Capítulo seis #4
—Pero ¿amiga… especial? —Donovan estaba delante de los fogones con Jack y lo miró por encima del hombro con una sonrisa radiante.
Zorn estaba sentado a la mesa de espaldas a la ventana. En diagonal, al fondo, estaban el semidiós de Poseidón, cogobernante del San Francisco Mágico y figura política de peso en el mundo sobrenatural. Kieran.
Tenía el poder de cambiar las mareas y controlar enormes cantidades de agua y el aire bajo el cual se movía.
Podía generar nubes y manipular el clima.
El dolor que provocaba su magia podía matar, y lo había hecho.
El poder de aquel hombre tenía literalmente una resaca mortal.
Su abuelo había sido un dios real, colocado en este mundo por los antiguos dioses para gobernar a los humanos, un grupo fácil de manejar comparado con lo que había en las tierras salvajes.
Estaba sentado al final de la mesa con una camiseta blanca, el pelo alborotado y unos vaqueros desgastados. Solo su familia lo veía así. Era el único lugar donde estaba relajado y se permitía ser él mismo.
—Terrible clima el de hoy, semidiós Kieran —dijo Daisy al detenerse junto a Boman—. ¿Hoy no te apetecía que el día fuera bonito?
Kieran se encogió de hombros. Se atisbaba una leve sonrisa en las comisuras de sus labios.
—Lo cierto es que no. Hoy es mi día libre.
La mitad de los chicos en la cocina soltaron una risotada.
—Creo que tengo quemaduras por la niebla —murmuró Bria.
—No, no, no. —Lexi agarró la parte de atrás de la camiseta de Mordecai cuando este intentó escabullirse de la cocina—. Ni hablar. ¿Quién es esta chica, quiero decir, mujer? Quiero saber más. ¡Estoy superemocionada por ti!
Los tacones de Daisy repiquetearon sobre los azulejos del suelo.
Se detuvo detrás de Henry, el señor Encantador.
Su condición de reflector de nivel cinco no era lo que lo convertía en una pieza clave del grupo.
Lo realmente excepcional eran sus dotes para el espionaje y la obtención de información.
Entre él y Zorn, los papeles se extendían por toda la mesa.
En el portátil de Henry había imágenes grotescas que Daisy ya había visto.
La pequeña pluma de paloma reposaba sobre el pecho destrozado de la víctima.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Fue Amber quien respondió, desde el rincón más alejado:
—Otra muerte, como ya sabes. —Levantó una ceja bien perfilada hacia Daisy—.
Por poco no me doy cuenta de que husmeabas en mis archivos.
Si no hubiera estado usando el portátil en ese momento, ni me habría enterado.
Tienes que esperar a que el objetivo deje de usar aquello que quieres antes de intentar colarte entre sus defensas. ¿Cómo conseguiste mis contraseñas?
—Siendo sigilosa —respondió Daisy, imitando su expresión—. Aunque, mientras me expulsabas tan hábilmente y me bloqueabas el acceso, conseguí lo que de verdad había ido a buscar. Pero gracias por la charla motivacional, entrenadora.
Amber entornó un poco los ojos. Apenas se notó el leve movimiento de su cabeza. Aquella mujer no solía mostrar sus emociones. Y, cuando lo hacía, significaba que algo la había descolocado.
—¡Uf, ahí te ha dado! —dijo Jack con ganas, abriendo los brazos mientras cocinaba—. Gremlin, uno. Amber, ochocientos sesenta y tres.
—Acabas de cargarte su momento, hermano —terció Donovan entre risas—. Te la va a devolver.
—Me encantan los gremlins enfadados. —La carcajada de Jack resonó por toda la cocina.
Daisy había conseguido el código del garaje de la residencia secreta de Amber. Ahora tenía que pensar en cómo usar esa información para ponerla nerviosa. Ese tipo de juegos los obligaban a no bajar la guardia. Además, eran divertidos. Daisy se había convertido casi en una experta.
Zorn, vestido de negro de pies a cabeza, sonrió con suficiencia mientras se ponía de pie. Eso significaba que Daisy lo había hecho bien.
—Es hora de irnos.
Cogió un par de guantes de la mesa. Iba a acompañarla en la limusina antes de cambiar al coche que había dejado cerca del lugar del evento. Se quedaría ahí esperando por si algo salía mal. Con suerte, no tendría que esperar mucho.
—¡Tened cuidado! —gritó Lexi mientras Daisy seguía a Zorn hasta la puerta.
—No corráis riesgos —añadió Kieran con sus intensos ojos azules llenos de preocupación.
—Todo controlado —anunció Daisy mirando a los allí presentes.
Los chicos silbaron y vitorearon, y ella sintió ese cálido sentimiento de familia.
Le encantaban ese lugar y esa gente. Le encantaba cuando todos se reunían para cenar y celebrar lo unidos que estaban.
Sobre todo, le encantaba que pudieran hacerle un hueco en sus apretadas agendas para apoyarla.
Esta era su segunda misión prácticamente en solitario, y todos estaban allí para animarla. Eso significaba muchísimo para ella.
Ahora solo esperaba que todo lo que le había dicho a Lexi hacía unos minutos fuera cierto. Esperaba que el fae tuviera otras cosas que hacer esa noche, como quedarse en su propio reino, muy lejos de ella.