Capítulo ocho
Z orn permanecía en silencio. Lo había escuchado todo, pero no dio la voz de alarma. O necesitaba más información… o había decidido pasar a la acción e ir a buscar al fae él mismo. Fuese cual fuese su plan, ese silencio significaba que debía seguir adelante con la misión.
El objetivo se estaba levantando. Maldijo para sus adentros, pero se dirigió hacia él de todas formas. Todavía podía salvar la situación. «Tenía» que salvarla. Claro que podía encontrar otro momento para reunirse con él, pero viajaba mucho y solía estar ocupado, y a ella se le acababa el tiempo.
—Rutherford —dijo, extendiendo la mano para detenerlo.
Rutherford posó la mirada en ella y le recorrió el cuerpo con ansia. Le brillaban los ojos, pero se puso algo tenso. En un momento de indecisión, volvió a mirar a los hombres con los que había estado sentado, que se estaban marchando. Se suponía que tenía que irse con ellos. «Mierda».
—Rutherford —repitió ella—. Hola. —Le dio la mano para saludarlo mientras le mostraba su mejor sonrisa, tanto tímida como interesada.
Llevaba años practicándola frente al espejo.
Esperaba que escondiese la desesperación que se estaba apoderando de ella ante la aparición del fae—.
Soy Sally, Sally Hawthorn. Querías que nos viésemos.
Rutherford no tenía ni idea de quién era ella en realidad. Zorn prefería mantener a Kieran y Lexi al margen por si se torcía la cosa.
Una sonrisa satisfecha le iluminó la expresión. Él le cogió la mano con suavidad; tenía las palmas sudorosas.
—Sally —dijo este, disfrutando del sabor de su nombre—. Nunca he tratado con alguien tan deslumbrante.
—Gracias —respondió ella con voz dulce, siguiéndole el juego—. Me preguntaba si ahora sería un buen momento para charlar. No te quitaré mucho tiempo. Pensé que podríamos conocernos y ver si existiría la posibilidad de hacer negocios en el futuro.
La sonrisa de él se volvió lasciva. No era buena señal. Tenía que dejar de ser tan encantadora.
—Tengo negocios de los que encargarme, bonita, pero te diré una cosa. —Buscó en la chaqueta y sacó un bolígrafo del bolsillo interior, con el que le escribió un «803» en la muñeca—. ¿Por qué no vienes a verme después?
Ella frunció el ceño al mirar los números. «Puaj». No era, en absoluto, lo que quería hacer.
—Puedo esperarte aquí, si te va mejor —dijo.
La mirada de él se volvió depredadora. Pensó que se enfrentaba a un ratoncito y que tenía el control de la situación.
—El bar cierra, muñeca —mintió—. No sé si terminaré a tiempo. Una cosa te diré… —Le pasó el pulgar por la muñeca—. ¿Por qué no decides si quieres hacer negocios de verdad, eh? Si quieres, pásate por allí.
Intentó guiñar el ojo, pero solo llegó a entrecerrarlo y la dejó allí plantada.
Ella lo siguió con la mirada; sentía un asco brutal.
—Ve a su habitación —le gruñó Zorn en el oído—.
Mátalo, pero no dejes pruebas que incriminen a los semidioses.
Buscaremos su almacén y nos llevaremos lo que necesitemos.
El mundo será un lugar mejor sin asquerosos como él que se aprovechan de su posición para engatusar a mujeres. Se ha metido con la familia equivocada.
Pues vale.
Quiso preguntarle a Zorn por el fae, pero se lo pensó mejor. Estaba en un lugar público y, si alguien oía algo, podría causar pánico o incriminarla. Si Zorn no había dicho nada aún era porque no pensaba hacerlo allí.
Dirigió la vista a la barra y pilló al camarero guapo mirándola, que le sonrió antes de atender a un cliente. Decidió ir para allá; tenía que entretenerse durante una hora y quería descubrir si lo que había dicho el fae era verdad.
Una hora y diez minutos después, salió del ascensor y giró a la derecha, rumbo a la habitación de Rutherford.
El fae tenía razón, maldita sea. El camarero era un mierda.
No tardó en empezar a hablar sobre su desconfianza hacia los chéster.
Luego, de su odio absoluto y, después, de las formas disparatadas en que los trataba.
No lo había dicho de manera explícita, pero, sí, tenía varias muertes a sus espaldas.
Era fácil deducirlo. Habría que ocuparse de él brutalmente, pero no era su cometido en ese momento.
Tenía asuntos más importantes que atender primero.
Llevaba una carpeta de cuero que Rutherford pensaría que contenía papeles para tomar notas, estadísticas, precios o quién sabe qué.
Daba igual. En realidad, contenía armas, algunas especialmente peligrosas.
Las había escondido en un lugar seguro del hotel el día anterior por si algo iba mal.
No era el caso, pero se acercaba bastante.
Quería un cuchillo más grande que el que ya llevaba encima.
Se detuvo ante la puerta y sintió el alma del hombre en la habitación, inmóvil. La estaba esperando.
Llamó a la puerta con suavidad y estuvo a punto de hacer una mueca cuando este le abrió la puerta solo ataviado con el albornoz del hotel. Joder, lo de este tío era increíble. Igual se había pasado con lo de ir de ratoncita. Los pervertidos no eran nada originales.
—Oh… —dijo ella, como si se hubiese sorprendido—. No esperaba…
—No, no. No pasa nada. —Él abrió la puerta de par en par—. He tenido que quitarme el disfraz de pingüino. Me están lavando la ropa en la tintorería. Debería llegar en cualquier momento.
El «disfraz de pingüino» era un esmoquin, que no había llevado, así que lo de la ropa era una trola de mierda. Debía de pensar que era tonta o que estaba desesperada.
—Vale. —Pasó junto a él y no se sorprendió cuando echó el cerrojo de la puerta. Si quería seguir con el papel, tenía que preguntar sobre eso. Es lo que haría una mujer nerviosa en su situación, pero no tenía la energía suficiente para seguir con sus tonterías.
—Entonces… ¿ahí?
Señaló el escritorio del rincón, donde solo había una silla, enarcando las cejas para preguntar dónde se debería sentar.
—No, no hay suficiente espacio. Aquí. —Caminó entre las dos camas, se sentó en una de ellas y le hizo un gesto para que ella se sentase en la otra.
Vaya, esa no la había visto venir. Pensaba que querría que se sentasen en la misma.
—Ah… uf… —Se aclaró la garganta como si se lo estuviese pensando. Después, se sentó con recelo mientras buscaba su portátil por la habitación. Le facilitaría mucho la tarea.
Él se sentó con las piernas separadas, enseñando lo poquito que tenía entre los muslos. Fabuloso. La mirada lasciva indicaba que había sido a propósito: le gustaba exhibirse.
«A la mierda».
Ella dijo algo por lo bajo, fingió sentir vergüenza para que no se pusiese a la defensiva y abrió la carpeta de cuero de forma que él no pudiese ver su contenido.
—Ya hablaremos de eso más tarde… —Él se acercó y le puso una mano en la rodilla.
—¡Oh! —Daisy se levantó y cerró la carpeta de golpe.
Tenía el cuchillo que había sacado presionado contra la espalda, fuera de su campo de visión.
Lo ideal sería hacerlo en la bañera para que fuese más fácil limpiar.
Sin embargo, arrastrarlo hasta allí sería un engorro, por no hablar de que era probable que no tuviese la suficiente fuerza para moverlo.
En situaciones como esa, el mejor método siempre era la sorpresa.
—No, no, tranquila. —La siguió mientras levantaba las manos para acorralarla.
Allí no tenía suficiente capacidad de maniobra. Se escurrió sin dificultad, pero aminoró el paso cuando estuvo cerca de la pared. Esto estaba mucho mejor.
Rutherford fue rápidamente tras ella.
—Sssh, sssh —dijo este, como si tratase con un gato asustado—. No te haré daño.
Ya se lo había hecho. El matojo de su ingle ya le había quemado las retinas.
Rutherford se abalanzó sobre ella. Daisy dejó caer la carpeta con el cuchillo en la mano, inclinó el cuerpo y consiguió estabilizarse antes de que…
El cuerpo de Rutherford salió volando por los aires como un muñeco de trapo.
La cabeza se estrelló contra la pared y dejó manchurrones rojos en la superficie blanca.
El cuerpo se estampó contra la mesita de noche al caer.
Se desplomó en el suelo, en silencio y sin moverse.
Era bastante probable que no se volviese a levantar.
A Daisy se le cortó la respiración. Tenía al fae de pie frente a ella con una expresión de rabia carnal que deformaba su apuesto rostro.
El poder crepitaba y chisporroteaba a su alrededor, pero no la tocaba.
Le recorrió el cuerpo con la mirada. No fue un gesto sexual, parecía buscar marcas de manos.
—Mi, mi… —Se le notaba la rabia en la voz—. ¿Qué está haciendo mi palomita aquí, con una escoria como esta?
Ella tragó el nudo que tenía en la garganta mientras la invadía el calor causado por su furia y su poder.
Tenía la camisa remangada y se había quitado la chaqueta, lo que le dejaba al descubierto los antebrazos.
Eran musculosos y con las venas marcadas, fuertes, como el resto del cuerpo. La miró a los ojos, buscando algo.
Ella no dijo nada. Se dio cuenta de que no podía. En realidad, no le hacía falta expresar sus pensamientos en alto. No con él.
La ira que le nublaba los rasgos desapareció. La comprensión le inundó los ojos, pero se quedó quieto, tenso, mientras seguía mirándola. Inclinó la cabeza y, por un instante, pareció que estaba completamente perdido.
Parpadeó y miró de nuevo a Rutherford con el ceño fruncido. Tenía el albornoz abierto; volvió a invadirla una oleada de horror al contemplar aquello otra vez.
—Lo siento —masculló el fae a la vez que gesticulaba con la mano. Una tela azul apareció ondeando de repente y cubrió al hombre. Se le entrecortó la respiración, como si se hubiese dado cuenta de algo—. Por interrumpir, quiero decir.