Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Por un instante, uno breve y que la dejó aturdida, un par de ojos verdes y vivaces surgieron de la nada.

El rostro de un chico unos años mayor —ella apenas tenía quince— apareció cerca de Daisy.

El cuerpo le brillaba y resplandecía bajo su encanto.

Podría romper el puño de quien se atreviera a estrellarlo contra sus marcados pómulos, y la suave hendidura de su barbilla contrastaba gratamente con su fuerte mandíbula.

Su mirada era como una marca de fuego sobre su piel que despertaba algo que no quería liberar, que avivaba algo primitivo en ella y lo prendía en llamas.

Su belleza áspera, casi cruel, no era nada comparada con la chispa de malicia en sus ojos.

El corazón le latía demasiado rápido. Nunca se había sentido tan febril sin estar enferma. Nunca había estado tan aterrorizada, pero no tenía miedo. No podía apartar la mirada, deseaba que se materializara el cuerpo, quería oírlo hablar.

Acto seguido, todo se desvaneció. El rostro, la presencia; todo. La magia, demasiado increíble y poderosa como para rastrearla o tal vez reconocerla siquiera, se evaporó.

—¿Qué ha…? ¿Qué…? —Mordecai, tras adoptar su forma humana, dio dos pasos rápidos hacia delante, con una expresión de sorpresa en la cara. Miró hacia la playa.

Los cuerpos habían desaparecido. Ambos. La sangre, la arena revuelta…, todo. Era como si la pelea no hubiera ocurrido y Daisy no hubiera matado a alguien a metro y medio de donde estaba.

Abrió la boca para intentar explicarse…

Sssh, palomita . La voz del fae resonó en su cabeza; le resultaba extrañamente familiar. Deliciosamente familiar. Debe seguir siendo nuestro secreto, o será a tu grupo a quien tendré que silenciar. Nos vemos pronto…

Daisy soltó un grito ahogado y se despertó sobresaltada.

El sueño, un recuerdo de hacía cuatro años, aunque aún fresco en la memoria, se había esfumado.

No obstante, la sensación de la presencia de aquel fae se mantuvo, abandonada como una mina terrestre.

La imagen del rostro, esos ojos, el sentimiento que había brotado en su interior…

Se sacudió a sí misma y se secó el sudor de la frente. No le había hablado a nadie de él… y, aun así, la había jodido pero bien. Dos días después de haberle visto la cara en aquella playa, apareció ante su grupo, su familia, desatando una magia indescriptible que estuvo a punto de acabar con todos.

Se lo merecía, supuso. Solo un imbécil se metería con un ser feérico. Debería haber sabido que le iba a joder la vida. El solo hecho de haber sentido curiosidad había sido una gilipollez. Era absurdo pensar constantemente en esos ojos y el malévolo brillo que desprendían. Su presencia…

Apartó las sábanas de un tirón y se incorporó, intentando borrar las imágenes de su cabeza.

Habían pasado cuatro años y todavía soñaba con ello.

Todavía había momentos en los que su recuerdo, los sentimientos indescriptibles que despertaba, vagaban por la mente de Daisy y arraigaban en ella.

No era soñar despierta si el tema era la pesadilla de un ser humano; pero era tan placentero… No parecía capaz de olvidarlo.

Después de vestirse, se dirigió a la planta baja. Mordecai estaba sentado en un taburete junto a la isla de la cocina, encorvado sobre su teléfono.

—Otra vez aquí, ya veo —dijo ella, abriendo la nevera y echando un vistazo. Si esperaba lo suficiente, quizá el desayuno se prepararía solo y caería en sus manos—. ¿Anoche no te apetecía quedarte en casa de tu nueva novieta?

No contestó. Nunca había hablado mucho sobre su vida amorosa, pero hacía más o menos una semana había desaparecido durante unas cuantas noches, sin dar más explicación que unos cuantos gruñidos. Estaba claro que se lo estaba montando con su nueva conquista.

Un par de ojos verdes destellaron brevemente en su cabeza, acompañados por una repentina oleada de calor.

Se obligó a espabilarse. Aquellos sueños eran muy perturbadores. Ojalá no los tuviera. Joder, después de cuatro años, debería haber dejado de tenerlos ya. Necesitaba una lobotomía.

—¿Sabes a qué hora es el entrenamiento de hoy? —preguntó Daisy, sacando unas uvas.

Su silencio le llamó la atención. Cuando se trataba de entrenar, algo directamente relacionado con su seguridad, no era de los que aplicaban la ley del silencio. Incluso si estaba enfadado con ella, lo normal era que respondiera.

En ese momento no tenía ningún motivo para estar enfadado.

Todavía no. No hasta más tarde, cuando fuese víctima de su última trampa.

Era un jueguecillo gracioso que la mantenía entretenida y en el que él odiaba participar.

Como venganza, intentaba machacarla durante el entrenamiento.

Rivalidad de hermanos. Puede que no lo fueran de sangre, pero se habían criado juntos en circunstancias muy duras y durante el tiempo suficiente como para comportarse como si realmente lo fueran.

Mordecai no levantó la vista, absorto en el teléfono.

Tenía la piel morena seca y escamosa, y el pelo negro y rizado revuelto por algunas partes.

No se cuidaba como solía hacerlo. Con veinte años, estaba hecho un donjuán (eso sí, uno majo y respetuoso).

Las chicas lo consideraban guapo y todo un caballero, por no hablar de que era rico y tenía buenos contactos.

En resumen, podía conseguir a quien quisiera, incluso con ese aire apocado.

Se esforzaba al máximo por estar a la altura de su apellido, elevado al mundo de los semidioses, pese a que sus raíces eran tan humildes como las de una rata de alcantarilla.

Lo que le pasaba ahora era… inusual. Preocupante, incluso.

Frunció el ceño, cerró la puerta de la nevera y se acercó más a él, deteniéndose al lado del taburete. Se metió una uva en la boca mientras le daba un golpecito a la pata del asiento con el pie.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella.

Una suave luz se colaba por las ventanas de la cocina de la residencia que, en gran medida, llamaban hogar. Podrían multiplicar por cuatro el tamaño de su antigua casa y seguiría sin ser igual de grande que esta. Ninguno de los dos había dado nunca por sentada la suerte que habían tenido.

No reaccionó; seguía deslizando el dedo por el móvil.

—Oye. —Esta vez golpeó el taburete con más fuerza.

—¿Puedes parar? —dijo Mordecai, dedicándole una mirada molesta. Las ojeras enmarcaban sus ojos color avellana, enrojecidos.

El hecho de que no se cuidara ni durmiera bien solo podía deberse a dos cosas: un peligro acechaba a su familia o un desengaño amoroso. Y, como ella se habría enterado de cualquier amenaza, tenía que ser lo segundo.

—¿Qué te ha hecho? —preguntó Daisy, tirando de su hombro para que pudiera mirarla a la cara—. Dímelo.

—Nada. Da igual.

—¿Qué da igual? —preguntó Jack, entrando a paso ligero en la cocina con una bolsa de la compra marrón de la que sobresalía algo verde.