64. Mia
MIA
Cinco meses después
Volví a asomar la cabeza por el resquicio de la puerta. El pasillo estaba a oscuras.
Alexander había salido a… trabajar. Desde la muerte de Bastián, solo se dedicaba a su trabajo como el Carnicero.
Vendió Industrias Kane con la cláusula de que se respetara el puesto de sus empleados a no ser que estos infligieran alguna norma o principio de la empresa.
Por supuesto, no les dijo a los nuevos dueños que la mayoría eran exconvictos.
Yo había dejado el restaurante en manos de Antonio. Aún no había decidido qué hacer con él.
Entré en la cocina y di dos pasos sonoros. Esperé, agazapada. Nada.
Regresé a la puerta poco a poco, sin hacer ruido, y me asomé.
Sonreí cuando vi la sombra de Alexander Kane al final del pasillo. Se había quedado paralizado.
Portaba aquella máscara que sabía que me gustaba que llevara cuando me follaba a cuatro patas agarrada a los postes de nuestra cama, o en la cocina sobre la encimera, o en cualquier lugar y superficie del planeta.
Me escondí y corrí en silencio para abrir el cajón de los cubiertos y coger un cuchillo. Intenté cerrarlo con cuidado, para que no me descubriese, pero cuando me di la vuelta…
Alexander Kane estaba a mis espaldas y esos ojos me devoraron viva. Me mordí el labio inferior, intentando no sonreír. Fracasé.
Negó con la cabeza antes de darme la vuelta y colocar mis manos sobre la encimera de la cocina. Me subió la minifalda de un tirón y se agachó.
—¿Piensas usar ese cuchillo? —susurró sobre la piel de mi culo.
—Umm —susurré cuando rompió el tanga nuevo de encaje y me dio una cachetada, provocando que ambos gimiéramos.
Pasó ambas manos por mis muslos, abriéndolos a su paso.
—Dime, cielo, ¿cómo prefieres que te folle, como a una principessa o como…?
—Quiero que me folles como sabes que me gusta y como tú sabes hacerlo —sentencié haciendo un puchero y arrojando el cuchillo lejos.
Alzó una ceja y me miró de aquella forma tan retorcida.
—Duro —gruñó.
—Duro.