Capítulo siete #2
Su concentración se fue al garete. Sintió como si se le hubiera helado la sangre.
La conmoción, la sorpresa, el deleite y el miedo se agolpaban en su interior por turnos.
El aire brillaba en una familiar y hermosa gama de tonos dorados, mandarinas y rosas, con toques violetas y cerúleos que le recordaron el cielo al anochecer.
Destellaba y resplandecía de una manera fascinante.
Era tan obvio… y, sin embargo, nadie más en la sala lo percibía.
La adrenalina le recorrió el cuerpo.
Como si percibiera que lo habían descubierto, el chisporroteo de colores se disipó y apareció un fae tan atractivo que rayaba lo incómodo, enfundado en un traje a medida que realzaba su increíble físico.
Llevaba el pelo suelto y revuelto, lo que de algún modo hacía que su rostro, algo severo y cincelado, desprendiera una elegancia asombrosa.
También ocultaba sus peculiares orejas de otro mundo.
Ninguno de los presentes sabría qué era en realidad.
Su porte era regio de un modo que nadie podía igualar, al igual que su ropa.
La forma en que la lucía derrochaba una sofisticación que los demás intentaban aparentar.
Pequeñas gotas de sudor perlaron la frente de Daisy. El fae no debería estar allí. No había nada que pudiera interesarle.
A menos que la buscara a ella.
Los labios perfectos del fae se curvaron en una irresistible sonrisa. Una sonrisa de bienvenida. Ella notó frío en la boca del estómago.
—Hola. —Un hombre diez años mayor que ella desvió su atención un momento al acercarse con una sonrisa pícara—. Soy Andy. Veo que ya tienes una copa, así que supongo que no necesitas que te invite a una. —Se rio—. ¿Vienes a menudo a este tipo de eventos?
De repente, sintió que la fuerza de la presencia del fae se abalanzaba sobre ella.
Su potente magia salvaje se enroscó a su alrededor, con un olor parecido al de la tierra recién removida a la espera de una semilla.
Una corriente le erizó la piel y vibró en su interior.
El ambiente se tensó ante aquella oscura amenaza.
—No le llegas ni a la suela del zapato, Andy. —El fae los alcanzó con toda la arrogancia de la nobleza. Bajó la voz hasta convertirse en un gruñido feroz—: No vuelvas a dirigirle la palabra o te haré desaparecer de este reino. Largo.
La magia que los rodeaba se intensificó de manera retorcida y violenta. Penetró en la piel de Andy, se deslizó por su rostro y le arañó la garganta mediante sombrías ráfagas de aire que ejecutaban las órdenes no pronunciadas de su amo.
El terror relajó las facciones del hombre. El vino se derramó de la copa que ahora le temblaba entre los dedos.
—Lo siento, señor —se apresuró a decir mientras daba un paso atrás—. Tiene razón. Ya lo sa-sabía. Lo si-siento. No volverá a ocurrir. Perdóneme.
Hizo una reverencia antes de darse la vuelta y casi echar a correr en dirección contraria. Casi al mismo tiempo, la magia se atenuó levemente y pasó de aquella nube oscura y ominosa a los vibrantes y hermosos colores del amanecer. Ahora eran juguetones cuando hacía poco habían sido traicioneros.
—Eso ha sido pasarse —dijo Daisy—. No iba con malas intenciones.
El fae chasqueó la lengua.
—Y no le ha pasado nada malo. No agradecías sus insinuaciones; te lo he visto en cada línea de tu cuerpo. Me he limitado a facilitarle una retirada rápida.
Daisy arqueó una ceja y toda la preocupación y la ansiedad de hacía apenas un segundo se desvanecieron por completo.
Era como si, cuando estaba cerca de él, perdiera la capacidad de sentir miedo.
No tenía que esforzarse por mantener la calma en una situación delicada.
El efecto tenía que ser fruto de su magia, pero no le parecía impuesto.
La gente miraba en su dirección, inclinando el cuerpo para verlo mejor. Era probable que los hombres pensaran que era dueño de una gran fortuna y las mujeres debían querer ver qué escondía debajo del traje.
—Pero es evidente que mis insinuaciones sí son muy bien recibidas.
—La sonrisa del fae suavizó la dureza de sus facciones hasta dejarla sin aliento—.
Hola, palomita. ¿Me has echado de menos?
—preguntó en un profundo murmullo. Le bajó la mirada por la ropa, sin detenerse en ningún sitio en particular—.
Estás preciosa. Muy bien arreglada. Hacemos una pareja muy atractiva.
—Salvo por el detallito de que… no somos pareja.
Él dio un paso hacia ella. Su aroma de otro mundo invadió los sentidos de Daisy y la sensación de su presencia le acarició la piel. Su calor derritió el hielo que se le había formado en la boca del estómago. Su voz bajó de tono, íntima, pronunciada solo para sus oídos.
—Imagínate lo que fue verte cruzar el salón. Me quedé fascinado. Te has adaptado a cada situación con una facilidad fascinante. Eres toda una experta. Estoy impresionado. Casi trabajas con tanto ahínco como yo.
—¿Casi?
—Sí. Para ti es fácil existir en este mundo. Yo tengo que escabullirme, robar y matar para llevar a cabo mis asuntos aquí. Pero merece la pena cada vez que alcanzo a ver tu frágil belleza. Como una paloma de porcelana en manos de un niño ansioso.
—Soy cualquier cosa menos frágil.
Este esbozó una sonrisa perversa.
—Ya lo veremos. —Se inclinó un poco más hacia ella y tomó aire con fuerza—.
Que Equilas me ayude —murmuró, como si invocara a uno de sus dioses, un nombre que Daisy no conocía—.
Me muero de ganas de comprobar si sabes tan bien como hueles.
He echado de menos la sensación de tu presencia. Sueño contigo.
Las palabras de él se deslizaron pecaminosamente por su piel. Ella reprimió una respuesta, sin querer admitir que sentía justo lo mismo.
—Ahora dime, ¿qué haces aquí? —susurró él. Su aliento le rozó la piel acalorada.
—Todo el mundo nos mira.
—¿Cómo no van a mirar si somos la pareja más interesante de la sala? ¿A qué has venido?
Ella intentó pensar en alguna canción para bloquear la respuesta, pero no hacía falta que se molestara.
No conseguía formar pensamiento alguno porque su cercanía le nublaba la mente.
Por culpa de aquellas yemas fantasmales rozándole las caderas.
Por culpa de su presencia, que parecía ahuyentar al resto del mundo.
—Mmm. —El sonido vibró en el pecho del fae—. Qué efecto tan curioso. —Hizo una pausa—. Debería apartarme para obtener una respuesta, ¿no? —Inhaló su aroma—. Pero la verdad es que no me importa lo suficiente para hacerlo.
—¿Por qué estás aquí? —contraatacó ella, sin apartarse tampoco.
Siempre afirmaría que era para proteger sus pensamientos.
Ese motivo era mejor que la alternativa.
Parecía que, cada vez que estaba cerca de él, jugaba con fuego.
Bailaba entre las llamas. Él representaba más peligro del que ella había conocido jamás —del que el mundo había conocido jamás—, pero la gravedad del asunto, la realidad de la situación, nunca parecía calar hondo.
Iba por un camino autodestructivo. Era una pasajera en el tren de las malas decisiones, como diría Bria. «Próxima parada: el desastre absoluto».
—Para verte, por supuesto —respondió este como si tal cosa, en tono burlón.
—¿Ese es el verdadero motivo?
Su oscura risita le recorrió la espalda como un escalofrío.
—En parte. Me gusta mezclar los negocios con el placer.
Eso es lo que hacías tú antes, ¿no? ¿Con ese apuesto camarero?
Yo no quedaría con él en un callejón oscuro, si fuera tú.
Le gusta cazar a los no mágicos, a los chéster, como tú, y matarlos por diversión.
Lo más seguro es que piense que tienes magia, pero no quieres que descubra lo contrario.
Fue como si le hubieran echado un jarro de agua fría. Se apartó mientras trataba de discernir si le decía la verdad. Su sonrisa astuta hizo que entrecerrara los ojos.
Él se encogió de hombros con gran sutileza.
—Puedes creerme o no, tú misma, pero yo que tú me llevaría el cuchillo que ahora mismo escondes en esos elegantes pantalones si quedas con él para tomar la última copa. Recuerdo que se te daba bastante bien usarlo. A menos que quieras que lo mate por ti. Sería un placer. Solo tienes que pedirlo.
Ella se tensó; sentía la necesidad de mirar hacia la barra.
En ese momento, el fae le tomó la mano para atraer su atención de nuevo hacia él.
Hizo una elegante reverencia y le dio un fugaz beso en los nudillos.
El movimiento fue grácil y cortés, anticuado y extrañamente sensual.
El roce de sus fríos labios contra la piel sonrojada hizo que le flaquearan las rodillas.
Se quedó paralizada mientras en su interior estallaba un torbellino de mariposas.
El fae retrocedió.
—No te acomodes demasiado, palomita. Nos vemos pronto.
Le dedicó una sonrisa abrasadora y salió de la sala sin prisa.
Ella no le quitó los ojos de encima. Igual que muchos otros.
No era solo su aspecto lo que llamaba la atención, sino su carisma.
Su sofisticada indiferencia. Irradiaba importancia, desde su porte hasta la forma en que no se dignaba a fijarse en nadie con quien se cruzaba, como si no fueran nada.
Ella había intentado adoptar el mismo aire antes, pero se había quedado en un triste intento.
Sintió tal alivio al verlo marchar que dejó caer un poco los hombros. El aire se escapó de sus pulmones. Ni la había secuestrado ni había interceptado a Rutherford. Fuera cual fuera el motivo de su presencia, no era ella. Todavía tenía tiempo. Aunque no mucho.
Necesitaba esas armas. Ya.
Tras recomponerse y darse la vuelta, volvió a fijar la vista en su objetivo y esperó que aquella distracción no hubiera echado por tierra todos sus planes.
Una idea se abrió paso en su mente.
«Nos vemos pronto».