Obsession (Almas Letales 2) 63. Alexander
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63. Alexander

ALEXANDER

Jamás pensé que Bastián me dejaría.

Nunca imaginé la vida sin él.

A la mañana siguiente, cuando bajamos a desayunar y miré donde él solía sentarse…

Jamás volvería a hacerlo.

Era una tontería, solo una silla vacía, pero esa simple silla simbolizaba tantas charlas, tantas risas y discusiones. Aquella casa, aquella cocina… Todo, joder.

Seguía sin poder mirar a la mujer que había vendido su alma al diablo para estar conmigo. No la merecía, lo pensaba desde el primer día que la conocí y seguiría pensándolo el resto de mi vida.

Estaba cubierta de heridas y aun así intentaba lucir una enorme sonrisa, aun así me había obligado a bajar para prepararme el desayuno, aunque ninguno de los dos tuviéramos apetito. Si accedí fue porque ella tenía que comer.

Había perdido tanto peso… La rabia me quemaba hasta la boca.

Si no fuera tan egoísta, si mi hermano no me hubiera hecho uno de los mayores regalos del mundo al sacrificarse para salvarla, estaba seguro de que me habría pegado un tiro entre ceja y ceja nada más sacarla de aquella casa.

Mia dejó un par de platos sobre la mesa. Tenían una pinta deliciosa.

Le cogí la mano y la besé con fuerza. Besé cada una de las heridas de su rostro antes de recordarme que el perdón a uno mismo también existía y que debería encontrarlo para poder estar con ella, para amarla como se merecía. Porque aquella mujer se merecía todo.

Ojalá pudiera volver a matar a todos los que la hicieron sufrir. Ojalá hubiera protegido yo su vida con mi cuerpo. Aunque no hubiera podido vivir una vida a su lado. Aunque ese solo pensamiento me destruyera por dentro, pero sabría que ambos habrían estado bien.

—Eh —susurró—, vuelve conmigo.

Volví a besarle la mano antes de hacerle un gesto para que comiera. Puso los ojos en blanco y pinchó un trozo de tortilla con fuerza, retándome a que la imitara.

Sonreí y la miré de esa forma que la ponía tan nerviosa, una que sabía que haría que sus mejillas se sonrojasen.

Ahí estaban, del color de las cerezas.

Le di un bocado en cada una de ellas, aguantando sus pequeños pucheros.

—Eres preciosa —susurré antes de volver a mi sitio y comenzar a cortar la tortilla.