Capítulo seis
E l calor abrasador recorrió a Daisy por dentro de una forma intensa y deliciosa. Miró a su alrededor, a sabiendas de lo que encontraría. Y medio temiendo encontrarlo.
Sin embargo, a diferencia del recuerdo, no era un chico quien estaba junto a ella, reluciente bajo su hechizo.
Esta vez era un hombre… o lo más parecido a un hombre que podía ser un fae.
La criatura que le había puesto un cuchillo en la garganta.
La que se había burlado de ella y ahora jugaba con ella.
Habían pasado seis meses desde que lo vio en aquella cornisa.
Seis meses de sueños casi constantes sobre él.
Muchas veces esos sueños no tenían nada que ver con recuerdos.
A menudo no había ropa de por medio: él besaba su cuerpo en dirección descendente, entre los muslos…
, o le enseñaba exactamente cómo le gustaba que le dieran placer.
Después de cada sueño, se despertaba acalorada y lánguida…
y también frustrada consigo misma. Insatisfecha, ansiando el contacto real, la emoción de su cercanía, pero avergonzada por cuánto lo deseaba.
Por cuánto necesitaba odiarlo y no perderse en el recuerdo de su cálida mano deslizándose sobre su piel desnuda.
La gente chillaba por los pasillos. Los nigromantes gritaban algo sobre un espíritu que tenía el poder de arrancar las almas de los cuerpos, de matarlos con un pequeño rayo de magia.
Era el mismo tipo de magia que tenía Lexi, pero esta vez no estaba de su parte.
Ese ser, si lograba liberarse, los mataría a todos.
El recuerdo estaba distorsionado. El sueño atenuaba el peligro. Porque estaba soñando; eso sí lo sabía. Él había vuelto a colarse en sus sueños. Y esta vez la sensación de su presencia era todavía más intensa. Más deliciosa.
—Hola de nuevo, palomita —murmuró. Se acercó más, envolviéndola en su calor—. Mantente a salvo. Eres importante para mis planes. Voy a necesitarte pronto. Te quiero… ahora mismo.
—Algo no va bien —dijo Dylan, uno de su tribu, de su familia, que estaba al lado de Daisy. No se había percatado del intruso—. ¿Lo notas?
¿Cómo no iba a notarlo? La sensación seguía fresca y vívida después de haber vuelto a encontrarse con el fae. Demasiado exquisita… y demasiado terrible la reacción que provocaba en ella.
El fae le guiñó un ojo y ensanchó su maliciosa sonrisa.
Y, al instante siguiente, desapareció, convertido en aire brumoso y viento brillante, lanzándose hacia delante…, hacia el Ladrón de Almas, contenido a duras penas.
—No —susurró ella sin aliento, transportada de nuevo en el tiempo; transportada a aquel horrible momento.
Debe hacerse, palomita. No hay mejor distracción en este lugar.
La bruma en la que se había convertido el fae esquivó a Thane, un bersérker de nivel cinco capaz de destruir todo aquello.
Cuando cambiaba, el amigo se convertía en enemigo.
La rabia lo cegaba por completo. La presencia, su fae, se deslizó junto a Bria y se detuvo justo delante del cuerpo ya animado por aquella horrible magia letal del Ladrón de Almas.
Zorn dio un paso al frente y posó una mano sobre el hombro de Bria en un gesto protector. Estaba claro: había reconocido el brillo característico del fae.
El fae se movió tan rápido que Daisy no pudo seguirlo con la vista. Y, de pronto, lo vio. Se detuvo junto a Thane, y un extraño pero agradable aroma a tierra estimuló sus sentidos.
—Mierda. —Zorn se lanzó en esa dirección, pero ya era demasiado tarde.
El fae volvió a salir volando, mucho más rápido de lo que Zorn podría moverse en su forma gaseosa.
Thane inspiró, sobresaltado, y tensó los bíceps al ritmo de su respiración.
—Lucha contra el impulso, Thane —gritó Daisy mientras el cuerpo en el pasillo inclinaba la cabeza.
El espíritu atrapado dentro de aquella carne putrefacta ignoraba el repicar de las campanas que resonaban por el pasillo; los nigromantes intentaban desesperadamente mantenerlo contenido. Si aquella cosa hubiera podido mover mejor la boca, Daisy estaba segura de que habría sonreído.
—Ay, no —dijo ella en un susurro.
—¡Controladlo! —vociferó uno de los nigromantes—. ¡Controladlo!
—¡Eso intento! ¡Eso intento! —gritó el otro.
En un instante, los dos nigromantes encargados de controlar el cuerpo se desplomaron sobre el suelo como un saco. El espíritu les había arrebatado la vida. Ese era siempre el precio de algo así.
El Ladrón de Almas giró la cabeza y luego observó a su familia. Las únicas personas que le importaban en el mundo.
Thane gruñó y gimió. Empezó a crecer. El bersérker estaba a punto de surgir.
A Daisy le dio un vuelco el corazón.
—¡Joder! —gritó mientras agarraba a Dylan—. ¡Corre! ¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!
—¡Distrae a Thane! —exclamó Bria mientras se giraba hacia Daisy y echaban a correr—. ¡Haz que nos siga o ese Ladrón de Almas lo atrapará primero!
Aquel fae había ayudado a soltar a dos monstruos, uno que destruía con un toque de magia y otro que arrasaba con todo a su paso. El fae había puesto a propósito a toda su familia en peligro.
Las imágenes empezaron a desdibujarse a medida que el recuerdo se disolvía. Una sensación estimulante la recorrió por dentro.
Mantente a salvo, palomita , susurró el fae. Mantén mi juguete intacto hasta que llegue el momento de recogerlo .
Abrió los ojos de golpe y miró de inmediato hacia la ventana. Una parte de ella esperaba a encontrarlo allí… y la otra esperaba verlo abalanzarse sobre ella.
La luz de la tarde se filtraba a través de las persianas; la estancia estaba vacía. El sueño había interrumpido su siesta, nada más.
El corazón le latía demasiado rápido mientras inspiraba hondo para intentar relajarse.
Menos mal que no confiaban solo en la esperanza.
El fae estaba demostrando ser demasiado astuto.
Ni la Portalhada ni los Celestiales encargados de custodiarla lograban mantenerlo a raya.
Ya se había colado en el reino humano varias veces.
Iba tras el cáliz de cristal y, de paso, se llevaba consigo cualquier objeto mágico que encontrara a su paso.
No estaba claro si mataba a todas las personas que visitaba.
Pero a las que sí eliminaba las dejaba marcadas.
Sobre cada espeluznante asesinato aparecía una pluma blanca como la nieve.
Una pluma de paloma. Sabía con certeza que ella y su equipo estaban atentos, y se aseguraba de que supieran por dónde había pasado.
Era probable que hasta se riera de aquello.
Jugaba a un juego sangriento, y ella era el público.
Seguro que, en algún momento, acabaría siendo partícipe de él.
Apartó la manta y salió de la cama. No había avanzado mucho en la búsqueda de armas adecuadas.
Después de conseguir y leer con detenimiento algunos textos antiguos, parecía que había varias opciones que podrían funcionar.
Las más sencillas eran las hojas de hierro.
Al parecer, ese material no solo podía rebanar a un fae sin problema, sino que también le quemaba la piel.
La herida resultante tardaba más en sanar, lo que facilitaba su muerte.
Y, para incrementar su poder, el hierro tratado de forma mágica mantenía el metal siempre frío y afilado. Si se grababan las runas adecuadas en la hoja, el arma obtenía más potencia.
La putada era que casi nadie fabricaba ese tipo de armas.
Y, cuando encontraban alguna con runas, las hojas estaban melladas y desafiladas.
Andaban faltos de artesanía. El mundo humano no sabía que tenía un problema con los fae, así que no existía un mercado para armamento especializado contra ellos.
Peor aún: nadie parecía dispuesto a intentarlo.
Daisy y Zorn habían intentado contactar con varias personas, pero no habían obtenido resultado alguno.
A los artesanos no les interesaba el dinero que se les ofrecía; no querían tener nada que ver con los fae.
No estaban dispuestos a fabricar un arma para matarlos para que, probablemente, un fae los esperara en la puerta de su casa con una pluma de paloma en la mano. No podía culparlos.
Sin embargo, Zorn había encontrado una pista. Al parecer, había un tipo escurridizo que traficaba con armas antiguas y tenía un arsenal en un almacén. Y era precisamente con ese hombre con quien iba a reunirse esa noche.
Se fue directa a la ducha; la siesta no la había dejado tan descansada como esperaba. Maldito fuera ese fae que se colaba en sus sueños.
Más tarde, Daisy se detuvo frente al espejo y se ajustó la americana negra de corte informal, ceñida con un cinturón negro de tres dedos de ancho.
Los pantalones rectos acababan justo por encima de unos tacones de unos ocho centímetros fáciles de quitar.
Un sujetador negro de encaje se asomaba entre las solapas de la americana y la hebilla dorada del cinturón aportaba un toque elegante al conjunto, que era entallado, pulcro, sexy y perfecto. Toda una jefaza.
Su cabello castaño, con reflejos de color bronce distribuidos de forma estratégica, liso y con la raya en medio, le enmarcaba el rostro de porcelana.
Un rubor rosa pastel y mate y unos labios brillantes realzaban la extrema palidez de su piel.
Para añadir un toque más fashionista , se había maquillado los ojos con un ahumado intenso que realzaba el azul de sus iris, acompañado de largas pestañas negras y unas cejas marcadas.
Había calculado el look para potenciar su apariencia de muñequita.
Joven y frágil. Vulnerable. Como una presa.
Esperaba que le fuera útil para el trabajo de aquella noche.
Se estiró el bajo de la americana antes de volverse hacia la puerta de la habitación. Cuando agarró el pomo, oyó chirriar la puerta del fondo del pasillo. Mordecai gruñó algo que no alcanzó a entender. Quizá se refiriera a esa puerta que chirriaba sin parar por mucho lubricante que le echara.