estar a mis pies. Mi preciada mascota. Una reina entre los de tu especie. Encajarías perfectamente en el papel…
Todavía oía el tono burlón en su voz y le maravillaba la naturalidad con la que hablaba de matar a un rey y quedarse con el poder para sí mismo.
Se preguntaba cuánto de todo eso era verdad, si es que algo lo era.
Cuánto de ello eran solo sueños. A pesar de los mitos, los fae podían mentir, incluso a sí mismos.
Él soltó una risa sombría.
—Es cierto —dijo en respuesta a los pensamientos de Daisy, dejando que su aliento cálido le rozase el cuello—.
Todos soñamos, ¿no? Yo, con salir de esta situación asfixiante y humillante, y tú, con encajar algún día.
Con no tener que estar mirando por encima del hombro de forma constante, preocupada por si alguien más fuerte y con más poder, que en tu caso es todo el mundo, termina por expulsarte de esta vida a la que no perteneces.
Veo tus luchas. Siento tu dolor. No soy el único que se miente a sí mismo, ¿no?
Algo oscuro y crudo se abrió dentro de ella.
Nunca había expresado esos pensamientos en voz alta.
Nunca los había dejado salir a la luz. Le repateaba que Zorn pudiese oírlos a través de los comunicadores.
No tenía sentido pensar así. Su familia era mágica; daba igual que ella no lo fuese.
A pesar de su situación, siempre se quedaría con ellos, con peligro o sin él.
Aunque tuviese que mirar constantemente por encima del hombro. Su amor no tenía precio.
Aun así, tenía que reconocer que era agotador estar en guardia siempre. No encajar nunca, ni siquiera en su propia casa. Ser diferente.
—Lo sé —susurró él y, en ese momento, le creyó. De verdad. Notó su propio dolor, su comprensión sincera. A pesar de no haber pronunciado ninguna palabra, se sintió escuchada. Se sintió validada.
Él le dio un beso caliente en la base del cuello, y su cuerpo estalló de placer. Sin querer, se echó hacia delante con el cuchillo. La hoja se le clavó en el costado un par de centímetros. El fae gimió como si aquello fueran los preliminares.
—Equilas, ayúdame —susurró él—. Sabes… divina.
La volvió a besar y le deslizó los labios por el cuello.
Dejó un rastro de calor que le quemaba la piel hasta que los labios de ambos se acercaron, hasta que compartieron el aliento.
Estaban envueltos por el calor y la magia.
El deseo y la atracción, y esa nueva comprensión mutua, aquel extraño paralelismo entre ambos, pesaban en el aire como una tormenta a punto de estallar.