65. Gabi
GABI
Bajé la vista y solo atisbé la inmensurable barriga que impedía que me viera la punta de los pies. Joder.
Me sentía como una maldita foca varada en la orilla.
Tenía los pies tan hinchados que las tiras de las zapatos de tacón se me incrustaban en la piel.
Apreté los morros y recordé que debía aguantar con ellos un buen rato solo para callarle la boca a mi marido, el cual había sugerido que me pusiera unos zapatos planos.
El desgraciado siempre tenía razón, pero yo jamás se la daría.
Escuché la risa sofocada de Enzo a mi lado. Giré la cabeza como un látigo para verlo espatarrado en la silla contigua a la mía, con una brazo apoyado en el respaldo. Me miraba de arriba abajo. Máximo, nuestro primo, intentaba con todas sus fuerzas no reírse también. Hijos de puta.
—¿No deberías de haberte puesto otro vestido más acorde…? —comenzó a preguntar mi querido hermano.
—No te gustaría terminar esa maldita frase.
—Gabi, las tetas se te salen por el escote —confesó asustado.
Sonreí.
—Lo sé, pero el vestido me cabe.
—Gabi, el vestido está a punto de suicidarse. Mi sobrina no puede respirar ahí dentro.
Volví a mirarlo y a asesinarlo con la mirada. Apunté a ambos con un dedo.
—Está radiante —añadió Iván con la vista al frente.
Enzo resopló y yo le hice un corte de mangas.
—¿Sabes? Deberías limpiarte la baba que se te ha caído cuando te has quedado hipnotizado mirándole el culo a Minerva.
Enzo tragó saliva y dejó de mirarme.
—Me obsesiona su maldito culo —susurró entre dientes antes de volver a buscarla con la mirada.
«Pobre Minerva», pensé antes de volver a centrar la atención en el altar.
Mi querida hermana decidió que quería casarse con Alexander de un día para otro, porque sí… porque la vida son dos días… Pero ¡la muy perra no había pensado que su hermana gemela estaba embarazada de treinta y dos semanas! ¡Que no tenía ropa y que debía viajar desde Rusia, joder!
Encima, mi futura hija había decidido que aquel día quería ser nada más y nada menos que futbolista. Me llevé la mano a la barriga cuando noté otra patada. Si seguía así, me mearía encima.
Miré a Iván. Solo necesité dos segundos para que él centrara toda su atención en mí.
— Amore? —preguntó cuando entrecerré los ojos y lo apunté con un dedo.
—Te odio.
—Eso dijiste la semana pasada y quedamos en que si te construía un nuevo campo de tiro dejarías de hacerlo.
—Pues ahora quiero más cosas.
—Dilo y lo tendrás.
Abrí la boca para comenzar a pedir por esta boquita, pero mi hermana por fin había entrado agarrada del brazo de nuestro padre.
Alexander
Mia iba… espectacular. No solo por el vestido amarrado al cuello que le dejaba toda la espalda al descubierto. Era ella al completo. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. En las orejas lucía pendientes a juego con el collar de diamantes que le había regalado. Imaginé que serían cosa de Minerva.
Estaba preciosa y solo podía pensar en el momento en el que por fin nos quedáramos solos y pudiera arrancarle todo eso del cuerpo. Solo le dejaría los diamantes.
Entrelacé las manos justo delante de mi polla para que no se notara que, incluso mientras la esperaba en el altar y con la mirada de todos los invitados puesta en nosotros, estaba sufriendo una erección.
Mia sonrió como una gata salvaje cuando vio ese gesto. Era demasiado lista.
Le guiñé un ojo y recibí un manotazo de Minerva. Otra que me había pillado.
Le pedí matrimonio la noche que volvió a arrojarme un cuchillo directo a la cara.
Tanto la ceremonia como el banquete lo celebramos en la mansión oficial de Enzo, la que usaba para actos de la mafia.
Al principio Mia se negó, quería que fuese una boda privada, y así fue.
Enzo en ningún momento invitó a nadie que no fuera de la familia, conocía demasiado bien a mi esposa como para saber que eso la enfurecería, aunque no invitar a todos los componentes de la mafia italiana lo dejara en mal lugar.
Solo vinieron a los que su hermana dio el visto bueno.
Desde el rescate de Mia, había cambiado.
Por mi parte invité a Kyle, Lev y Minerva. A la madre de Bastián también, pero no pudo venir. Minerva fue quien me acompañó al altar.
Después de pedirle matrimonio, viajamos a Italia para que ella pudiera contárselo en persona a su familia.
En ningún momento pensé que había roto ninguna norma al no pedirle permiso primero a su padre o al Don de la familia.
Bueno, sí que lo pensé, pero me dio igual.
Ella fue mía desde el primer momento en que la vi.
Por las amenazas que recibí por parte de mi suegro y la sonrisa diabólica de su hermano, averigüé que sí, que me había equivocado.
Cuando sentí el arma en la sien, cortesía de Enzo, me quedó claro.
Menos mal que la nonna de Mia entró y sacó a su hijo de allí de un tirón de orejas mientras Enzo se carcajeaba de su propio padre. Pero la nonna volvió a por él y se lo llevó a base de amenazas.