Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo cinco #3
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Capítulo cinco #3

Daisy no sabía que hubiera fae que solo tuvieran una de esas habilidades. Tal vez Zorn supiera más de lo que contaban los libros que ella había conseguido encontrar.

—Sí —respondió ella.

—Has dicho que te ha inmovilizado contra la pared con su magia, ¿no?

—Sí.

—¿Por qué no te ha matado?

Daisy no sabía si debía decirle que lo conocía de antes. Que tenían un pasado. Y, por supuesto, lo que no iba a contarle era que había algo en él que la atraía. Aquello parecía… demasiado íntimo. Quizá demasiado comprometedor.

Pero ¿de verdad importaba? Nada de eso debería haber bastado para impedirle matarla. Los fae no parecían el tipo de seres que se preocuparan por algo así, y menos tratándose de una humana, una criatura a la que consideraban inferior.

—No lo sé —respondió con sinceridad, intentando recordar los matices de esa conversación. Las burlas. Las provocaciones—. Puede que solo estuviera jugando conmigo. Parece que no le supongo ninguna amenaza. Desde luego, no con estas armas.

Zorn se quedó mirando al frente un buen rato. Una leve brisa revolvió las hojas del patio.

—¿Confías en mí? —preguntó él.

—Claro.

—Puedo confiar en ti.

—Me alegro de que eso no haya sido una pregunta, porque igual te habría clavado un cuchillo mientras dormías.

Zorn bufó, probablemente orgulloso por la determinación de Daisy. Siempre le había hecho gracia.

Bajó la barbilla y apartó la mirada hacia la ventana.

—Mi abuelo biológico era fae, originario del Trono del Zafiro, en el mar de las Estrellas.

Pertenecía a la alta burguesía, lo que ellos llaman nobleza, según me han contado.

Conoció a mi abuela por casualidad y la raptó.

Y mi padre fue el resultado. Mi padre era un auténtico salvaje.

La sangre humana debilitaba la naturaleza salvaje de la sangre fae, pero, aun así, era agresivo.

Despiadado. Le gustaba jugar a juegos crueles conmigo y con mi madre.

Cuando dejaba de divertirse, o cada vez que bebía y apostaba, me pegaba hasta hacerme sangre.

A veces me pegaba tanto que perdía el conocimiento.

No tenía escrúpulos. Nunca pareció afectarle lo más mínimo.

Jamás mostró ni una pizca de remordimiento.

Nunca. Quise averiguar si aquello se debía a su sangre o simplemente a su personalidad, así que investigué muchísimo sobre los fae.

Todo lo que pude. Son eternos, y la inmortalidad los ha convertido en criaturas taimadas. Crueles. Maquinan y conspiran…

—Pues me recuerdan a los semidioses de aquí…

—A los antiguos semidioses, sí. Antes de que establecieran leyes y reglas para controlar algunas de las peores infracciones sociales.

Los semidioses de ahora son corderitos comparados con la nobleza fae, y la realeza fae es aún peor.

Matan para ascender en la jerarquía. A veces, el asesinato es cara a cara.

En otras ocasiones, en cambio, lo hacen en las sombras.

Ocultan el cuchillo hasta que la víctima está agonizando.

Matarían a su propia abuela para ocupar su lugar si la recompensa mereciera la pena.

Y eso entre los suyos, a quienes respetan.

Los humanos no significan nada para ellos.

Una distracción. Barro pegado a la suela de una bota.

«Inferiores» ni siquiera se acerca a lo inservibles que nos consideran.

Daisy sabía algunas de las cosas que le estaba contando Zorn y otras se las imaginaba. Excepto lo de su padre. Sabía que Zorn había sufrido maltrato en el pasado, pero no con semejante brutalidad.

Daisy respiró profundamente y trató de contener el dolor y la tristeza que sentía por él.

También las ganas de consolarlo. Zorn no era un hombre que necesitara la compasión ajena.

No agradecería su gesto ni que se compadeciese de su dolor.

Había logrado salir de allí. Había conseguido salvarse a sí mismo, con ayuda de Kieran.

Y había visto la misma resiliencia en ella.

Las mismas pruebas de fuego y su perseverancia de seguir luchando.

Zorn lo había comprobado… y la había ayudado a ella tal y como Kieran lo había ayudado a él.

Para Daisy, Zorn se había convertido en un hombro en el que apoyarse en un mundo oscuro, en constante cambio y peligro.

Su seguridad en medio de la amenaza. Le había brindado su mano a ella y a los demás. Era el mejor hombre que conocía.

Así pues, en lugar de dejarse llevar por su instinto, por la rabia o por una compasión inoportuna, le dijo en un tono de voz suave:

—¿Qué opinas de todo esto?

Zorn soltó un gruñido, que era su manera de reírse.

—No me cabe ninguna duda de que ese fae está jugando contigo. Y, cuando se canse, te esclavizará o te matará.

La inquietud le revolvió el estómago.

—Pues entonces espero que los Celestiales se pongan las pilas —repuso ella.

Zorn se pasó la mano por la mandíbula. Sonó como si frotara papel de lija.

—No, no vamos a «esperar» nada. Primero, averiguaremos qué armas son las más adecuadas y, luego, solucionaremos tu problema con el fae.