Capítulo cuatro #2
—Interesante —dijo él en voz baja, y la presión disminuyó—.
No lo de tu miedo a ser vulnerable. Eso lo entiendo.
No sabía que los semidioses de este reino pudieran transmitir magia sin un juramento.
Creo que no es lo habitual. Pero es evidente que ella te quiere mucho y quiere protegerte. Qué bonito. Vamos a comprobarlo, ¿no?
Él se le acercó y la envolvió con su calor.
Los escalofríos recorrieron la piel que se le había encendido de repente.
El cuerpo de él casi rozaba el suyo, pegado para poder encajar entre ella y el borde de la cornisa.
Las suelas de los tacones de los zapatos de él quedaban suspendidas sobre el vacío.
—Ya que estamos aquí —dijo este en voz baja, alzando el puñal entre los dos.
Con la punta le rozó el cuello—, con independencia de esta sensación que ambos encontramos embriagadora y profundamente irritante, me pareces extraordinariamente hermosa.
¿Ya te lo había dicho? No puedo parar de pensar en ello.
—La hoja siguió descendiendo con lentitud por su garganta hasta detenerse sobre el esternón, justo encima del corazón.
Una sola presión y aquel sería su fin—. Delicada y bonita, pero dura y despiadada al mismo tiempo.
Complementas a la perfección mi propia cara bonita y mi brutalidad sanguinaria.
—Con el tamaño de tu ego, me sorprende que quepas siquiera en esta cornisa.
—Así es como me he puesto tan fuerte, cargando con mi enorme ego. —Esbozó una sonrisa maliciosa—. Sé que te has fijado en mi físico. —Le guiñó un ojo.
Con la punta del puñal le hizo un corte en la base de la garganta. Apenas un rasguño.
Daisy se envolvió en una capa de vacío para no sentir el escozor de la hoja.
Para que su peligrosa presencia y la magia que la mantenía pegada a la pared no despertaran miedo alguno en ella.
Clavó la mirada en sus ojos y alzó ligeramente la barbilla, desafiante.
Estaba felizmente insensibilizada a sus actos, aunque seguía alerta, a la espera de una oportunidad, la que fuese, para salir de aquel aprieto.
—Intrigante —murmuró él, con la mirada inquieta en los ojos de ella, tratando de descifrarla—. Eres plenamente consciente de que podría matarte ahora mismo y no tienes nada de miedo.
Las palabras de Zorn pasaron a un primer plano en su mente: «El miedo es un desperdicio de los últimos momentos».
Muy cierto , murmuró él como un susurro dentro de su cabeza, transmitiendo a la perfección el tono y la textura de su voz.
Daisy tuvo la clarísima impresión de que se burlaba de ella. Provocándola por aquella sensación que había identificado. Por aquella reacción que parecía despertar en ella.
Él subió la hoja lentamente; una gota carmesí temblaba en la punta. Se la untó en la lengua y entonces ella reaccionó. Su expresión de asco coincidió con el «puaj» de su mente.
—Estoy evaluando tu magia. Tu gente mágica puede hacer eso, ¿no?
Percibirla. —Captó la respuesta implícita de Daisy—.
Solo algunos, de acuerdo. Pero entonces necesitan sus máquinas y procedimientos para saber de qué tipo es.
Determinar con exactitud cómo obtuvo una persona esa magia, aparte de la genealogía, suele exceder las capacidades humanas.
Madre, padre… —Hizo una pausa y esos ojos tan fascinantes brillaron—.
Esta magia fue un regalo, un regalo entregado libremente.
Asintió para sí mismo, como si acabara de responder una pregunta, y le deslizó el puñal por la garganta.
Ella endureció la voz para que no le temblase por la inseguridad.
—¿Vas a matarme ahora?
Él chasqueó la lengua.
—¿Por qué te mataría antes de tomar todo lo que eres? Debería, al menos, follarte primero.
—¿Todo lo que soy? Si te refieres a mi virginidad, vas tarde.
Él soltó una carcajada oscura.
—Bien. Fóllate al pueblo entero si te apetece. Cuando te reclame, quiero que sepas cómo complacerme.
Arrastró poco a poco la punta del puñal por la curva de su cuello.
A ella se le cortó la respiración cuando él giró la hoja y el lado plano se deslizó sobre la piel descubierta de su pecho.
El metal estaba frío, pero los escalofríos que le recorrían el cuerpo nacían del calor de su cercanía.
Con un giro de muñeca, el primer botón saltó y cayó al vacío.
La tela se entreabrió ligeramente, lo que captó su mirada.
El cuchillo siguió en movimiento, viajando por la curvatura de su pecho, cubierto por la camisa.
Le sobrevino un estremecimiento de placer cuando la hoja le rozó el pezón endurecido.
El corazón le latía deprisa; la necesidad de huir era intensa.
El deseo de que él se acercara aún más, también.
El pecho le subía y bajaba; la piel vibraba con una electricidad extraña pero placentera.
Juntó los muslos para contener aquel extraño erotismo que la recorría y que le quemaba la piel.
Hipnotizada, lo observaba mirando el cuchillo mientras la punta descendía con lentitud desde su torso hasta el vientre.
En cualquier momento él podría hundírselo y vaciarle las entrañas.
Y, aun así, por algún motivo incomprensible, Daisy no tenía miedo de que lo hiciera.
Sabía que no lo haría. El roce era ligero. Peligroso. Extrañamente erótico.
El puñal se detuvo en la abertura de la funda que llevaba en la cadera. Entonces él se la envainó con lentitud, de forma deliberada. Y era increíblemente bueno haciéndolo.
El objeto escondido en su sujetador empezó a vibrar contra su pecho. Apenas podía distinguir el resplandor verde a través de la tela azul marino de la camisa.
Más que ver su sonrisa, la sentía.
—Tienes algo que me pertenece —dijo él—. Mi cáliz. Lo necesito.
Puso la enorme palma de su mano en la base de su garganta. Ella dio un respingo por el impacto de un placer intensísimo. La respiración del fae se volvió pesada cuando con la yema de los dedos recorrió la piel de Daisy hasta el cuello de su camisa.
—Qué sensación tan curiosa —murmuró en voz baja, casi para sí mismo—. Nunca había sentido algo así. Tan… increíblemente… intenso. Casi no puedo resistirlo. Me pregunto qué extraña magia lo estará provocando.
La vibración del objeto se intensificó antes de que él la separase de su piel.
—Eso no es una copa —dijo ella; de repente, se notaba la boca seca.
—No lo es, no, pero lo necesito de todos modos.
—Arruinarás este mundo si ayudas a los fae a cruzar la frontera.
—No, no. —Detuvo la mano debajo de la línea de su mandíbula.
Acarició con suavidad el borde de su labio con el pulgar.
Ella apenas pudo contener un gemido—. No se trata de «cruzarla».
Eso requeriría más poder del que posee cualquiera de los siete reinos.
Los dioses se aseguraron de ello cuando ataron a los Celestiales a la frontera.
Más bien habrá que pasar por encima. Por un puente, allá arriba, donde la magia es más débil.
Sigue requiriendo muchísimo poder, tanto para construirlo como para esquivar a los Celestiales, pero con el equipo adecuado… es posible.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué venir aquí?
—En este reino hay botines a mansalva. Esclavos para cumplir nuestras órdenes que no tienen el poder de rebelarse.
Libertad. Los Celestiales y su gran soberano, su resplandeciente Trono del Diamante, no son más que carceleros.
Su manera de equilibrar el reino es asfixiante.
Restrictiva. Aquí tendríamos vastos territorios que conquistar.
Todos los que quisiéramos… y siempre habría más. ¿Puedes culparnos?
—No tenéis la magia adecuada para este lugar. Hay una razón por la que los antiguos dioses os encerraron en ese reino y levantaron una barrera para manteneros allí. Hay una razón por la que crearon un organismo superior para mantener a vuestra especie bajo control.
—Pero ¿era una buena razón?
—Destruiríais este mundo. Me parece una razón de puta madre.
—Qué tonterías. No lo destruiríamos. Lo reconstruiríamos a nuestra imagen y semejanza.
—Vuestra imagen y semejanza sería una pesadilla.
—Eso será para ti. Para nosotros sería un paraíso. Venga, va… —Inclinó la cabeza hacia ella—. Es demasiado pronto en nuestra relación para tener una pelea de novios…
De repente, el fae se puso tenso y apartó la mano, que pasó a toda velocidad junto a ella y se estampó contra la pared junto al rostro de Daisy. Luego se giró con rapidez, mirando a su espalda. Ella siguió su mirada.
Allí, recortadas en la parte inferior de la luna creciente, distinguió unas alas. Un instante después percibió más destellos dorados y anaranjados que se movían bajo la luz de la luna. Eran de una envergadura inmensa, demasiado grandes para pertenecer a ningún pájaro.
—¿Qué es eso? —preguntó Daisy, desconcertada.
Él se giró de golpe hacia ella; el humor que se asomaba a su rostro hacía un momento se había esfumado. Sus ojos se habían vuelto de una intensidad severa. El tono sarcástico y burlón había desaparecido de su voz y lo había sustituido una urgencia desesperada.
—¡Celestiales! Hasta al asesino más avispado lo acaban pillando cuando cruza la frontera a escondidas. Ahora llevas impregnado el rastro de mi magia. ¡Corre! ¡Huye! ¡Rápido! Son casi tan poderosos como uno de vuestros dioses. No creo que quieras acabar en sus garras.
La magia que la mantenía inmóvil se disipó. Él dio un paso atrás hacia el vacío. Un jadeo salió de los labios de Daisy al verlo caer. El fae se agarró al borde de la cornisa, se impulsó con un balanceo y desapareció. Ella apenas oyó el ruido de sus pisadas sobre la cornisa inferior.
Era imposible que Daisy pudiera hacer lo mismo. Vamos, ni de coña. Tenía que encontrar a Zorn y luego bajar por el camino más largo. Con suerte, aún estaban a tiempo.