Capítulo cuatro
I maginé que te encontraría aquí… Su voz era como un suave lametón dentro de su cabeza.
Se metió las manos en los bolsillos con una tranquilidad endiabladamente despreocupada y dio otro paso hacia ella.
Era evidente que no le preocupaba caerse al vacío, aunque aquellos hombros no le ponían precisamente fácil pegarse a la pared.
Daisy contempló aquella incómoda hermosura y el juego de músculos bajo cada movimiento.
Los recuerdos volvieron en tromba: la playa cristalina y la deliciosa sensación de su proximidad.
Los sueños y aquellas placenteras pesadillas despierta.
Recordó la sensación de entonces, tan parecida a la de ahora, con escalofríos fríos y calientes recorriéndole el cuerpo.
El calor le atravesó la piel. Era difícil pensar, difícil respirar.
Joder, era guapo de cojones.
Sus recuerdos de lo que se sentía al estar cerca de él no le hacían justicia. No podían compararse con aquel dulce estremecimiento de placer que le acariciaba la piel.
Le costó reconducir los pensamientos. Se obligó a recordar lo importante.
Los actos de aquel ser durante la convención le habían dejado una cicatriz imborrable.
Su familia había escapado por los pelos.
Lexi estuvo a punto de morir. Y todo porque esa…
«criatura» que tenía delante necesitaba una distracción. ¡Una distracción!
Y ahora aquí estaba, intentando ayudar a su rey a cruzar la frontera hacia una tierra que acabarían corrompiendo y mancillando. Él no merecía su concentración dispersa. Merecía morir.
Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa.
Veo que te acuerdas de mí.
La recorrió con la mirada, poco a poco, subiendo por su cuerpo hasta llegar a su cara.
—Has crecido desde la última vez que te vi. —Su voz era como satén negro ondeando al viento. Parecía seductor y peligroso a la vez. Juguetón, pero con una pizca de mezquindad.
Él también había crecido. Seguía aparentando apenas un par de años más que ella, pero había ganado altura.
Y anchura. Ahora poseía una fuerza sólida.
Músculos flexibles y ágiles, moldeados por años de lucha.
De muerte. Su belleza era aterradora, llena de oscuros secretos y actos de violencia.
Daisy ya lo había visto cuatro años atrás, y estaba claro que seguía jugando a sus mismos juegos en el reino humano, cazando presas para su gobernante. Intercambiando recuerdos por muerte.
Se acercó, a solo unos metros de distancia, y bajó la mirada hacia sus ojos llenos de odio, con una sonrisa arrogante e insufrible.
—Has cambiado. —Un leve acento teñía sus palabras, suavizando ligeramente las vocales.
Inclinó la cabeza mientras la estudiaba—.
La última vez que te vi no tenías magia.
De todas formas, nunca importó, ¿verdad?
Siempre te fijaste en mí. Por mucho que me envolviera en mi hechizo, tu mirada me encontraba cada vez que estaba cerca de ti.
En los pasillos. En el jardín. No podía esconderme de ti.
Solo tu mirada era capaz de encontrarme.
Me pareció curioso, así que decidí buscarte.
¿Recuerdas la primera vez que nos vimos cara a cara?
Los recuerdos se agolparon antes de que Daisy pudiera contenerlos. El estremecimiento en su cuerpo. El fuego en el vientre.
Él curvó los labios con una expresión maliciosa.
—Sí, exactamente. Yo sentí lo mismo. Y lo sigo sintiendo. Curioso, ¿no crees?
¿Curioso? A lo mejor. ¿Frustrante? Desde luego.
Su mano se movió demasiado rápido para seguirla con la vista. Una hoja curva y ornamentada apareció en su palma.
El entrenamiento por fin hizo efecto y Daisy reaccionó. Lanzó el brazo hacia delante junto con el cuchillo arrojadizo. Relajó los dedos en el momento preciso y soltó el arma.
Él se dio cuenta demasiado tarde. No giró lo bastante rápido y el cuchillo se le clavó en el costado.
El fae bufó mientras avanzaba hacia ella.
Daisy apartó la mano y se lanzó de lleno al combate.
La daga apareció en su palma casi como por arte de magia.
Le abrió una herida en el pecho y cambió el ángulo de la hoja, empujándola hacia arriba para llegar a la mandíbula.
La altura de él facilitaba la maniobra. En cambio, el mayor alcance de sus brazos hacía más difícil su contraataque a tan poca distancia.
Ella había aprendido a sacar ventaja de su baja estatura.
Tenía ambas manos aferradas a la empuñadura. Iba a necesitar todas sus fuerzas.
Justo cuando la hoja se acercaba a aquel rostro insultantemente hermoso —qué lástima cortarlo—, una sacudida de presión le paralizó las extremidades.
La mano se le abrió a la fuerza y soltó la daga.
Un aire electrizante impactó contra su cuerpo, aunque no se parecía a lo que hacía Kieran con la magia de Poseidón: un muro de aire.
Esto era distinto. Parecía más salvaje. Rebelde.
Casi descontrolado, como si se retorciera y se enroscara sobre su piel.
Era magia fae, evidentemente.
Un aroma terroso la envolvió al mismo tiempo que salía despedida contra la pared. Se le quedaron las manos pegadas a la dura superficie, igual que los pies. Una banda invisible de aire oscuro, atravesada por destellos dorados, le rodeó la cintura para asegurarse de mantenerla inmóvil.
«Menuda mierda». La pelea no estaba yendo precisamente bien.
Respiró hondo e intentó relajarse, dejando el miedo a un lado.
No tenía sentido forcejear mientras la magia la mantuviera sujeta.
Tendría que esperar una oportunidad para intentarlo de nuevo.
Un fallo. Incluso el luchador más experimentado cometía errores.
Solo hacía falta paciencia para aprovecharlos.
Tenía que creer que hasta los fae se equivocaban.
—¡Ay! —se quejó él con un humor evidente a la vez que se arrancaba el cuchillo arrojadizo del costado—.
Mira que eres despiadada. Y adorable. Ha sido un chupetón un pelín agresivo, palomita.
Pero no es el arma adecuada para causar un daño permanente.
Esto no frenará a uno de mis… —Hizo una pausa para mirarse el torso—.
¡Me has estropeado la camisa! ¿Ahora qué pensarán mis nuevos amigos?
Echó un vistazo al apartamento para dejar claro quiénes eran esos nuevos amigos.
—Bueno, tampoco importa —respondió ella—, porque están todos muertos. O a punto de palmarla.
—Ah, bueno. Pues mucho mejor. Me ahorras trabajo.
—Dejó caer el cuchillo arrojadizo y se agachó para recoger el puñal, manteniendo peligrosamente el equilibrio en el borde.
Sopesó el arma una y otra vez, y luego se guardó el cuchillo—.
Está bien hecha, aunque es el arma equivocada, obviamente.
Los cortes que me has hecho casi han desaparecido ya.
—Se detuvo y alzó la vista hacia ella—. Eres muy rápida, palomita.
La verdad es que estoy muy impresionado.
—Limpió su sangre de la hoja, lo que le estropeó más la camisa—.
Rápida, feroz y extraordinariamente hermosa.
Como un jarrón frágil que, al romperse, despide una esquirla que corta un punto vital y te hace desangrar.
—Muy poético —dijo con sequedad.
—Sí. En mis ratos libres soy poeta. —Sonrió con picardía—.
Es broma. Mato a gente y me quedo con sus pertenencias.
Es casi lo mismo, ¿no crees? En fin, volvamos a nuestra charla amistosa que has fastidiado intentando matarme.
Lo que sentí cuando estaba cerca de ti en aquella convención me sorprendió.
Y claramente a ti también, antes y ahora.
No tenías magia por aquel entonces, ¿cierto?
Sin embargo, ahora… —Entrecerró los ojos y clavó la mirada en la de ella—.
¿Qué ha pasado? ¿Qué ha cambiado en ti? Siento la magia, pero no es tuya. ¿Cómo es posible?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Daisy. Una presión le palpitaba detrás de los ojos.
—¿Estás rebuscando entre mis recuerdos? —preguntó ella con cautela, tratando de ocultar el pánico.
Sabía desde hacía cuatro años que él debía poseer la capacidad de escrutar mentes, algo imprescindible para alguien dedicado a saquear a personas en busca de información. La semidiosa Lydia había dicho algo sobre eso…, antes de incumplir su parte del trato y perder la vida por ello.
Ella era el motivo por el que este fae había necesitado una «distracción».
No todos los fae tienen la habilidad, según había leído.
Los textos aseguraban que solía darse entre los más poderosos: nobles, reyes y reinas y, por supuesto, los Celestiales.
Aquel individuo, que no era más que un chico de los recados pretencioso y asesino a sueldo, probablemente había tenido suerte con la genética y se había ganado un lugar junto a su rey y su corte.
Se le ensanchó la sonrisa, que era irritantemente cegadora.
—Madre mía —murmuró él mientras posaba la mirada en los labios de ella—.
Qué análisis tan mordaz… y tan acertado.
Somos inteligentes, ¿eh? Lo harás genial.
Y sí, estaba rebuscando en tus recuerdos.
Pensaba que era evidente. Cuando miro a los ojos de una futura amante, no suelo tener cara de estreñido.
Ella tragó saliva con dificultad. Escuchar la voz en su cabeza era una cosa, pero que él conociese sus pensamientos y recuerdos más profundos era otra completamente diferente.
La vida le había enseñado a guardarse todo eso para sí misma.
Cerradito a cal y canto. Mostrar las partes más profundas de su ser la volvía vulnerable.
Le daba a la gente un punto exacto donde golpear cuando querían hacerle daño a ella…
o a su familia a través de ella. Había aprendido hacía tiempo, en las numerosas casas de acogida y por sus residentes abusivos, que al mundo le encantaba tener un saco de boxeo.
Las emociones eran una carga. La felicidad era efímera.
Si mostraba una fachada dura, menos gente intentaba meterse con ella.