Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

Daisy tenía buen ojo para la moda. Cuando aún era demasiado pobre para comprarse unos zapatos, se quedaba embobada mirando revistas.

Sabía de joyas, coches y cosas caras. Ahora, en cambio, se había convertido en su afición.

Una forma frívola para tratar de sobrevivir en su vida actual mientras su subconsciente la arrastraba a un vacío de irrealidad.

La ropa de aquel tipo estaba confeccionada con materiales de la máxima calidad, y Daisy se jugaba el cuello a que aquellos destellos eran diamantes.

Llevaba aquel extraño traje, impecablemente cortado y entallado, como si fuera una armadura.

Su semblante denotaba prestigio y poder. Importancia. Nobleza.

Las orejas puntiagudas, que le sobresalían del pelo fino y lacio, dejaban claro que no pertenecía a ese mundo. ¿Cómo se las apañaría para desplegar y esconder las alas con ese traje?

El tipo clavó la mirada en Daisy conforme se iba acercando.

Zorn adoptó aquella fluidez aterradora, con las extremidades relajadas y preparadas para actuar. No cambió de postura. Nunca delataba cuál iba a ser su siguiente movimiento. Siguió sujetándole el brazo mientras observaba acercarse al Celestial.

El hombre —¿podía llamarlo hombre sin que fuera humano?

¿Criatura? ¿Cosa?— ralentizó el paso y levantó una mano hacia Zorn para indicarles que se pararan.

No apartaba la mirada de Daisy. Entonces levantó la otra mano.

Entre sus dedos largos y delicados sostenía el cuchillo arrojadizo de Daisy, el mismo que el otro fae había lanzado por la cornisa.

La sangre del fae seguía reseca sobre la hoja.

Esto te pertenece, ¿verdad? , le preguntó el Celestial a Daisy mentalmente. Su tono era suave como la seda. Profundo. Incómodo.

—Habla en voz alta —dijo Daisy, tratando de ocultar el temblor que traslucían sus palabras.

El Celestial la observó un instante.

—Muy bien, humana. ¿Esto te pertenece?

Parecía como si se hubiera hecho la manicura en las manos. Las uñas estaban impecables, igual que todo él.

—Sabes bien que sí —respondió ella.

—Sí. —El Celestial la observó durante un par de segundos más. Daisy no sentía su poder. Ni rastro de magia. Si estaba hurgando en su mente, tampoco lo sentía. Podría pasar perfectamente por un humano normal aficionado al cosplay que hubiera nacido en una cuna de oro.

El Celestial le lanzó el cuchillo a los pies.

—Interesante —dijo—. Y sí. Has usado el arma equivocada. Deberías aprender a elegir mejor el arma con la que te vas a defender si piensas enfrentarte a uno de esa especie.

Vale, pues sí que se había metido en su mente. Sabía contra quién había usado el arma y lo poco efectivo que había sido. Genial. Quizá pillaran a ese capullo y detuvieran los planes de su reino.

El Celestial miró a Zorn, aunque no debió de encontrar nada de interés porque al momento se dio la vuelta.

Y entonces unas alas brotaron de su espalda sin alterar en absoluto la ropa.

Se extendieron hasta casi rozar el suelo antes de echar a volar, y Daisy pudo contemplar su increíble belleza.

La base, junto al cuerpo, era de un dorado intenso ligeramente traslúcido bajo la luz de la farola.

Ese color se extendía hacia el resto del ala como venas, más gruesas en unas zonas que en otras.

La forma combinaba alas de pájaro y de mariposa de un modo que resultaba increíblemente armonioso.

Entre aquellas venas, las alas eran casi transparentes, delicadas, con una textura que recordaba a las alas de una libélula.

Los tonos dorados se transformaban de forma gradual desde la base hasta las puntas, derivando hacia rosas y naranjas, y luego azules y púrpuras.

Los colores le recordaban al atardecer. O incluso al cielo despejado de la mañana.

Atardecer y amanecer, la diferencia podía llegar a ser casi imperceptible.

El tipo flexionó las rodillas y se echó a volar. Sobrevoló los tejados y alrededores, probablemente en busca de los demás, allá donde estuviesen.

Zorn soltó el aire con lentitud. Se agachó para coger el cuchillo, lo limpió con la camiseta y se lo pasó a Daisy.

—Ha sido… —Daisy se quedó con la vista clavada en la nada un segundo.

—Inesperado. —Zorn empezó a caminar—. Reconfortante.

—¿Reconfortante? —Daisy se apresuró a alcanzarlo.

—Aunque hayan dejado escapar a ese fae que has conocido, siguen siendo eficaces.

Se han dado cuenta del error e intentan enmendarlo.

Conocen los planes de ese fae y los suyos gracias a ti.

Podrán ocuparse del asunto desde su propio reino.

—Llegaron al coche. Zorn miró al cielo mientras le abría la puerta a Daisy—. O eso espero.

Al llegar a las casas, los BMW estaban aparcados a ambos lados de la calle.

Vivían muy cerca de la zona de la sociedad dual.

La casa de la izquierda, en la que Daisy solía alojarse, era de Lexi.

La de Kieran estaba a la derecha. Ambas servían de refugio para aquella familia elegida tan unida cuando se reunían todos allí.

Las luces del porche estaban encendidas en las dos casas, pero solo de la de Lexi se derramaba una cálida luz desde la ventana de la cocina sobre el impecable césped del jardín delantero. El salón también seguía iluminado, pese a lo tarde que era. O temprano, según cómo se mirase.

Zorn aparcó, pero no abrió la puerta del coche.

Daisy se quitó el cinturón y se quedó quieta.

—El fae que has conocido —dijo Zorn mientras apagaba el motor—, si puede leer los recuerdos, entiendo que también puede comunicarse telepáticamente. Ambas habilidades suelen ir de la mano.