Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo siete
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Capítulo siete

E l acto benéfico se celebraba en The Gala, un hotel elegante y prestigioso situado en una zona privilegiada del centro de la ciudad.

La magnificencia del edificio se apreciaba ya desde el final de la calle, con las luces colocadas con astucia para iluminar la lujosa fachada.

Arbustos podados y cuidados a la perfección bordeaban el amplio camino circular de la entrada.

La limusina se detuvo con suavidad en la alfombra roja y una oleada de expectación inundó a Daisy.

Había llegado el momento de brillar. Su vida la había conducido a aquello, la había moldeado a presión para que el resultado reluciera como un diamante. Luego había entrenado. Vaya si había entrenado. Estaba lista para eso.

Joder, de verdad esperaba estar lista para eso.

Los nervios le revolvieron el estómago al cruzar la mirada con Zorn.

Este estaba sentado cerca de la ventanilla que separaba la parte trasera del vehículo.

Ella se tocó el discreto auricular de la oreja izquierda.

Zorn pulsó un botón en su teléfono, que emitió un pequeño pitido. Estaba transmitiendo.

Daisy asintió antes de tocarse el dispositivo de localización cosido en la cinturilla del pantalón.

Él le devolvió el asentimiento. Encendido y rastreando.

El botón del pánico estaba cosido en el otro lado.

Esperó a que él pulsara unos botones en su teléfono antes de tocarlo.

Zorn asintió de nuevo. Todo estaba operativo. Estaba cubierta, por si acaso.

La limusina se detuvo entre los cordones de terciopelo rojo. Zorn la observó en silencio mientras el portero que estaba en la acera se acercaba a su puerta. Ninguna emoción asomó a su rostro.

—Ten cuidado —murmuró él.

Ella inclinó la cabeza.

«Lo tendré».

El evento incluía un menú de cinco platos en el prestigioso restaurante del hotel.

Esperaba haber terminado sus asuntos para entonces.

Durante los últimos años, se había mantenido al margen cuando asistía a estas cosas con los semidioses y su tribu.

Como no era importante, rara vez se fijaban en ella cuando estaban presentes, y no tenía interés alguno en quedarse el tiempo suficiente como para que la gente averiguara quién era.

Se acercó al inmenso salón del vestíbulo del hotel.

Una obra maestra de mármol en forma de barra de bar ocupaba la esquina trasera izquierda.

Habría tres camareros ocupados preparando copas o tomando nota de los pedidos.

Los invitados estaban sentados o de pie, charlando o riendo, mientras miraban a su alrededor para ver con quién más querían hablar.

La suave melodía de la música en directo flotaba entre las palabras y las carcajadas ocasionales.

Daisy se coló entre dos hombres bien vestidos sin dedicarles ni una mirada. Buscó la barra, encontró un rincón y dejó vagar la mirada. El camarero, un chico atractivo unos años mayor que ella, con una sonrisa sexy y un hoyuelo muy mono, se acercó.

—Hola, preciosa. ¿Qué te pongo? —preguntó con soltura. Estaba acostumbrado a gustar.

—Un martini sucio, dos aceitunas y tal vez tu número para luego. —Le sostuvo la mirada antes de permitirse sonreír.

A él le brillaron los ojos.

—Marchando.

Mientras se alejaba, esbozó una sonrisa genuina. Si alguna vez necesitaba con urgencia la atención de un camarero, la tendría.

Cuerpos enfundados en vestidos carísimos o trajes a medida, algunos resplandecientes por las joyas, se movían y desplazaban por el salón. Oteó a la multitud sin encontrar a quien buscaba.

—Aquí tienes. —El camarero volvió y dejó la bebida sobre una servilleta del bar. Vio los números que asomaban por debajo de la base del vaso. El chico le guiñó un ojo—. Invita la casa.

Daisy acentuó su sonrisa sensual.

—Luego te doy la propina.

Él le devolvió el gesto con la misma intensidad.

—La estaré esperando. —Dicho esto, se dio la vuelta para atender al siguiente cliente.

La verdad es que podría animarse. Hacía más de seis meses que no salía con nadie.

Que no sentía el contacto de otra persona.

Su mente se desviaba una y otra vez adonde no debía.

A unos deslumbrantes ojos verdes y a una sonrisa cargada de malicia.

A la descarga de adrenalina y pasión que acompañaba su mera presencia.

No era sano sentirse así, ni recordar cada uno de sus roces con todo lujo de detalles.

No le hacía ninguna gracia. Pero ese camarero era…

mono. Una buena distracción. Con un poco de suerte.

Avanzó entre la multitud con la intención de proyectar un aire de superioridad.

Llevaba la barbilla alzada y sostenía la bebida algo apartada de su cuerpo para exhibir su figura.

Su expresión altiva insinuaba ego y suficiencia; su intención era parecer una criaturita frágil que no se esforzaba mucho en ocultar su vulnerabilidad subyacente.

Con la mano libre, jugueteaba con el dobladillo de la americana para reforzar esa imagen, acentuada por su evidente juventud.

Casi en la otra punta de la sala, vio al hombre con el que debía reunirse.

Rutherford. Estaba acomodado en uno de los rincones del salón, sentado en una mullida butaca.

Había dos hombres aposentados frente a él, uno con un anillo de oro muy hortera en el meñique y el otro con un traje a punto de reventar debajo de sus prominentes músculos.

Al parecer, la suya no era la única reunión de la noche. Mierda.

Modificó su trayectoria, dispuesta a llamar la atención de Rutherford con su aspecto. Eso la ayudaría a hacerse notar cuando se acercara a él.

Antes de que pudiera avanzar, un hombre se interpuso en su camino.

Llevaba el pelo cano bien peinado y le caía sobre la frente con aire canalla.

Esbozaba una sonrisa arrogante y se le marcaban unas arruguitas en las comisuras de los ojos, lo que dejaba a la vista una piel pálida bajo un bronceado evidente.

Mientras, la recorría con la mirada con un interés indudable.

Conocía a los de su calaña. Rico, poderoso, importante, poco acostumbrado a escuchar la palabra «no» y aún menos dispuesto a aceptarla.

No le intimidaba que hubiera una diferencia de edad de veinte años y era muy probable que su aparente fragilidad incluso le excitase.

Se cruzaba con gente así con demasiada frecuencia.

Siempre le provocaba cierta incomodidad, lo que a su vez la volvía violenta.

Sin embargo, ahora no era el momento para ninguna de las dos cosas.

—Hola —dijo él, aprovechando su tamaño para encorvarse sobre ella y acorralarla en su campo de visión.

Ella le sostuvo la mirada… y dejó que la confianza volviera a traslucirse en sus ojos. Era consciente de que la violencia acechaba a través de ese brillo. Era una advertencia.

La sonrisa de él se fue apagando y la incertidumbre reemplazó a la determinación.

Daisy se detuvo frente a él, ansiando sacar el pequeño cuchillo escondido en la parte interior de la cinturilla.

Esa intención seguramente se reflejaba en la ligera sonrisa desequilibrada que curvaba sus labios.

No todas las criaturas con aspecto de muñeca eran buenos juguetes; algunas cobraban vida en mitad de la noche y te mataban mientras dormías.

El hombre abrió los ojos de par en par y su postura se volvió rígida. Ella enarcó la ceja derecha con lentitud, preguntándole en silencio qué hacía en su camino. Zorn era un maestro en esa expresión, y ella intentó transmitir tanta hostilidad como lo habría hecho él.

—Pe-perdone —tartamudeó el hombre antes de carraspear. Y le faltó tiempo para largarse.

Vaya. Había sido más fácil de lo que esperaba.

¿La habría reconocido… o solo había visto su locura?

Daisy era el tipo de mujer que, cuando ponía los pies en el suelo por la mañana, el diablo decía: «Oh, mierda, ya se ha levantado».

Había leído esa frase en una taza una vez y nunca había olvidado la analogía. Le encajaba a la perfección.

La gente comenzó a apartarse a su paso. Continuó caminando de forma seductora, manteniendo un paso lento con la esperanza de que su objetivo levantara la vista.

El hombre se inclinaba hacia delante en su butaca y gesticulaba hacia los hombres con los que hablaba.

Los hombres se mantenían erguidos, dejando claro que ellos tenían el control de la situación.

Bien. Para captar la atención de Rutherford, lo único que tendría que hacer sería devolverle esa sensación de control, una ilusión fácil de crear.

La arrogancia de Daisy desapareció de su expresión y de su postura.

El ego también se esfumó. La vulnerabilidad se convirtió en una sofisticación dócil: una joven con dinero, de voz suave y actitud reservada, ansiosa por agradar y por dejarse guiar.

Por eso tardaban tanto en reconocerla en público.

Su cara podía ser la misma, pero las circunstancias cambiaban todo lo demás en ella.

Podía parecer una persona muy distinta en un abrir y cerrar de ojos. Amber la había enseñado bien.

El hombre se recostó mientras apartaba la mirada de los otros con irritación.

Y entonces la vio. Su mirada pasó de largo un momento y luego volvió a ella de golpe.

La repasó de arriba abajo y se prendió una chispa de interés.

Cuando por fin se fijó en sus ojos, ella se estaba mordiendo el labio y esbozaba una sonrisilla.

Su atención se desvió de los hombres de inmediato, como si se hubieran levantado y hubieran salido de la sala.

Incluso a escasos metros de distancia, ella seguía siendo el centro de atención de su objetivo, al que le brillaban los ojos.

Apartarlo de los demás no supondría ningún problema.

Le dedicó una sonrisa a modo de saludo cuando un extraño destello le llamó la atención por el rabillo del ojo.