Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

C on la mano apoyada en la pared para estabilizarse, salió corriendo hacia el apartamento. Zorn estaba en el salón. Tenía el cáliz entre las manos.

—Eso no vale para nada —dijo Daisy a través de la ventana abierta—. Tenemos que largarnos de aquí.

Zorn levantó la vista con el ceño fruncido.

—¡Rápido! —Hizo un círculo en el aire con el dedo—. Ahí vienen los Celestiales. Tenemos que…

Se interrumpió sobresaltada cuando Zorn se lanzó hacia ella y la arrastró al interior por la ventana. Miró hacia el cielo antes de empujarla hacia delante.

—Corre a la puerta principal. Compórtate como una humana normal. —Zorn tiró el cáliz al suelo mientras echaba a correr junto a Daisy.

—No sabía que podían volar. —La voz le temblaba mientras corría. Consiguió llegar a la puerta y la abrió de un tirón—. En los libros no ponía que tuvieran alas.

—Son los únicos que pueden volar. —Le puso una mano en el hombro—. No te preocupes. Sienten la magia de los fae y rastrean el olor de los suyos, pero ningún fae ha entrado en ese apartamento. No se les ocurriría mirar ahí. No sabrán que estamos implicados.

Daisy hizo una mueca cuando llegaron a las escaleras y se agarró con fuerza a la barandilla para bajar los escalones de dos en dos.

—Ahora que dices eso… —Al alcanzar el descansillo del segundo piso giró hacia el siguiente tramo de escaleras—.

He coincidido con uno de ellos. Me ha estampado contra la pared con su magia.

Me ha quitado uno de los objetos que me había llevado del piso.

No era un cáliz. No sabía que pudiera quererlo…

La firme mano de Zorn en su brazo la detuvo antes de que pudiera bajar al siguiente piso.

—¿Qué?

Daisy jamás lo había visto tan asustado. Se quedó quieta, aunque lo único que quería era bajar corriendo las escaleras. Alzó la vista hacia aquellos duros ojos grises y entendió su preocupación. A este se le suavizó la mirada cuando se fijó en el corte que le había dejado el puñal.

—No te preocupes. No me ha hecho daño. —Más bien lo contrario, por muy vergonzoso que fuera admitirlo—.

Me ha quitado lo que había cogido y, cuando ha visto a los Celestiales, me ha dicho que huyera, como si no tuviera permiso para estar en este reino.

Se ha colado sin que lo detectaran, pero al final sí se han dado cuenta de su presencia… o algo así.

Después de tantos años, la amenaza de aquel fae aún la carcomía por dentro, aunque no estaba segura de si seguía siendo válida.

Sssh, palomita. Es un secreto que solo tú y yo debemos conocer o me veré obligado a ir a por tu familia.

Por alguna razón —que muy probablemente fuera miedo— le inquietaba revelar demasiada información.

—Lo que has cogido… —Zorn maldijo entre dientes—. ¿Ha usado su magia contigo?

—Para inmovilizarme contra la pared, sí.

—¿Te ha tocado? —soltó con rabia.

No dudaría en enfrentarse a un fae, aunque fuera una batalla perdida, si esa criatura se hubiera sobrepasado con ella de alguna forma. Zorn era tan leal como Daisy e igual de vengativo si le hacían daño a su familia.

El calor que le inundó el pecho contrastaba brutalmente con el frío que le recorrió las venas al pensar en lo que se les venía encima. En el peligro al que podían enfrentarse por culpa de aquel encuentro fortuito.

—Solo para quitarme la… piedra esa o lo que fuera.

Cuando lo he apuñalado con el cuchillo me ha dicho que había utilizado el arma equivocada.

Se lo he clavado y le he cortado con la navaja, pero se ha quedado como si nada.

Aunque a ti tampoco te habrían frenado esas heridas. Quizá no han sido suficientes.

Se lo veía confundido. Zorn alzó la vista, como si tratara de ver a través del techo el peligro que nos acechaba.

—Vale, vámonos. Corre. Con suerte, podremos llegar al coche antes de que nos encuentren. —La instó a seguir bajando mientras permanecía pegado a su espalda.

Cuando llegó a la planta baja, Daisy empezó a caminar con normalidad.

Ir corriendo llamaría demasiado la atención.

Tras cruzar aquel vestíbulo medio en ruinas y conseguir salir, aligeró un poco el paso.

Le resultaba inevitable no mirar constantemente hacia el cielo.

Zorn lo haría con mucho más disimulo. Además, si pudiera verlos de nuevo, era probable que se quedara embobada observándolos.

No había visto gran cosa de lejos, pero tenían las alas del color del amanecer con un destello precioso.

Era algo impresionante de presenciar, incluso al contraste de la luz de la luna.

—¿No era un cáliz? —preguntó Zorn, tan bajito que apenas pudo oírlo.

—No. No era nada. Solo… era como… una piedra, o algo así. —Mientras avanzaban, le explicó cómo era, lo que había sentido y el momento en el que tuvo la sensación de que empezaba a brillar.

—¿Por qué la cogiste? —Zorn la agarró del brazo e impidió que doblara la esquina. Siguieron recto en dirección a la valla más cercana y por el camino más rápido para alejarse del edificio.

—Quería preguntarte sobre eso. Era raro, pero… a la vez molaba. Y emitía una especie de zumbido. Sabía que era algo mágico, pero, como no era el cáliz, supuse que no importaría. También me he llevado un reloj. —Le enseñó la muñeca—. A esto no le ha hecho ni caso. Ni siquiera se ha fijado.

—Entonces es que no van buscando cálices —dijo Zorn cuando alcanzó la valla. Se entrelazó los dedos y bajó las manos para ayudarla a subir.

Intentaba cuidar de su protegida y su sobrina postiza. Era siempre muy atento, pero no había tiempo para eso ahora. Daisy saltó, se agarró a lo alto de la valla y se lanzó por encima.

Zorn aterrizó a su lado segundos después.

—No pretenden tampoco cruzar la Portalhada —murmuró Daisy, incapaz de dejar de mirar hacia arriba—. Buscan cruzar de algún modo. Ha dicho algo de un puente. Y se le veía bastante convencido de que era una idea factible.

Las nubes se deslizaban sin prisa por el cielo nocturno. Las estrellas brillaban y la luna estaba bajita. Nada perturbaba aquella luz.

—Ay, Dios —jadeó ella sin querer, apartando la mirada—. Deben de haber aterrizado. ¿De verdad pueden ir tan rápido?

—No te preocupes —dijo Zorn, guiándola mientras la agarraba del brazo—. No debería pasar nada, tranquila.

¿En serio?

Daisy lo observó durante un momento; no expresaba emoción alguna. Zorn no le dio más explicaciones.

Llegaron a la calle principal y giraron a la derecha. Se habían desviado un poco del camino, pero, al menos, habían conseguido alejarse lo suficiente de aquellos edificios.

—¿Cuánto tarda en desaparecer el rastro de su magia? —preguntó Daisy, volviendo a mirar hacia arriba, esta vez a los tejados.

Zorn se giró bruscamente y la miró con aire desafiante.

—¿Qué? —preguntó ella.

Zorn apartó la mirada sin decir nada. No fue hasta el siguiente giro, ya más cerca del coche y de la seguridad, cuando le dio una especie de respuesta.

—Doce horas si tiene una fuerza decente. Veinticuatro si es poderoso de verdad.

Daisy tragó saliva.

—¿Un asesino al servicio de un rey fae sería tan poderoso?

—Normalmente, no. Con doce horas debería…

—¿Aunque pudiera arrancar recuerdos de hace cuatro años?

Zorn se sobresaltó, como si se hubiera dado un golpe. Se instauró de nuevo el silencio y no la volvió a mirar. Se quedó reflexionando sobre las palabras de Daisy, deliberando qué preguntas hacerle. Y lo que dijo después le heló la sangre:

—Veinticuatro, entonces. Y tenemos que darnos prisa. Podrán sentir esa magia desde mucha más distancia.

Al no hacer preguntas, básicamente le estaba diciendo que mantuviera la boca cerrada.

Zorn se había dado cuenta de que los fae eran extremadamente susceptibles con el intercambio de información.

Por suerte, Daisy no había dicho demasiado.

Lo último que quería era darle a aquel fae una sola razón para ir tras su familia.

—Mantener las distancias nos ayudará —murmuró Zorn. La agarró del brazo con fuerza para que fuera más rápido—. Provocar corrientes de aire también sirve. Acudiremos directamente al semidiós Kieran. Puede manipular el clima y ofrecernos cierta protección.

El suspiro de Daisy sonó en el silencio de la noche.

—¿Tú corres peligro? —preguntó ella con delicadeza. Zorn sabría que se refería a su herencia.

Sin embargo, no respondió. Y Daisy no pudo descifrar su lenguaje corporal.

No insistió. No serviría de nada. Si no quería responderle, simplemente la ignoraría. Cuando se ponía testarudo, no había quien lo convenciera de nada.

Llegaron a la siguiente esquina. La luz naranja tenue de una farola iluminaba la acera agrietada. El coche estaba justo al final de la calle, tras un recodo.

—¿Y pueden sentir o percibir, o lo que sea que hagan, la magia fae dentro de un coche cerrado? —preguntó Daisy.

—Cla… —Zorn se detuvo en seco.

Un hombre alto apareció por la esquina; se dirigía lentamente hacia ellos.

Llevaba una chaqueta roja carmesí que se le ceñía al cuerpo y le marcaba una figura corpulenta.

Unos relucientes bordados serpenteaban a ambos lados de las solapas con el mismo material.

Un cuello alto y rígido le rodeaba el cuello y unos puños grises formaban gruesas bandas en las mangas.

Debajo llevaba un chaleco gris del mismo color de los puños, con los mismos dibujos en espiral, pero sin brillo.

Remataba el conjunto con unos pantalones negros brillantes y unos zapatos muy extraños de un material parecido al terciopelo, aunque la tela ondulaba como el agua cada vez que caminaba.

Tenía un pelo rubio impecable, completamente liso, que le rozaba los hombros.

No se le veían las alas; debía de poder retraerlas de alguna manera.