66. Mia
MIA
Cuando abrí el regalo de bodas de Alexander en mitad del banquete no pude evitar sonreír. Era un juego de dagas de plata con nuestras iniciales entrelazadas. Negué con la cabeza antes de mirarlo.
Estaba tremendo con aquel traje negro y la barba perfectamente recortada.
Sus ojos tenían un brillo imposible de explicar y su mirada siempre estaba puesta en mí, podía notarlo.
Daba igual cuánto me alejara. Me sentía la mujer más deseada, afortunada y feliz del mundo.
La verdad, estaba contando los segundos para escapar de mi propia boda y quedarme a solas con mi marido.
—¿Te gustan? —preguntó rozándome la mejilla; las observó de una en una.
Torció la cabeza de ese modo que me ponía los pelos de punta y provocaba que me mojara para él.
Asentí y lo miré con todo el deseo y el amor que sentía.
Se le oscurecieron las pupilas antes de volver a echar un vistazo a la zona donde se anudaba mi vestido. No había dejado de hacerlo en toda la ceremonia, suponía que pensando en si arrancar el lazo o desatarlo. Tensó la mandíbula antes de mascullar una ristra de palabrotas.
—Estoy deseando destrozar ese maldito vestido —susurró con la boca apretada tras mirar a mis espaldas.
Giré la cabeza para ver qué sucedía. Mi padre, Iván y Enzo se encontraban al otro lado de la sala; observaban a Alexander.
—¿Qué les pasa?
—Me amenazaron con despellejarme vivo si te ponía un dedo encima durante toda la ceremonia, banquete incluido —contestó con los ojos entrecerrados. No pude evitar reírme—. No te rías, tú padre ya me odia bastante.
—¿Por eso aún no me has arrastrado a un rincón oscuro? —pregunté con voz seductora.
—«Respeto» lo llaman ellos. —Los siguió mirando, retándolos.
Negué con la cabeza antes de llevar nuestras manos entrelazadas por debajo del mantel.
—¿Qué haces? —preguntó y volvió a depositar toda su atención en mí.
—Quiero que notes lo que te estás perdiendo —susurré cuando conseguí subirme el vestido con la otra mano sin que se notara.
Llevé nuestras manos a esa zona caliente y empapada. Deseaba que me tocara y que cumpliera la promesa de destrozarme el vestido.
Supe cuándo sintió lo mojada que estaba. Sus ojos se convirtieron en lava líquida, pero cuando escuchó el pequeño gemido que no pude evitar emitir al sentir el roce de nuestras manos se volvieron tan brillantes como aterradores. Y eso solo provocó que gimiera más alto.
Sonreí cuando me soltó para apoyar toda la palma en ese lugar y arrastrarla de arriba abajo.
—Estás empapada, cielo.
Asentí y me mordí el labio.
Llevó su otra mano a mi cuello y por fin me besó. Lo destruyó y conquistó todo con el roce de su lengua.
Los gritos y vítores de la nonna consiguieron que volviera a la normalidad.
—¡Por fin! —gritó mi abuela.
—Dame diez minutos y saldremos de aquí —susurró contra mis labios antes de apartarse.
Hice un mohín. Quería irme ya. Alexander llevó mi mano a su entrepierna y averigüé por qué teníamos que esperar.
—Cielo, si sigues sonriendo así, no podremos salir de esta sala nunca, joder.
No pude evitar romper a reír en carcajadas. Me llevé la mano a la boca y me lamí con disimulo los dedos. Alexander gimió sin ningún descaro.
—Ahora necesitaré media hora.