Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

Tenía una genética de mierda. Normalmente, la baba ácida no afectaba al que la escupía, pero no era el caso.

Que le cayera sobre la piel no suponía problema alguno, pero, si entraba dentro del torrente sanguíneo, moriría.

Era intolerante a su propia magia, algo poco frecuente en la gente que la poseía.

El hombre del sofá dio un brinco; tenía los ojos como platos. Daisy se le echó encima en un abrir y cerrar de ojos, le clavó unas cuantas cuchilladas y puso fin enseguida a sus manotazos desesperados.

Vaya tíos más débiles. Eran inferiores a ella y a Zorn en todos los aspectos, pero le resultaban de utilidad para entrenar. Un escalón sencillo para su primer trabajo casi en solitario.

Anduvo despacio hacia la mujer. Ava. Qué guapa era. Un auténtico bombón. Seguro que a Mordecai le había dejado de funcionar el coco en cuanto ella le dedicó una sonrisa.

Ahora no sonreía.

—Sé quién eres —dijo con la voz temblorosa—. ¿Qué quieres?

Zorn abrió la ventana y se adentró con soltura. Casi no se le podía ver, pese a la luz de la luna.

Ava soltó un sonido sobresaltado y corrió a un rincón para alejarse de él.

—¿Quién está en la bañera? —le preguntó Daisy.

Zorn empezó a dirigirse inmediatamente hacia el pasillo. Se aseguraría de que la persona de la bañera se quedara donde estaba hasta que estuvieran listos para ocuparse de él… o de ella. Todavía no estaba metida en el asunto.

Ava comenzó a temblar y su voz dio un cambio radical. A Daisy le inundó una sensación de tristeza. Ava era una manipuladora emocional mágica.

«Qué aburrimiento».

—Te lo voy a preguntar por las buenas por última vez. —Daisy dio un paso hacia la mujer.

—Quiere conocer al comprador —dijo Ava a toda prisa, encogiéndose a medida que se acercaba a la pared—. Trabaja para Randall. Es uno de los superiores en la cadena de mando y quiere cerciorarse de que el cliente se sienta a gusto.

La emoción cambió a rabia.

Daisy se rio.

—¿Esas tenemos? ¿Quieres que te enseñe lo que es la rabia de verdad?

Ava palideció. La emoción mágica que proyectaba cambió a depresión. El miedo estaba haciéndole perder el control.

—¿Comprador de qué? —preguntó Daisy, haciendo caso omiso al vaivén de emociones.

—De… De antigüedades. De una antigüedad. ¡No te acerques más! Te lo contaré todo.

—Sí, ya lo sé.

Daisy dio un paso al frente y tiró de Ava hasta estamparle la cara contra la esquina de la pared. Con brusquedad, le agarró las manos por detrás de la espalda antes de pasarle la punta del cuchillo ensangrentado por el hueco de detrás de la oreja. Daisy presionó lo suficiente para rasgarle la piel.

—Un cáliz —dijo Ava de forma precipitada—; él lo llamó copa ceremonial. No sé cuál es, de verdad. No trabajo para ellos.

Daisy se inclinó hacia la mujer y apretó la hoja del cuchillo un poco más. Un fino hilillo de sangre le recorrió el cuello. El terror la consumió y su respiración se volvía cada vez más entrecortada y llena de pánico.

—Sabes quién soy —dijo Daisy en voz baja—, y seguro que también conoces a Zorn. Entonces, debes saber quién es mi hermano.

—¡Eso no fue culpa mía! —Ava estaba temblando—. Le dije que no quería una relación seria, ¡se lo dije! Él comentó que quería que lo nuestro fuera exclusivo, pero yo no.

—¿Y le dijiste también que estabas con él para facilitarles información a los tuyos? ¿Para que les fuera más sencillo robarle?

Ava se quedó de piedra.

—Sí, lo de ponerle los cuernos es una mierda, obviamente —continuó Daisy—, pero con eso fuiste sincera con él. Vale. Que alguien te grabara mientras hablabas pestes de mi hermano no está nada bien. Ese tipo de cosas me sacan de quicio. Pero tenderle una emboscada para atracarlo…

La furia la consumía entera.

—Es el tipo de persona que sufre en silencio, ¿sabes? —dijo con voz ahogada.

Le vino a la mente la foto que Jerry había hecho hacía una semana.

Mordecai no había estado con ninguna mujer.

Tenía todo el cuerpo ensangrentado y lleno de golpes.

Le habían roto la nariz y fracturado algunos huesos.

Se lo había ocultado a Daisy y, para que no se enterara, se quedó en casa de Jerry mientras se recuperaba.

Los chicos creían que lo había hecho para impedir que Daisy buscara venganza en su nombre.

Y seguramente era cierto, en parte, pero ella conocía a Mordecai mejor que nadie.

Sabía cómo funcionaba su cabeza y por qué hacía las cosas que hacía.

Se había escondido por vergüenza. Había dejado que lo pillaran desprevenido y que lo vencieran pese al rígido entrenamiento por el que habían pasado él y Daisy.

No importaba que hubieran sido ocho contra uno.

Daisy siempre intentaba motivarlo, y no quería hacerle daño dejando que lo viera hecho polvo.

De no haber tenido magia de sangre y la curación acelerada natural de un metamorfo, habría muerto.

Eso era lo que le helaba las entrañas a Daisy.

Habían jugado muy sucio con él y había sufrido las consecuencias. Y eso era imperdonable.

—Le tendéis una emboscada, le robáis sus cosas… —Daisy apretó la mandíbula mientras la rabia crecía y se retorcía en su interior—. Y luego hacéis un vídeo porno mientras os burláis de él. Le llegó ayer por la mañana, ¿no?

El vídeo había dejado a Mordecai totalmente destrozado. Por algún puto motivo, aquella chica le gustaba de verdad. Había estado loco por ella, pero la tipa tuvo que joderle la vida.

—¿Se puede saber quién pone verde a un amante mientras se folla a otro? Nadie. Querías herirlo emocionalmente después de que esos gilipollas lo lastimaran físicamente. ¿De qué parte del infierno has salido?