Obsidian (Los fae de las sombras 1)
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Capítulo uno
D aisy se abalanzó sobre el enemigo antes de que este pudiera prepararse. Era una chéster sin poderes luchando contra un hombre mágico que la doblaba en edad y tamaño; jugar limpio sería una irresponsabilidad.
Le atravesó el estómago con la punta de su cuchillo. El hombre gruñó y fue a por ella, ignorando la dolorosa herida. Ella ya había comenzado a moverse. Quedarse quieta en esa situación era sentenciar su derrota… y morir.
Tras esquivar los brazos del hombre, empuñó la daga con ambas manos y le hundió el filo en el cuerpo.
Salió con un ruido húmedo y volvió a clavárselo, en busca de un riñón y una muerte rápida.
Su puntería en esa zona era pésima, sabía que fallaría, pero dolería muchísimo y, si él se daba cuenta de adónde apuntaba, se asustaría.
«Bienvenida a los putos juegos mentales, amiga».
Un intenso gruñido estuvo a punto de desconcentrarla.
Su hermano, Mordecai, se las veía con su adversario en la playa.
La arena volaba por los aires. Sin embargo, Daisy no podía mirar.
Un solo traspié y estaría acabada, razón por la que Mordecai no había querido que participara en esa pelea desde el principio.
No obstante, ella no estaba dispuesta a morir y dejarle ese trauma.
—Zorra estúpida —jadeó su enemigo orejudo.
«Vaya orejas…».
A lo mejor le cortaba una, solo por fastidiar.
Se agachó detrás de él y lo apuñaló en la entrepierna, cerca de los testículos. Si la tentativa de los riñones no lo había asustado, eso seguro que sí.
El grito agudo que soltó la hizo sonreír.
Saltó, le clavó el filo en el hombro y se le subió encima como si fuera un árbol.
El hombre giró sobre sí mismo, intentando alcanzarla para quitársela de encima, pero esa era precisamente la razón por la que le había hincado el cuchillo: para usarlo de mango.
Giró en dirección contraria, aminorando la velocidad. Sin duda era una oportunidad demasiado buena para desaprovecharla.
Actuando más rápido que en cualquier entrenamiento, se encaramó a sus hombros, le rodeó la cabeza con las piernas y agarró el cuchillo.
Giró el torso hacia abajo y a un lado, arrastrando las piernas con ella.
La gravedad la ayudó a arrojarse al suelo.
Aunque, antes de caer, extendió los brazos para evitar que el cuchillo acabara hundido en su vientre.
El impacto quebró algo y la dejó sin aliento. ¡Joooder, qué dolor! Tendría que practicar más ese movimiento.
Se incorporó como pudo, tratando de recuperar el aliento. Sucumbir al dolor era sucumbir a la muerte, o eso decía siempre Zorn. En esos momentos, se lo creyó.
Apenas alcanzó a ver un animal negro que rodaba por la arena blanca y dejaba tras de sí un rastro rojo brillante: una pantera luchaba por su vida.
Un instante después, Mordecai, bajo su apariencia de lobo, se le echó encima.
Su gruñido provocó en ella una descarga de miedo primitivo e incontrolable.
Eso era nuevo. Nunca había oído ese aullido durante el entrenamiento.
Por otro lado, tampoco había sentido aquel dolor desenfrenado.
Aquel subidón de adrenalina. Era una sensación incomparable.
Una llamada, quizá. Menos mal que había acabado en el mundo mágico, donde la gente consideraba que esa mentalidad era más o menos normal.
De lo contrario, la habrían encerrado en la cárcel.
Con Mordecai todavía ocupado, dio dos pasos laterales, giró y atacó con la daga preparada.
El enemigo aún no se había levantado, así que saltó a su espalda y lo acuchilló entre los omóplatos.
Luego arrancó el cuchillo de un tirón y se bajó, esperando a que su próximo movimiento le indicara dónde clavárselo después.
Ni siquiera se inmutó.
Un aullido de dolor llamó su atención. Mordecai le desgarraba la tripa a la pantera con sus garras antes de ir a por la yugular. La pantera respondía a duras penas; estaba acabada.
Lo único que tenía que hacer Daisy era ganar tiempo antes de que Mordecai se ocupara de la otra mitad de su oponente.
Bueno…, a esas alturas más bien de una cuarta parte.
Ese era el trato: él le había dicho que podía encargarse de un tío y medio, metamorfos mayores y con más experiencia que buscaban pelea.
¡Aunque no eran tan dominantes como su hermano de dieciséis años!
Mordecai quería hacer de hermano mayor responsable y mantenerse al margen por Daisy, pero ¡a la mierda!
Eso era un chute de autoestima para él, un momento de madurez que Mordecai necesitaba.
Que ya le tocaba. Era demasiado humilde para buscarlo por su cuenta, así que estaba encantada de ponérselo en bandeja. ¡Se merecía la victoria!
El hombre seguía tumbado bocabajo, inmóvil.
La preocupación empezaba a apoderarse de ella; esperaba de verdad que estuviera haciéndose el muerto para sorprenderla.
Pero los metamorfos no suelen hacerse los muertos. En ese aspecto, eran como el dios Zeus. Su ego no les permitía rendirse.
La voz de Zorn resonó en su mente: «Nunca se debe ser codicioso a la hora de matar».
Eso no tenía mucho que ver ahora. Intentaba mantener al tipo vivo. Al tipo y a sí misma.
Se acercó, poco a poco, mientras una frase más útil de Zorn le vino a la cabeza: «Nunca se debe bajar la guardia, ni siquiera cuando el enemigo está al borde de la muerte».
Bueno, sí, eso está claro.
Se arrojó sobre él y le atravesó el hombro con un buen e intenso golpe. Eso le habría hecho un daño de cojones. Hasta la persona más terca reaccionaría. Nada.
—Mierda —susurró, apartando uno de los brazos de una patada. Era pesado y estaba inerte—. Joder, mierda. Morde…, creo que la he cagado.
Esta vez, el subidón de adrenalina lo causó algo completamente distinto.
«Después de matar, prepárate para el remordimiento. Da gracias si no llega».
Pero no era el remordimiento lo que le revolvía las tripas. Ya había matado antes. Conocía el tipo de sentimientos que experimentaría. El vacío y la certeza de que, en esta vida, hay que matar o morir. No había lugar para los sentimentalismos si querías sobrevivir.
No, lo que le revolvía era el miedo a que Lexi, su figura materna, se enterara y montara un pollo por haberse puesto en peligro y que Mordecai la hubiera dejado.
—Mierda. Morde… —dijo al verlo acercarse, dejando a la pantera tumbada de lado, con el cuerpo ensangrentado y reluciente subiendo y bajando en un esfuerzo por respirar—. ¿Ese va a sobrevivir? —preguntó, señalando al otro animal.
Mordecai olisqueó la cara del hombre antes de levantar la cabeza.
Sus inteligentes ojos color avellana se encontraron con los de ella.
Daisy entendió la situación sin necesidad de preguntar.
El crujido que había oído mientras peleaban no había procedido de su espalda al caer mal, sino del cuello de ese tío.
Lo había matado sin querer.
«Joooder».
Se le empezó a revolver el estómago. Le iba a caer una bronca monumental.
Lexi los mataría por luchar contra grandullones que les doblaban la edad.
Mataría a Daisy por luchar, sobre todo porque no había aceptado la oferta de magia de sangre por parte del semidiós Kieran.
Esa magia incrementaría su velocidad, fuerza y rapidez de curación.
También la ataría a él para siempre. El padre de ese chico se había vuelto loco y todos habían estado a punto de morir para detenerlo.
Si Kieran seguía los pasos de su familia e intentaba atrapar a Lexi, Daisy tendría que sacarlos de allí.
No podía permitirse ese vínculo permanente de la magia de sangre con alguien como él.
Ahora era más sensato, sí, pero uno no se puede fiar de los semidioses, algo que Lexi entendía…
hasta cierto punto. No sería tan comprensiva si se enterara de ese pequeño desastre.
El día se nublaba ante sus ojos. El sol hacía palidecer el color del océano cristalino y la arena blanca.
—Zorn nos ayudará a deshacernos de él —dijo Daisy atropelladamente—. No se lo dirá a nadie; se le da muy bien guardar secretos. ¿Voy a buscarlo?
Joder, esperaba que eso fuera verdad. Solo llevaban entrenando juntos alrededor de un año, y era un tío muy reservado. No lo conocía tanto como daba a entender esa afirmación.
Una extraña sensación la invadió, una especie de vibración zumbante que resonaba a lo largo de sus terminaciones nerviosas.
Era relajante y siniestra a la vez. Un plácido hormigueo le recorrió la columna vertebral, como si unos dedos helados le bailaran sobre la piel; algo escalofriante y, al mismo tiempo, cautivador.
Era una sensación que ya conocía, una a la que se había acostumbrado, una que había memorizado, saboreándola, deleitándose en su placer aterrador.
Una presencia se había unido a ellos. La presencia. Hermosa y retorcida. Fascinante…, pero peligrosa. La muerte encarnada.
La llamaba. Le suplicaba que la mirara, que se fijara en ella.
Había sentido la misma presencia el día anterior, antes de la batalla en el patio del centro de convenciones durante la Cumbre de Semidioses, una gran congregación donde se reúnen las personas mágicas más influyentes del mundo.
Se había quedado a un lado, sin que nadie la notara, con un resplandor espectral que ni siquiera Zorn, un genio, podría manifestar en un buen día.
Sin embargo, tenían un mismo origen, al menos en parte; de eso estaba segura. Se trataba de un fae.