Capítulo tres
—V ale, perfecto. —Daisy se sacó un cordón de paracaídas del bolsillo y comprobó la posición de las armas. Tendría que moverse rápido y evitar que aquel tipo la alcanzara con cualquier magia que tuviera—. A ver qué tal me has entrenado, ¿mmm?
Zorn levantó las comisuras de los labios; era su forma de reírse. Le hacía gracia que ella estuviera dispuesta a culparlo de su fracaso. Siempre había tenido un sentido del humor peculiar; quizá por eso se llevaban tan bien.
Daisy llevaba una daga sujeta a la cadera dentro de una funda. Guardó la navaja automática en el bolsillo y sacó la daga. Quizá necesitaría más alcance.
El cordón le colgaba de la otra mano. Se detuvo junto a la puerta cerrada, ahora con la mano donde portaba el cordón sobre el pomo. Inspiró hondo una vez. Y otra. Entonces irrumpió en la habitación.
Se notaba un vapor denso en el aire. Un hombre yacía en la bañera independiente, situada casi en el centro de la estancia, con las manos agarradas a los bordes.
Tenía el cuello tenso y sostenía la cabeza con nerviosismo.
Seguramente se preguntaba qué estaba pasando en la habitación de al lado.
Era muy raro que no se hubiera levantado, vestido y salido a investigar o se hubiera largado por la puta ventana.
Había opciones mucho mejores que esperar desnudo a que un atacante te encontrara.
—¿Qué coño quieres? —gruñó, pero no consiguió ocultar la inquietud en su tono de voz.
Soltó los dedos de una mano del borde de la bañera.
A Daisy le preocupaba que tuviera la intención de hacer magia, así que se abalanzó sobre él lo más rápido que pudo y le clavó la hoja en el hombro.
El tipo abrió los ojos como platos. Un carmesí intenso empezó a extenderse por el agua clara.
Se retorció y empezó a agitar las manos hacia delante para protegerse el torso.
Ella arrancó la daga de su cuerpo y la lanzó a un lado con una mano mientras con la otra enrollaba el cordón alrededor de su muñeca. Él intentó agarrarla con más rapidez de la esperada. ¿Magia de Ares, tal vez? Demasiado pronto para saberlo.
Daisy saltó por encima de la parte trasera de la bañera y tiró del cordón.
La mano libre del hombre perdió apoyo sobre la resbaladiza porcelana y se deslizó de lado dentro del agua, en su dirección.
Ella corrió hacia la base de la bañera, arrastrando el cordón y colocando el brazo de él en el ángulo correcto.
No tenía la fuerza necesaria para dominar fácilmente a un tipo así.
Tenía que recurrir a la palanca y a la postura.
No importaba. Estaba acostumbrada gracias a entrenar con hombres grandes y poderosos.
El brazo del hombre quedó estirado hacia atrás, pero se le doblaban las piernas. No podía dejar que apoyara las rodillas o aquello se convertiría en otro tipo de pelea. Una mucho más ardua.
Daisy se metió en el agua sucia y manchada de sangre mientras tiraba del cordón, sin dejar de ejercer presión.
Se le empaparon los pantalones y los zapatos con el agua tibia.
Le encajó el pie en el pliegue de la espalda y descargó todo el peso de su cuerpo, hundiéndole la cara bajo el agua.
Era una maniobra arriesgada. Cualquiera de los miembros del equipo mágico interno de Kieran —sus entrenadores— ignoraría el peligro de ahogarse y se revolvería mientras giraba el cuerpo para quitársela de encima.
Daisy contaba con que aquel tío no fuera tan bueno bajo presión.
Él siguió forcejeando. Ella tiró de su muñeca, obligándole a doblar el codo. Se le subió el brazo por la espalda. Buena señal. Agarró entonces el otro brazo, que sujetaba el borde de la bañera cerca de su cabeza. Al final, el tipo se sacudió, levantó las caderas y la lanzó hacia delante.
Daisy se estrelló de cabeza contra el borde. Joder, qué dolor.
—Eres un mierda… —masculló ella mientras intentaba recuperar la posición correcta. De repente, se replanteó toda la estrategia.
Él se retorció. La mano que lo tenía sujeto estuvo a punto de liberarse cuando se ayudó de la que tenía libre para incorporarse.
—Sí, justo lo que necesitaba —gruñó ella mientras levantaba ambas rodillas y se las clavaba en el centro de la espalda.
El cuerpo del hombre cayó sobre la mano que tenía apoyada en el fondo. Dobló el codo y ella lo agarró rápidamente, esforzándose al máximo para retorcérselo hacia atrás junto al otro brazo.
—No… me lo estás… poniendo… fácil —refunfuñó mientras le empujaba ambos brazos tan arriba de la espalda como podía antes de enrollar el cordón alrededor de sus muñecas y antebrazos y atarlo.
El agua rojiza de la bañera se agitó y rebosó por los lados.
Todavía colgaban unos tres metros de cuerda del nudo.
Daisy se puso de pie con esfuerzo y agarró parte del sobrante, respirando con dificultad. El tipo empezó a darse la vuelta después de llevar un buen rato sin respirar. Lo único en lo que pensaba era en tomar aire.
Se dispuso a atarle los tobillos mientras él se giraba y se revolvía, agitando las piernas como un tritón, ya que no podía usar los brazos. Cuando terminó con eso, siguió enrollando la cuerda hasta las rodillas, hasta agotar todo el cordón. Con eso debería bastar para mantenerlo inmovilizado.
Para cuando consiguió tomar una buena bocanada de aire, se dio cuenta de que una navaja le presionaba los testículos.
Zorn se deslizó hacia el interior de la habitación con aquel sigilo prodigioso que lo caracterizaba. Enarcó una ceja al ver el agua que empapaba la mitad de la ropa de ella.
—Sí —jadeó ella con cansancio—. Podría haber ido mucho mejor. Todavía no sé ni qué clase de magia tiene.
—¿Q-qué queréis? —El hombre tenía los ojos desorbitados por el miedo al ver a Zorn. Siempre se las arreglaba para acaparar la atención.
—Tenemos algunas preguntas —dijo Daisy, haciendo chasquear la navaja para llamar su atención.
Él se estremeció, pero no apartó la mirada de Zorn. Este se apoyó contra la pared, perfectamente conforme con observar.
—¿A qué se dedica Randall? —preguntó.
—A las antigüedades especiales, artículos de coleccionista, arte. A-adquiere piezas difíciles de encontrar que tienen un valor especial para nuestros clientes.
—Las roba, querrás decir.
El hombre los miró con cautela.
—¿De dónde sacasteis el cáliz para el cliente que viene esta noche?
Además… —Ella se recolocó junto a la bañera, muy confundida—.
¿Por qué cojones te pareció buena idea darte un baño, precisamente cuando el tipo podría plantarse aquí en cualquier momento?
Ni siquiera duermes en este cuchitril y, aun así, te pareció buena idea tomarte un descansito en mitad de la jornada para remojarte en la bañera. ¿Qué clase de negocio raro tenéis aquí?
—Y-yo… —Su mirada iba de Daisy a Zorn y viceversa. No se esperaba todas esas preguntas—. Venía de hacer ejercicio. Necesitaba asearme un poco. La ducha no funciona.
Daisy echó un vistazo a la cabina de ducha manchada que había en la esquina, con el cristal sucio y empañado y la mugre entre los azulejos.
—Vale, está bien. Tiene sentido. En cuanto al cáliz… —Apretó la hoja con más fuerza contra sus testículos.
De nuevo, el hombre solo miraba a Zorn.
—No sé mucho. ¡No me cuentan gran cosa! —El agua chapoteó cuando se retorció forcejeando contra la cuerda—. Lo único que sé es que la banda de ese tío quiere el cáliz de cristal. Si lo consiguen, podrán atravesar la Portalhada.
Una descarga de adrenalina recorrió a Daisy al oír lo de la «Portalhada».
Zorn se tensó. Aquello acababa de volverse muchísimo más interesante. O aterrador, según cómo se mirase.
—¿Qué pasa con la Portalhada? —Zorn se acercó a la bañera.
El hombre se humedeció los labios.
—Solo eso… Mirad, yo no soy nadie, soy un mindundi. Estoy aquí para asegurarme de que todo vaya bien. Ofrecen mucho dinero por…
—¿Qué pasa con la Portalhada? —repitió Zorn. Su voz áspera encerraba una advertencia. No era una persona de la que nadie quisiera recibir una advertencia.
—El rey oscuro de los fae… B-bueno… bueno —balbuceó el hombre—. Quiere atravesar la Portalhada o algo así. Para entrar en el reino humano, quiero decir. Para escapar de los cerebrales o lo que sean.
—Celestiales —dijo Zorn con impaciencia.
—C-celestiales, eso. —Se le llenaron los ojos de lágrimas, anegados de miedo—. Los seres feéricos que gobiernan todos los reinos y protegen las fronteras o lo que sea…
Daisy asintió con la cabeza, indicándole que continuara.
—Sí, ya sabemos cómo funciona el asunto.
Al menos, lo sabían quienes estaban obsesionados con los fae.
Gente como ella, desde el día en que uno de esos seres desató un peligro indescriptible que estuvo a punto de arrasar con toda su familia.
Desde que había empezado a aparecer constantemente en sus sueños.
Desde que su recuerdo se negaba a desvanecerse de una puta vez.
Daisy había estado estudiando todo lo que podía sobre su reino y su especie, pero los supuestos eruditos no sabían gran cosa.
Los humanos que cruzaban la Portalhada, lo que las hadas llamaban «la frontera», una especie de territorio limítrofe mágico destinado a mantener a cada especie en su sitio, no solían regresar.
Si lo hacían era porque habían hecho un trato con uno de los reyes o reinas.
Un trato que normalmente salía mal, como parte de los planes de las astutas hadas, y acababa con un fae hurgando en la mente del pobre desgraciado que había hecho el trato antes de matarlo de forma espantosa. Se habían dado algunos casos.
En teoría, los fae no podían cruzar la frontera a menos que tuvieran un contrato vinculante con un humano.
Eso les permitía entrar, pero solo les daba el tiempo justo para llevar a cabo sus asuntos.
Si se quedaban más tiempo, los guardianes de Faerie, los Celestiales, los obligarían a regresar o los matarían sin más. Al menos, eso decían los libros.
Solo un idiota se involucraba con los fae y sus dioses entrometidos y maliciosos. Y solo un gilipollas integral los invitaba a entrar en su vida.