Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo seis #2
21%

Capítulo seis #2

Daisy sonrió porque esa puerta era obra suya.

Le gustaba saber cuándo entraba y salía.

Mordecai tenía la mala costumbre de poner la oreja cuando ella hablaba con alguien y andaba demasiado distraída como para darse cuenta.

Se preocupaba por ella, lo que lo hacía adorable, pero luego se chivaba, y eso la ponía de muy mala leche.

La última vez casi consiguió que la apartaran de aquella misión. Todavía estaba cabreada.

Por eso se quedó esperando con la mano en el pomo. Oyó sus pasos amortiguados por la lujosa moqueta color crema del pasillo, en dirección a las escaleras. Justo cuando pasaba por delante de la puerta, esta se abrió de golpe y salió disparada.

—¡Grrr! —exclamó Daisy con las manos levantadas.

Él dio un respingo con un chillido agudo y extendió el puño hacia ella, en un impulso motivado por el susto.

Daisy se echó a reír y le apartó la mano. Era superpredecible.

—¡Joder, Daisy! —exclamó—. ¡No me gusta nada que hagas eso!

—Lo sé. —Le dio un empujoncito en el hombro para obligarlo a seguir andando—. Y a mí tampoco que tú escuches a escondidas.

—Madura un poquito, anda. —Siguió caminando; su gran envergadura la hacía empequeñecer.

De chaval, cuando vivían en la diminuta casa de Lexi, era flacucho y siempre estaba enfermo.

Padecía la enfermedad de Moonmoth, un trastorno en el que su parte no mágica luchaba contra la mágica.

Como no podían permitirse el tratamiento tan caro que necesitaba, vivió durante años con un dolor constante.

Estuvieron a punto de perderlo varias veces, y se dedicaban a robar y rebuscar como podían para pagar lo único que lo mantenía con vida.

Cuando Kieran consiguió por fin el tratamiento que le salvó la vida, se desarrolló y se convirtió en el metamorfo que siempre había estado destinado a ser.

Ahora medía casi metro noventa, era musculoso y un luchador feroz.

Pero también descendía de alfas, de líderes, así que era sensato, justo, inteligente y optimista.

Siempre veía lo bueno en los demás. Era algo desconcertante.

—Solo soy un año menor que tú, capullo. —Ella lo empujó otra vez.

—Le diré a Lexi que has dicho palabrotas. —Se giró para devolverle el golpe, pero ella forcejeó con él para impedírselo.

Según el «acuerdo» entre Lexi y Daisy, en el que esta última no tenía ni voz ni voto, Lexi podía darle un puñetazo en la cara cada vez que soltara algún taco.

Todo empezó cuando Daisy tenía quince años o así, porque, al parecer, era demasiado joven para insultar, y el trato se había mantenido porque Mordecai era un santurrón.

Él nunca decía palabrotas. Jamás. Era la hostia de raro.

—¿Quieres parar ya? Me vas a despeinar. —Le apartó el brazo de un manotazo.

—Mejor. Así puedo impedir que vayas.

Daisy puso cara de fastidio.

—Pues yo le diré a Lexi que usas un nombre falso y que sales en secreto con alguien de fuera de nuestro círculo social porque te avergüenza tu familia.

Él se quedó inmóvil en lo alto de la escalera.

Había conseguido aquel vídeo de disculpa que Daisy le había «pedido» a Ava con suma amabilidad y, por suerte, se había olvidado de ella.

Ahora había conocido a una chica no mágica que no tenía ni idea de quién era él.

Bria, su amiga, le había creado una identidad chéster falsa y él fingía ser un humano corriente y no mágico para tener una oportunidad de vivir una relación normal.

Daisy había investigado el asunto a fondo. La chica era mona, simpática, no procedía de una familia rica y parecía bastante normal. Mordecai estaba en buenas manos.

—Deja de meterte en mi vida amorosa —farfulló este, cortándole el paso en la escalera.

—No me meto en tu vida amorosa. No tengo nada que ver con tus escarceos secretos. Pero puede que así entiendas lo que se siente cuando la gente mete las narices donde no la llaman, ¿no? Apártate, anda. —Lo empujó para dejarle claro el mensaje.

Él se mantuvo firme.

—Alguien tiene que controlarte. Sé que el tipo de esta noche trafica con antigüedades, Daisy.

Es peligroso que quedes con él a solas. Solo tienes diecinueve años.

No deberías hacer lo mismo que Zorn y Amber; ellos tienen más experiencia que tú y, además, son mágicos.

Poderosos. Y tú no. Solo por vivir en este territorio ya estás en peligro.

No deberías empeorar las cosas tratando con gente peligrosa.

Daisy se empezó a enfadar. Zorn había intensificado el entrenamiento a raíz de lo del fae y la llevaba al límite. Lo necesitaba si quería sobrevivir a lo que fuera que aquel fae le tuviera preparado, pero la preocupación de Mordecai por ella se había disparado y se había vuelto asfixiante.

—Sé lo que soy —murmuró ella entre dientes—. Sé a lo que me enfrento. No quiero que me hagas de madre. ¡Y, ahora, apártate! —Apoyó las manos en la ancha espalda de Mordecai, dejó caer todo su peso sobre él y lo empujó.

Este se precipitó de cabeza, pero las piernas quedaron flotando tras él.

Se agarró a la barandilla con un grito de susto mientras caía.

Se golpeó el costado contra los escalones enmoquetados y, por tanto, un poco más blandos, y rebotó.

Las piernas intentaron pasar por encima.

Se encogió todo lo que pudo. La espalda chocó con la barandilla mientras su cuerpo seguía rodando y rebotando escaleras abajo.

No era la primera vez que le pasaba. La mejor había sido aquella vez que él estaba medio dormido y ella le preparó una trampa.

Daisy bajó tras él mientras se reía entre dientes por su torpe caída.

Él llegó al final de la escalera y quedó despatarrado bocabajo. En un segundo, se levantó y se giró hacia ella. Tenía los puños apretados y los músculos de los brazos tensos. La miró con furia.

—¿Qué ha pasado?

Lexi apareció corriendo desde la esquina con el ceño fruncido en señal de preocupación.

Vestía unas mallas negras y uno de los jerséis de lana de Kieran que le quedaba holgado sobre su atlética figura.

Llevaba el pelo rubio y con mechas oscuras recogido en una coleta desenfadada.

Por lo visto, pensaba quedarse en casa esa noche.

Vivir en una urbanización privada tenía ciertas ventajas en cuanto a la privacidad.

Lexi evaluó la escena y el susto dio paso al recelo.

—Daisy —dijo con un tono inquietante—, ¿qué has hecho?

—¿Yo? —Daisy parpadeó haciéndose la inocente—. Nada. No soy yo la que anda guardando secretitos.

Mordecai enarcó las cejas en un gesto que prometía venganza. Ella le sostuvo la mirada, desafiante.

—No ha pasado nada —farfulló Mordecai—. Me he tropezado, pero estoy bien.

Lexi miró a Daisy con el ceño fruncido.

—No provoques a tu hermano.

Daisy se paró y levantó las manos.

—¿Qué he hecho yo? Se ha tropezado, lo he visto perfectamente.

—¿Porque tu pie y su tobillo se han rozado sin querer?

—No. —No era mentira.

La mirada inexpresiva de Lexi indicaba que algo raro estaba pasando. Solo le sacaba diez años a Mordecai y, probablemente, fuera menos madura que él. A esas alturas, hasta alguien de ochenta años lo sería.

—¿Seguro que quieres liderar hoy? —preguntó Lexi con calma—. Sé que todos confiáis en el plan, pero pueden torcerse muchas cosas.

Una expresión petulante se asomó al rostro de Mordecai, que se cruzó de brazos en plan «Te lo dije».

Daisy suspiró e intentó contener la frustración, tanto por las dudas constantes como por su falta de magia.

No podía culparlos: a fin de cuentas, ella era el eslabón débil de la familia.

Una carga. Todos se preocupaban por ella porque no encajaba en ese mundo.

No tenía las herramientas que ellos sí tenían para poder sobrevivir.

Pero llevaba años dejándose la piel entrenando, joder.

Desde que se había mudado a la zona mágica, había estado estudiando sin descanso, aprendiendo sobre todos los tipos de magia, su funcionamiento y cuáles eran sus puntos débiles.

Estaba en desventaja, pero no le faltaban fuerzas. No estaba en absoluto indefensa.

Aun así, suavizó la reacción. Lexi y Mordecai estaban preocupados, y no les iba a echar la bronca por eso. No había mucha gente que se preocupara así por ella.

—Lo tenemos todo planeado, ¿no? —dijo mientras llegaba al final de la escalera—.

Es un acto benéfico con muchos testigos influyentes.

Aunque algo saliera mal, habrá seguridad.

Pero nada va a salir mal, porque solo voy a contactar y a hablar.

No vamos a intercambiar mercancía ni dinero.

Es una reunión, punto pelota. —Pasó al lado de Mordecai—. Si me permitís…

Este la empujó.

—No, no te lo permitimos.

—Mordecai, no empujes a tu hermana —lo regañó Lexi.

—No, no. Adelante, Mordecai. —Daisy le enseñó los dientes, un gesto agresivo típico de los metamorfos—. Venga, va, a ver cómo te sale la jugada.

—¿Podéis dejar de pelearos de una vez? —Lexi levantó una mano para parar a Daisy—. Sé que puede que no pase nada y que todo está planeado, pero no veo por qué no puede encargarse Amber. Ella es la más indicada en este caso.

No estaban preocupados por la reunión ni por su contacto.

El tipo era un reflector de nivel uno, como Henry lo era de su tribu, pero con muy poco poder.

Su magia devolvía cualquier ataque hacia quien lo lanzara: si alguien disparaba ácido, este lo reflejaba de vuelta.

Como ella no tenía magia que reflejar, el tipo no era más que un hombre normal ante ella, uno con mucho menos entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo.

En lo que a él respectaba, ella tenía ventaja.

No, lo que los preocupaba era que el fae apareciera de repente y dejara una pluma de paloma sobre el cadáver ensangrentado de Daisy. Sin las armas «adecuadas», ella no podría defenderse.