Capítulo uno #3
Era una de las tantas personas a las que ella consideraba tíos, hermanos, sobrinas, una figura materna o una especie de padrastro.
Ninguno de ellos era pariente consanguíneo.
Su familia biológica la había abandonado cuando era pequeña y luego había ido dando tumbos de un sitio a otro dentro del «sistema» para los chéster, los servicios sociales para huérfanos sin poderes.
Lexi la había encontrado en la zona de la sociedad dual, esa brecha entre sociedades mágicas y no mágicas, donde las personas intentaban coexistir para poder escapar de sus respectivos gobiernos o fuerzas del orden.
Había pasado hambre, había estado a punto de morir, dispuesta a hacer lo que fuera por un poco de comida con tal de alejarse de esas horribles y abusivas casas de acogida.
Junto con Mordecai, Lexi había sido su milagro. Daba igual que su casa fuera minúscula, que fueran pobres o que tuvieran que mendigar y robar para poder llevarse algo a la boca. Su generosidad, su amor, era el paraíso para Daisy.
Así pues, cuando Lexi se metió en líos y tuvo que trasladarse a la zona mágica para que un semidiós de Poseidón —uno de los más poderosos de su mundo— pudiera protegerla, Daisy no se lo pensó dos veces.
Se lanzó de cabeza a la boca del lobo junto a su familia, ignorando que era la única persona sin poderes a la que se le permitía estar ahí.
Ese era su sitio, independientemente de su linaje.
Sin importar si poseía poderes mágicos o no.
Y allí iba a quedarse, aunque eso significara enfrentarse a todos los peligros que comportaba ser una «chéster» sin magia en un mundo tan despiadado.
Además, cuando Lexi recibió una mejora mágica, Daisy había acabado por hacer suya la magia de sangre.
La magia de sangre de Lexi. Estar vinculada a Lexi le resultaba reconfortante, y los beneficios de la magia eran espectaculares.
Ahora era más veloz, más fuerte y capaz de curarse antes.
Ya no era tan frágil. Seguía siendo diferente de las personas con poderes, pero había conseguido reducir el peligro.
Lo suficiente como para que Lexi dejara de insistir en que se fuera a vivir con personas «de su especie».
Gracias a ese semidiós, ahora prometido de Lexi, la familia había crecido. Primero con los Seis de Kieran, los chicos que habían hecho un juramento de sangre para proteger a su semidiós, y luego Bria, Dylan, Amber y Jerry: su grupo. Las personas junto a las que lucharía hasta su último aliento.
Daisy ignoró a Jack y le dio un empujoncito a Mordecai.
—¿Qué ha hecho?
—Déjalo, ¿vale? No es asunto tuyo —le soltó, un poco más alto de lo que pretendía. Tenía el rostro marcado por la angustia.
—Ah, ¿habláis de su chica? —Jack arqueó sus oscuras cejas, dejando la bolsa de la compra sobre la isla. Al sacar un cartón de leche, su brazo bronceado y musculoso tensó la camiseta.
—¿La chica de quién? —El siguiente en aparecer fue Donovan: esbelto, rubio y muy atractivo; todos los Seis de Kieran originales lo eran.
Zorn entró justo detrás, ataviado con una camisa y un pantalón de vestir.
Llevaba el pelo castaño ondulado recién cortado y sus ojos grises traslucían su habitual mirada, intensa y penetrante.
Inspeccionó la cocina, estudiando el entorno y comprobando si había algún tipo de peligro.
Lo hacía siempre, y le había enseñado a hacerlo también a ella. Casi nada se le escapaba.
—Parece que don Caraslargas tiene mal de amores. —Daisy apoyó la mano en el borde de la encimera, inclinándose hacia Mordecai para verle la cara. Había vuelto a centrar toda su atención en su móvil—. Oye, ¿qué ha pasado? Puedo ayudar.
—No dejes que te ayude —dijo Donovan con una sonrisa mientras abría un armario y sacaba una sartén. Ah, bien. Al menos pensaban hacer el desayuno.
—¿Por qué? —Daisy frunció el ceño—. ¿Qué sabes?
Jack respondió en su lugar.
—Sabemos que da igual lo que haya hecho esa chica, la degollarías si Mordecai te dejara.
Jerry, conocido como «el Gigante» por el mundo mágico, entró en la cocina tras los demás. El mote no se debía a su tamaño, aunque medía casi dos metros y tenía los hombros muy anchos. Se debía a sus habilidades con las rocas. Era capaz de, literalmente, mover una montaña, poco a poco.
Se sentó a la mesa de la cocina. Mordecai emitió un gruñido de fastidio y se levantó. Al parecer, todo el grupo iba a comer ahí; hoy se darían un descanso en el gobierno de San Francisco Mágico.
—No importa —refunfuñó Mordecai. Miró a Daisy con severidad—. No te entrometas. Déjalo estar.
Daisy puso los brazos en jarra y se lo quedó mirando mientras salía de la cocina.
—No lo culpo —dijo Jerry con su profundo tono de voz mientras apoyaba los antebrazos en la mesa—. Lo que le ha hecho esa damisela podría acabar con la autoestima de cualquier hombre.
Daisy se giró lentamente hacia Jerry.
— Jerry , no tendrías que haber dicho nada —comentó Jack, haciendo énfasis en el nombre.
Era una especie de burla amistosa que hacían desde que conocieron al gigante, muchísimos años atrás.
Jerry, solo y solitario en su aislada montaña, se había integrado en el grupo al instante.
Encajaba a la perfección con el resto de inadaptados.
—Eso, Jerry —añadió Donovan, riendo entre dientes—. No hay que contarle nada al pequeño gremlin malhumorado por miedo a las represalias. Nos lo dijo Mordecai y su corazón roto.
—Ups —soltó Jerry, sin el menor remordimiento.
Estaba claro que quería vengar a Mordecai, y los demás sabían que ella haría los honores. Nadie se metía con su familia y se iba de rositas.
—Desembucha, Gigante —exigió Daisy al tiempo que Zorn se sentaba en otro asiento de la mesa—. Cuéntamelo todo.