Capítulo tres #2
Ese tío era claramente ambas cosas, y su jefe, hombre muerto. Pero daba igual. Recibiría su merecido.
Pero ¿intentar encontrar objetos mágicos con los que burlar la Portalhada? ¿No se daba cuenta de que la magia feérica echaría raíces y deformaría su realidad hasta convertirla en una pesadilla? Había una razón por la que los reinos debían mantenerse separados.
Todos los textos coincidían en eso. Joder, hasta los antiguos dioses estaban de acuerdo.
Al fin y al cabo, ellos habían creado la frontera.
Habían creado a los Celestiales, los «hijos de las estrellas», mágicamente superiores, para custodiarla.
Si los fae lograban atravesarla, esclavizarían a quienes consideraban seres inferiores, matarían a cualquiera que no les sirviera y manipularían la realidad a su antojo.
Todo el lugar se volvería inhabitable. ¿Y para qué?
¿Por ganarse unos cuantos dólares traficando con copas?
Era lo que había dicho ella.
—¿Unos cuantos dólares? —preguntó el hombre, a quien le temblaba la papada de miedo—. Más bien unos doscientos mil pavos por cada cáliz. Incluso más si localizamos uno que les guste de verdad. ¿El cáliz de cristal? Más de un millón.
—Vale, pero… ¿y luego qué? —Daisy apretó los dedos alrededor de su cuchillo.
Tenía unas ganas tremendas de rebanar algo para dejarle las cosas bien claras—.
¿Cómo te va a ayudar ese dinero? Si ese rey atraviesa la Portalhada, no tendrás donde esconderte ni otro reino seguro al que ir.
Al menos, que nosotros sepamos. La magia de los fae te afectará igual que a cualquier otro.
Verás a tus amigos convertirse en criaturas.
Los humanos sin magia obtendrán una mejora mágica y seguramente se les subirá el poder a la cabeza y declararán la guerra a los gobiernos mágicos.
Hay un millón de formas en las que todo podría salir mal, y fijo que ni se me han ocurrido las peores.
El dinero no te servirá de nada si invitas a ese tipo de horror a estas tierras.
El hombre entornó los ojos y la miró fijamente. La obstinación le endureció la mandíbula.
—Bueno, como es obvio, nosotros estaríamos protegidos —dijo indignado—. Randall no es imbécil y…
—Permíteme que discrepe. —Zorn se acercó un poco más, y el hombre se encogió—.
Tú serías el primero en caer a manos del rey.
—La mirada severa de Zorn se clavó en Daisy—.
Sal y encuentra ese cáliz. Quiero ver qué es.
Déjalo en medio del salón, en el suelo. Después, baja por la escalera de incendios y vuelve al coche. Espérame allí.
Daisy sintió un escalofrío en la espalda.
Zorn no solía apartarla de un trabajo. Nunca.
Cuando entrenabas con Zorn, vivías por y para la espada.
Había visto cosas de lo más grotesco. No era aprensiva y no tenía muchos escrúpulos.
Estaba hecha para aquello, igual que Zorn.
Igual que Amber, su compañera de espionaje y, a veces, de asesinatos.
Que él le pidiera que se marchara significaba que pensaba mandarle un mensaje a ese tal Randall.
Uno llamativo. Esa era la razón por la que Zorn inspiraba tanto miedo.
O quizá pretendía sonsacarle algunos detalles más al hombre y no quería que ella los oyera.
Daisy estaba casi convencida de que Zorn tenía sangre fae, y él era extremadamente reservado con respecto a sus orígenes.
Era probable que esa situación le tocara muy de cerca y quisiera averiguar si él también corría peligro.
Fuera cual fuera la razón, guardó la navaja y cogió la daga. Tras enfundarla, se dirigió hacia la puerta. Esta se cerró con un clic a sus espaldas y, al momento, oyó que el hombre empezaba a suplicar por su vida entre sollozos.
Que se lo hubiera pensado antes de invitar a los fae a aquel territorio. Ahora tenían entre manos una posible pesadilla. Una que podría aparecer en cualquier momento para llevarse un cáliz mágico que podría destruir el mundo humano tal y como lo conocían.
«Desde luego, esta noche ha dado un giro terriblemente inesperado», pensó al llegar al salón.
Ava se había ido hacía rato. Lo más seguro era que no volviera.
Tampoco es que importara. Lo único que le importaba era ese vídeo de disculpa.
¡Y más le valía que fuese sincero! O al menos que lo pareciera, en cualquier caso.
Mordecai era demasiado buena persona como para perder la fe en la bondad de la humanidad.
Ese era el trabajo de Daisy, al que se entregaba con muchísimo entusiasmo.
Encendió la luz y echó un vistazo a las habitaciones.
En el tercer dormitorio encontró lo que probablemente estaba buscando.
Las mesas estaban dispuestas en filas. Había objetos de todas las formas y tamaños que adornaban las superficies cubiertas de terciopelo.
Anillos antiguos que no eran lo bastante bonitos como para ser piezas vintage de moda, lámparas viejas, jarrones…
Todos los objetos habituales del mundo de las antigüedades estaban allí.
Ella no era muy aficionada al coleccionismo.
Para Daisy, todo aquello no era más que chatarra.
—Un cáliz… —murmuró para sí misma mientras examinaba el rincón más alejado. Sinceramente, ni siquiera sabía lo que era un cáliz. Algo parecido a una copa, al parecer. Como una taza grande…
Echó un vistazo a todos los objetos. No había nada en la primera mesa que encajase con lo que buscaba, así que pasó a la siguiente. Tampoco había nada allí, aunque sí vio un reloj vintage muy chulo que quedaría espectacular con cierto conjunto que tenía en mente.
—Ven con mami —murmuró, cogiendo el objeto. Quien roba a un ladrón…
Un par de gemas, que necesitaban urgentemente un pulido, le llamaron la atención, pero nada demasiado notable. Hasta que llegó al extremo más alejado de la habitación.
Un pulso de energía extraña la hizo detenerse.
Sobre el terciopelo negro descansaba un objeto algo plano, de unos ocho centímetros de largo y cinco de ancho.
Los bordes eran irregulares y uno de los extremos se curvaba hasta terminar en una punta achatada.
Un brillo negro cubría un núcleo que parecía casi verde, como si ocultara profundidades de esmeralda intensa.
Cuando rozó la superficie con los dedos, el extraño pulso se transformó en un agradable zumbido.
El objeto parecía sucio y rugoso, pero al tacto la superficie era lisa como el cristal.
Deslizó el pulgar por ella. El zumbido se intensificó y le vibró en la palma.
Una luz verde albahaca latía en el centro, hipnotizándola.
Se lo acercó; un velo de sudor le cubría la frente.
—¿Qué…?
El resplandor parpadeó rápidamente por un instante antes de desvanecerse como si nunca hubiera estado allí. Se quedó mirándolo, preguntándose si volvería a producirse y sintiendo cómo ese zumbido aún vibraba en su palma. Nada.
Sin embargo, era mágico. Tenía que serlo. Nada más en la habitación reaccionaba así. Quizá Zorn supiera de qué se trataba. En cualquier caso, no era una copa y tampoco de cristal. No era lo que andaba buscando.
—Pues no pienso dejarlo aquí —murmuró, comprobando en qué bolsillo cabría mejor. Sin embargo, ninguno era lo bastante largo. Se caería.
Se lo metió en el interior de la camiseta y lo acomodó en el pequeño hueco del sujetador, entre los pechos.
Había bastante espacio para maniobrar. La pubertad no se había esmerado demasiado con ella en ese aspecto.
Un sujetador a medida y ahí estaba ella, escondiéndose cosas entre las tetas.
Normalmente eran armas, pero bueno. A grandes males…