Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo dos
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Capítulo dos

L a rabia reprimida carcomía a Daisy por dentro mientras se movía entre la oscuridad.

Tras ella, Zorn la seguía por el solitario callejón.

El empedrado de la calle, mojado por la humedad de la espesa niebla, brillaba bajo una luz tenue.

Las farolas de color amarillo dorado proyectaban halos difusos.

En algún lugar, un gato chilló antes de que un cubo de la basura retumbara y una botella de cristal rodara por el suelo.

Gracias a la ayuda de Zorn, elaborar un plan no les había llevado mucho tiempo.

Medio día, nada más. Tenían al alcance de la mano toda la información que necesitaban sobre su objetivo: la mala pécora de la exnovia de Mordecai.

Daisy tenía incluso una fotografía para reconocerla con facilidad.

Esa misma noche, poco más de veinticuatro horas después, iba a deshacerse de la escoria.

Daisy se detuvo casi al final del callejón y echó un vistazo a su alrededor. No había ni un alma.

La gente respetable no iba a esa parte de la zona de la sociedad dual. Allí solo había delitos a mansalva y delincuentes ocultándose de la ley.

Su objetivo estaba tres plantas más arriba, en el piso de la esquina. Era la vivienda de un famoso criminal.

Resultaba que la ex de Mordecai traficaba con antigüedades y objetos de colección robados.

O, al menos, eso hacía el follamigo que tenía por ahí.

En cualquier caso, al tratarse de la zona de la sociedad dual, aquella parte no estaba bajo la jurisdicción del semidiós Kieran y Lexi.

Ni ellos ni el gobierno no mágico eran los responsables de vigilar aquel lugar.

La gente de esa zona se escabullía entre las grietas del mundo y rezaba para que nadie más grande y fuerte se diera cuenta.

Bueno, pues ahora alguien se había dado cuenta. Esa mujer merecía que Zorn y Daisy fueran a por ella, y los criminales con los que se juntaba merecían desaparecer. Para siempre. En un sitio como aquel, a nadie le importaría una mierda. Matar o morir. Así funcionaban las cosas.

Daisy dio un salto y se agarró a la parte superior de la valla.

En cuestión de segundos, se empujó y aterrizó al otro lado sin hacer apenas ruido.

Zorn llegó a su lado al instante; hacía que trepar una valla pareciera elegante y fácil.

Había basura desperdigada por toda la acera de la parte trasera del edificio.

Daisy iba mirando por dónde andaba y se agachó bajo una ventana iluminada.

La escalera de incendios apenas sobresalía por debajo del segundo piso.

Se quedó quieta debajo y esperó. Zorn la agarró por los muslos.

Daisy se agachó y saltó. Él se levantó y la mantuvo sujeta para que pudiera alcanzar el peldaño inferior.

Luego la ayudó a bajar con suavidad, la dejó en el suelo y accedieron a las zonas superiores. Pan comido.

Ya en el descansillo del segundo piso, ir a la planta correcta y salir a la ancha cornisa fue coser y cantar.

Con pasos ligeros y seguros, Daisy llegó cerca de la esquina del edificio.

La luz de una de las ventanas de arriba se derramaba sobre la cornisa.

Un poco más allá, unas voces salían por otra que estaba abierta.

Aminoró el paso y observó de reojo a Zorn.

Su mirada penetrante se clavó en ella. Apenas traslucía expresión alguna, aunque Daisy sabía que de su interior no brotaba tampoco demasiada emoción.

Con algo más de metro ochenta y una complexión media, era fácil subestimar a la auténtica bestia en la que se convertía durante una pelea.

Se lo había demostrado muy pronto, cuando ella solo tenía catorce años.

La había acogido bajo su ala cuando, normalmente, no tenía tiempo para nadie.

Daisy se tensó un poco y él asintió con la cabeza. Después de cinco años entrenando juntos, peleando juntos, haciendo trabajos juntos y saliendo de más de una situación peliaguda, no les hacían falta palabras para comunicarse. Además, Zorn tampoco es que fuera muy hablador.

Él se quedó atrás. Por primera vez, era ella quien estaba al mando de un trabajo.

Le correspondía por ser la hermana y apoyo de Mordecai.

La adrenalina y el orgullo fluían por sus venas, junto con una sensación de inquietud, como si estuviera en la línea de salida de una carrera, esperando el pistoletazo de rigor.

Respiró hondo para calmarse y se sacó una navaja automática del bolsillo.

La hoja hizo clic al salir. Se detuvo ante la primera ventana y trató de abrirla, pero ya estaba abierta, como era de esperar de un domicilio situado tan arriba y ocupado por la clase de gente que vivía allí.

Aquel sitio era refugio de maleantes. Allí se reunían con los clientes de sus jefes, hacían fiestas y se pasaban el día tirados sin hacer nada.

En eso se basaba toda su existencia o, en teoría, eso parecía.

Mordecai no debería haberse juntado nunca con esa calaña.

Tenía un gran corazón y siempre quería ayudar, y personas de esa ralea se aprovechaban de tipos como él.

De hecho, ya se habían aprovechado de él.

Y morirían por aquello.

Daisy no percibía almas dentro de la habitación, de modo que abrió la ventana poco a poco.

El don de Lexi, tener sangre mágica, le había otorgado las ventajas habituales: fuerza, velocidad y capacidad de curación mejoradas, así como la habilidad de entender cualquier idioma en cualquier lugar del mundo.

No obstante, cada semidiós transmitía también algo relacionado con su tipo específico de magia.

Lexi, semidiosa de Hades, había heredado la capacidad de percibir e identificar almas, lo que Hades se llevaba cuando una persona fallecía y dejaba atrás su piel.

O algo así; nunca le había interesado demasiado cómo funcionaba exactamente. Los fantasmas le daban muy mal rollo.

Por suerte, ella solo podía notar las almas de los vivos. A diferencia de Lexi, no estaba condenada a sentir o ver a los muertos.

Trepar por la ventana le bastó para que una bocanada pestilente la golpeara de lleno, ante lo que arrugó la nariz, asqueada.

Era como si alguien hubiera echado calcetines sucios y un perro mojado en un bol y lo hubiera puesto a calentar.

Había ropa tirada de cualquier manera por todas partes.

Latas de refresco y envoltorios de todo tipo alfombraban el suelo a su paso.

Tenía que vigilar por dónde pisaba para que los residentes no se percataran de su llegada.

Unos murmullos se propagaban a lo largo del pasillo. Se detuvo ante la puerta para escuchar. La ventana detrás de ella seguía abierta. Zorn seguía allí, esperando para asegurarse de que el allanamiento saliera según lo previsto.

Un hombre estaba hablando, otro empezó a reírse a carcajadas y, por fin, se oyó la seductora voz de una mujer. ¡Premio!

Al otro lado del pasillo, una luz brillaba por debajo de una de las puertas. El baño, si no se equivocaba.

Un leve chapoteo le llamó la atención, seguido del movimiento del agua.

Sí, era el lavabo, y ahí dentro había alguien relajándose y dándose un baño. Esperaba que a quienquiera que estuviera ahí dentro no le entraran ganas de salir todavía. Ya se ocuparía de esa persona después.

Volvió a mirar a Zorn. Aún estaba en la cornisa, pero se había alejado de la ventana como si fuera un fantasma. Se asomaría por la ventana del salón, preparado para echar una mano si hacía falta.

Esperaba no necesitarlo. Había investigado la magia de sus objetivos y sabía cómo combatirla con rapidez: ninguno de ellos era especial.

Sin embargo, en el mundo mágico nunca se sabía.

Un movimiento equivocado, una mala decisión, un lanzamiento de cuchillo poco certero…

y estaría desprotegida. No podía permitirse correr riesgos.

Avanzó sigilosa por el pasillo con la navaja en la mano. Esas automáticas tenían algo terriblemente romántico. Eran cercanas, agradables y supermolonas. Y, desde luego, más divinas aún cuando se usaban para asesinatos truculentos pero justos.

Más risas.

—¿Cuándo se supone que tiene que venir a recogerlo? —preguntó uno de los hombres.

—Dentro de una hora, más o menos —contestó el otro con tono aburrido—. No suele ser puntual.

—Esperaré toda la noche —ronroneó la mujer. Daisy apretó los dientes en un arrebato de ira—. Está… —Hizo un sonido de gozo.

—¿Por eso te has presentado aquí? —preguntó el primer hombre.

El otro soltó una carcajada.

—¿Qué pasa, Max? ¿Creías que había venido por ti?

Daisy apretó los puños. Se acercó a la esquina ubicada al final del pasillo. Más allá, la habitación se abría ante ella. Solo veía un par de deportivas desgastadas. El dueño estaba echado en el sillón a la vuelta de la esquina y los demás se hallaban en la otra punta de la habitación.

—No te equivoques, me divertí contigo —dijo una mujer, seguramente Ava, a Max—, pero ya lo he superado.

El otro hombre volvió a reírse a carcajadas.

Daisy se puso en marcha. Reconoció enseguida a los dos hombres de las fotos: uno estaba junto a la ventana y el otro era el dueño de aquellas deportivas destrozadas. Luz verde para mandarlos a dormir.

Le dio al interruptor y dejó la habitación a oscuras. La mujer chilló. Uno de los hombres soltó:

—Oooh, qué… Aaah.

Qué reacción más extraña.

La luz de la luna teñía la figura del hombre, pero Daisy ya había memorizado dónde estaba y se colocó en posición.

Sacó un cuchillo arrojadizo de la funda que tenía en el muslo y lo arrojó con ímpetu.

Se le quedó enganchado en la garganta. Un lanzamiento limpio.

Nadie en aquella habitación, excepto ella, poseía la sangre mágica de un semidiós o la capacidad de curación rápida de un metamorfo.

El pobre infeliz acabaría desangrándose tarde o temprano.

Sin embargo, perder sangre no sería lo que lo mataría.

Un borbotón de saliva ácida le asomó por la boca y le resbaló por la barbilla. Se filtró dentro de la herida.